Opinión | El desliz

Nunca cenarás solo

El club de los corazones solitarios no tiene quien le dé de comer. La gentrificación gastronómica ha llegado para quedarse, otro efecto indeseable de la vida en el parque temático. Muchos vecinos de Barcelona se han quejado porque los barrios céntricos, los suyos, les niegan el acceso a una mesa para cenar sin compañía. Ocurre en los cascos históricos de casi todas las ciudades, en los ensanches concurridos, y en cualquier otro lugar con algún encanto monetizable. Las terrazas se reservan de facto a grupos, preferiblemente de turistas, la caja por encima de todo. Pese a que infinidad de estudios de mercado señalan a los singles como un nicho poblacional muy rentable por el gasto que genera, el sector de la restauración penaliza sin complejos a los consumidores que no van en pareja o directamente en grupo. El maltrato al cliente individual no es algo nuevo, pero donde antes se le disuadía enviándole a la mesa situada junto al baño o a la barra encaramado a un taburete sin respaldo, ahora directamente se le veta el acceso. Puede que ese comensal pida dos platos, postre y vino y genere una cuenta muy superior a la de los cuatro visitantes que comparten tres tapas y una botella de agua, pero mejor no arriesgarse. Un conocido me contó hace años que en un local de Palma se negaron a servirle una paella porque era para dos, pese a insistir en pagar ambas raciones y comerse una. Descuadraba, no rentaba.

“Cada vez más restaurantes y cafeterías prohíben sentarse en las terrazas a clientes que acuden sin compañía, reservando los mejores espacios a parejas y grupos”

No tomar algo solo, ni solo tomar algo. Cafeterías antaño amigables ahora visten las mesas para comer o cenar con horas de antelación para disuadir a quien desea una consumición rápida, colocan el cartelito de reservado, y presentan un aspecto fantasmagórico – o exclusivo, depende– la mayor parte de la jornada. El chef Álex Dilling, famoso por su restaurante londinense con dos estrellas Michelin Hotel Café Royal, enfureció a los británicos al equiparar prácticamente el precio el menú degustación para un huésped único (330 libras) con el de una pareja (175 cada uno). La reacción fue tal, que hubo de recular y reservar dos mesas a solitarios sin sobrecoste. El daño reputacional, ninguno, pues según su oficina siguieron llegando montones de peticiones para desparejados. Será que el público del lujo entiende mejor la importancia de la rentabilidad.

Los clientes no acompañados son los nuevos parias de la hostelería cada vez más selectiva, amparada en un derecho de admisión que da mucho de sí. Igual que se permite rechazar a los niños en los establecimientos ‘only adults’, una práctica tan tolerada e incluso aplaudida como ilegal, se relega ahora a los solitarios, pobres perdedores. Su causa resulta todavía más difícil de reivindicar que la de la infancia, pues la Constitución recoge el principio de no discriminación por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social, pero no alude expresamente al número. Mientras los legisladores introducen la necesaria protección de las personas impares, tal vez algún avispado podría crear una aplicación que reúna de manera instantánea a unos cuantos desperdigados que anden por la misma zona para acceder a una codiciada mesa, una especie de lugar de citas a manteles. No hace falta que se presenten, ni se hablen mientras comen, basta que formen una alianza puntual contra el estigma de la soledad. La suscripción se financia con el ahorro en propinas.