Permítame, señora ministra, las palabras de un observador desorientado a causa de su extraño proceder.

Vamos a ver, las cosas en política suelen ser esquemáticas, prototípicas y casi guiñolescas. Las cosas en política son de coloraciones primarias como el rojo y el azul y no terciarias como el naranja rojizo, el amarillo anaranjado o el verde azulado. Las cosas en política son no escuchar al adversario y gesticular mucho moviendo la cabeza en señal de disgusto, entornar los ojos y fruncir los labios.

Las cosas en política se establecen a menudo como la “destrucción mutua asegurada”, que decía que cualquier uso de armamento nuclear podría provocar la completa destrucción de las dos potencias en la Guerra Fría.

Siendo así las cosas, me pregunto, señora ministra, cómo puede usted desorientar tanto. ¿Cómo es posible que su forma de hablar sea siempre calmada, sedante y como de mezzosoprano coruñesa? ¿Cómo puede usted, siendo así como podemita, vérselas tan tranquilamente con empresarios incisivos y caninos sin enseñar apenas sus molares? ¿Cómo puede usted obtener tanto rédito político del partido mayoritario de la coalición de Gobierno, sin apenas perder mesura ni prudencia? ¿Cómo puede ser usted tan roja y no impartir doctrina, catecismo ni dogmas?

El Camino de Santiago es largo, duro y en ocasiones tedioso. Usted estudió derecho en la mismísima Universidad de Santiago de Compostela. Vamos, que mientras unos iban, usted los veía venir de lejos. Y ahora, años después, va subiendo el salario mínimo y no precisamente por obra del apóstol.

En resumen, que usted, ministra, demuestra que se pueden obtener resultados sin perderse. Camus dijo que en política son los medios los que deben justificar el fin.

Sea como fuere, la sensación que transmite es que le interesan las cuestiones políticas para mejorar la sociedad. Cuando la llaman “ministra comunista” en tono despectivo, usted no responde calificando políticamente a la diputada pepera. Su calma les desespera. Que dure.

Y ahora, la reforma laboral. ¡Glups!