Suscríbete

Faro de Vigo

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Es muy cierto que todos nuestros saberes son inciertos. Una pensaba que meditar era pensar mucho, profundizar, indagar, estrujar el pensamiento. Erraba, pues meditar no es sino no pensar, dejar la mente en blanco, centrarse en la respiración, en un sonido de agua que fluye o imaginar un agujero profundo y apartar las distracciones que impiden sumergirnos en la nada. Que no importe el pasado, que ya es inevitable, ni el futuro, que también. Una traducción laica del teresiano nada te turbe, nada te espante, programa maravilloso de vida por inalcanzable.

Una es malísima para meditar. Más a la antigua, le resulta menos difícil concentrarse en eso tan obvio de solo el ser es, el no ser no es, que concentrarse en la nada. Ahora, las veces que ha probado el ejercicio, o le asaltan pensamientos vanos sobre, por ejemplo, Ana Gabriel, que dónde andará, o bien, antes de zambullirse en el vacío, termina picándole todo.

Esta impertinente no tiene intención de frivolizar sobre algo necesario para la paz mental, aunque prefiera tomarse a broma lo que no es más que su propia incapacidad. Y es verdad que, aunque la desconexión resulte casi imposible en este mundo rodeado de sobreinformación constante a menudo manipulada y siempre interesada, no ayuda el propio carácter, la curiosidad algo patológica o el ansia loca de entenderlo todo.

Si usted, como yo, respetado lector, también encuentra arduo lograr la paz a través de la meditación, le propongo con humildad la alternativa de hacerlo a través del descanso. Dejemos en reposo las incertidumbres, las carencias, las incoherencias, las deslealtades. Practiquemos la desmemoria hoy. Y no profundicemos, por ejemplo, en el rechazo a la OTAN de parte de un gobierno que forma parte de la OTAN. Más difícil de entender que la Santísima Trinidad.

Regalémonos placeres fáciles como leer a Javier Marías, un maratón de ‘Tintín’, volver a ver “Charada”, revisitar una catedral, pasear solo o bien acompañado, sentarse en una terracita al sol de enero. Armas sencillas contra la angustia y la imposibilidad de entender.

Compartir el artículo

stats