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Duran

Lituania

Decían que Borges se pasó toda la vida leyendo y estudiando a Spinoza y que intentó comprender y asimilar, como pocos lo habían hecho antes, las enseñanzas de aquel filósofo holandés, hijo de judíos sefarditas y sin embargo nunca escribió nada sobre él, más allá de dos aislados sonetos.

Hace unos pocos días un compañero de profesión me dijo que tenía el mismo síndrome, (podríamos bautizarlo como el síndrome de Borges en contraposición al de Stendhal), porque tras muchos años colaborando con “el Faro” y escribiendo sobre numerosos temas de política exterior, nunca había escrito, salvo un artículo de carácter cultural sobre la muerte de Ganivet en Riga, (FARO DE VIGO 23/07/2010), sobre una de las regiones del mundo que más me apasiona, como es el mundo báltico. Así que he decidido dedicar tres artículos a esas repúblicas, por otra parte bastante desconocidas para el público español. Haciendo un recorrido de sur a norte hablaré hoy sobre Lituania.

Lo primero que suele llamar la atención sobre este pequeño gran país es que en la baja Edad Media llegó a ser una de las principales y más extensas potencias europeas, de hecho, durante la época de Vitautas, (1392-1430), el Gran Ducado de Lituania llegó a abarcar desde el Báltico hasta el mar Negro y desde Brest (en el sur de la actual Bielorrusia) hasta Smolenko, (Rusia).

Otro aspecto curioso de su historia es que estuvo unida a Polonia en dos ocasiones. Primero en 1385 por la conocida como Unión de Krewo, con la proclamación como rey de Polonia del Gran Duque lituano Vladislao II Jogaila y posteriormente, mediante la Unión de Lublin en 1569 formando la denominada república de las dos naciones, que, pese a ser formalmente una república estaba gobernada, de hecho, por un monarca electo, junto a un senado y un parlamento o Sejm.

Esta última unión, sin embargo, no estuvo exenta de problemas y ha sido contemplada desde una perspectiva distinta. Los polacos la vieron como una expansión de su cultura e incluso de su territorio, mientras los lituanos, que siempre pretendieron una unión entre iguales, siguen manteniendo algunos recelos históricos. Como ejemplo de esto, valgan las primeras líneas de la considerada obra cumbre de la literatura polaca, el Pan Tadeusz de Adam Mickiewicz: Litwo! Ojczyzno moja!, es decir, ‘¡Lituania! ¡Patria mía!’. De hecho, para aquellos que visitan Vilnius, la capital de Lituania, pueden visitar también la casa de Mickiewicz o la puerta de la Aurora, puerta emblemática para ambos países y que generó recientemente un pequeño conflicto diplomático al intentar los polacos incluirla como uno de los símbolos históricos en su pasaporte. En realidad, Vilnius, (Vilna para los polacos) pasó a ser una ciudad rusa tras la tercera partición de Polonia-Lituania (1795), siendo habitada, fundamentalmente, por polacos y judíos, hasta la Segunda Guerra Mundial, en las que ambas comunidades fueron cruelmente masacradas por los nazis. El que algunos lituanos hayan colaborado con el Holocausto, pero hayan sido considerados posteriormente héroes patrióticos por su lucha partisana contra los soviéticos es un asunto que genera, en la Lituania actual, acalorados debates entre aquellos, como el anterior ministro de exteriores, Linas Linkievicius, que piden que se les eliminen placas y estatuas y aquellos otros que piensan que su lucha contra los rusos merece mirar para otro lado.

Lituania fue un país independiente en la época de entreguerras, pasando a formar parte de la URSS tras el pacto Molotov-Ribbentrop. Esta vinculación con Rusia en los últimos dos siglos y especialmente la acontecida en época soviética ha dejado numerosas heridas históricas, desde la recuperación de la independencia, tras la caída del muro de Berlín y la posterior disolución de la URSS.

“El que algunos lituanos colaborasen con el Holocausto pero hayan sido considerados héroes por su lucha contra los soviéticos genera acalorados debates”

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Hoy en día es un país miembro de la OTAN y de la UE. Salvo en la época de la crisis de Lehman Brothers ha venido manteniendo unas altas tasas de crecimiento, con unos niveles de desempleo muy aceptables, aunque desde la independencia ha venido perdiendo población, al igual que también le ha ocurrido a Letonia y a Estonia, (aunque en este último país en menor medida). De hecho, desde la independencia ha perdido casi un millón de habitantes, (en la actualidad son menos de dos millones ochocientos mil), debido a la emigración económica y a unas muy bajas tasas de natalidad, siendo este uno de sus mayores retos de cara al futuro.

Lituania es el país más homogéneo de las tres Repúblicas, con casi un 90% de nacionales de origen lituano y curiosamente la principal minoría no es la rusa, sino la polaca.

En política exterior ya señalamos la difícil relación con Rusia, aunque a nivel comercial mantienen un fuerte intercambio. Curiosamente los bálticos en política exterior pelean en un peso superior a su economía y su demografía, prueba de ello es el actual contencioso con China, tras permitir el Gobierno de la primera ministra, Ingride Simonyte, la apertura de una oficina con el nombre de Taiwán o el lazo muy especial que mantienen con Estados Unidos.

Las relaciones con España son buenas. También es cierto que los dos últimos embajadores que hemos tenido allí y con los que he tenido la suerte de trabajar, son dos excelentes diplomáticos, con un currículum muy brillante. El ya jubilado Emilio Fernández-Castaño había sido secretario de Estado en la última época de Felipe González y el actual, José María Robles, fue embajador en Moscú. Además, España, como socio de la OTAN, participa regularmente en las misiones de policía aérea con nuestros eurofigthers o con los F-18 en la base de Siauliai. Algo que es extremadamente valorado por los tres países. Aunque a veces, al más puro estilo Top gun, nos las tenemos que ver con los sukhoi rusos de la base de Kaliningrado.

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