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Armando Álvarez

Escambullado no abisal

Armando Álvarez

Nada

Vivimos un suspiro entre la nada que nos precede y la nada que nos sucede, rodeados de la nada que compone mayoritariamente el universo. Somos un parpadeo en el infinito. Nada importa lo que hagamos porque nada quedará de nosotros; nada de nuestros cuerpos, transustanciados en humus, y nada de nuestra memoria, aunque la creamos almacenada en formatos duraderos. Todo acabará pudriéndose. Nada recordamos de nuestros antepasados, más allá de alguna generación próxima; ya la cara de los que tanto quisimos se nos va difuminando. Incluso el nombre de los reyes y los poetas se perderá cuando el sol se apague o nuestra especie se extinga. Ni siquiera nos aguarda el olvido porque nadie quedará que nos haya olvidado. Será como si jamás hubiésemos existido en esta urdimbre de galaxias.

La nada nos constituye, aunque sea por oponernos a ella. Fingimos huir, a sabiendas de que nos atrapará, con ese ansia febril de la musaraña en sus escasas horas. Embutimos la acción en nuestras vidas como quien rellena un rollo de carne, apretando con los dedos hasta que estalle. Saltamos y nos hundimos, amamos y odiamos, viajamos y construimos, reímos y lloramos, trabajamos y acopiamos conocimiento… Cosemos y descosemos, en fin, arando en el mar y sembrando en el viento. Y lo hacemos a toda prisa, siempre corriendo, porque intuimos la nada en cada anochecer.

La pandemia nos ha obligado a parar; a ralentizar al menos el paso. Y muchos se han agobiado por sentir que el tiempo se les ha estado escurriendo entre los dedos. Calculaban cada día de encierro y cada restricción en aquello que habían dejado de realizar. Una aritmética desasosegante, que los ha lanzado en tropel a las aglomeraciones cuando se han entreabierto las compuertas. La nada los acecha con dentelladas de lobo.

La nada, o sea, está mal considerada, como un reproche calvinista. Yo, sin embargo, flirteo con ella. No es propiamente la nada pero se le asemeja. Tengo una gran capacidad para no hacer nada. Me sale natural, sin esforzarme. Puedo sentarme en una sala de espera sin agitarme por el nerviosismo. Puedo tumbarme sobre el sofá a observar las mínimas imperfecciones del techo. Siempre he procrastinado; nunca haciendo hoy lo que pudiese hacer mañana, que nunca llega. Miraba en qué fecha habían escrito los autores sus mejores novelas y me decía: “Aún tengo tiempo”. Ya he dejado de engañarme y me acepto sin amargura. La pandemia me ha reivindicado. He pasado un mes de vacaciones sin hacer nada y sin remordimientos, ensalzado por las autoridades sanitarias. No hacer nada ha sido de buen ciudadano. Seguiría sin hacer nada hasta que la nada me requiriese, viejo y jubilado, quién sabe si ya senil, colmado de nada, pero no se contempla en mi contrato. En la parábola de los talentos, yo habría enterrado el mío en la tierra. ¿Por qué ha de reclamarme Dios sus réditos? Nada le he entregado y nada le demando.

Aunque si lo pienso, apenas he rozado la nada en mi supuesta nada, que está llena de momentos, apenas perceptibles más allá de la pulsión biológica de resistirme a la muerte. Ambicionando las grandes experiencias, los logros majestuosos y las aventuras extraordinarias, no habíamos reparado en el valor de los gozos diminutos o si lo hicimos, enseguida hemos vuelto a despreciarlos como rutina. Una cerveza con los amigos en la terraza de siempre o una pachanga de baloncesto saben a gloria después de haber temido perderlas. Podemos alimentarnos perfectamente de estas luciérnagas efímeras, un beso o una bocanada sin mascarilla, mientras los jirones de pandemia se despejan. Cada instante lo contiene todo en su breve eternidad y si importa, si realmente cuenta, es precisamente gracias a la nada que posterga.

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