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Joaquín Rábago.

360 grados

Joaquín Rábago

Ambos ceden

EE UU y Alemania han llegado a un compromiso en su disputa en torno al gasoducto ruso-germano Nord Stream2 en el Báltico, que ha causado fricciones no solo con Washington, sino también con algunos aliados europeos, en especial Polonia.

Durante su reciente visita a Washington, la canciller Angela Merkel aceptó la exigencia norteamericana de que Alemania se comprometa a sancionar a Rusia en el caso de que este país persista en su “política agresiva” con Ucrania.

A cambio, EE UU no castigará a las empresas participantes en la construcción de esa infraestructura, ya casi terminada, como amenazaba Washington desde la presidencia de Donald Trump.

El acuerdo bilateral incluye dinero alemán, además de estadounidense, para la modernización del sector energético ucraniano y garantías de que el gasoducto no impedirá que siga fluyendo gas ruso por Ucrania hacia la UE.

El contrato en vigor para el tránsito anual por territorio ucraniano de más de 40.000 millones de metros cúbicos de gas ruso a un precio fijo que suscribieron en su día la empresa rusa Gazprom y la ucraniana Naftogaz vence dentro de tres años.

En el caso de que el Kremlin no acepte renovarlo, Berlín se ha comprometido con la Casa Blanca de Joe Biden a aplicar sanciones contra Moscú.

Al mismo tiempo, Alemania y EE UU invertirán en un “fondo verde” de al menos mil millones de dólares destinado a los países de Europa central y del Este así como a reforzar la “eficiencia y seguridad energéticas” de Ucrania.

El gasoducto, construido por Gazprom, aunque financiado por empresas energéticas de Alemania, Francia, Austria y Holanda, suscitó desde el principio fuerte oposición no sólo en EE UU y algunos países del Este de Europa, sino también en la propia Alemania.

Entre los mayores oponentes alemanes está el partido Verde, que lo critica tanto por motivos ecológicos como por la deriva autoritaria y la corrupción del Kremlin.

El diario conservador “Frankfurter Allgemeine Zeitung” tachaba el otro día el oleoducto de “instrumento geopolítico en el repertorio del Kremlin” y criticaba el “unilateralismo” de Berlín al insistir en su terminación. ¡Como si EE UU fuese precisamente un ejemplo de multilateralismo!

Lo cierto es que el nuevo presidente de Estados Unidos, Joe Biden, no está interesado en tensar en este momento sus relaciones con Alemania cuando necesita a la UE en su política de enfrentamiento con su principal rival: China.

Hay que reconocer en cualquier caso, como hacía en su editorial el citado diario alemán, que el demócrata Biden, que tiene bloqueados por el Congreso importantes nombramientos en política exterior, se arriesga a pagar un precio político por su compromiso con Berlín.

No solo el Partido Republicano, todavía dominado por Trump, quien no ha ocultado nunca su aversión a Alemania, sino también el Demócrata se opuso obstinadamente desde el principio al proyecto energético ruso-germano.

EE UU argumenta que su puesta en funcionamiento volverá a Europa más dependiente de Rusia, pero la oposición norteamericana tiene también importantes motivos económicos: el gas ruso supone una fuerte competencia para su propio gas de fracturación hidráulica.

Quienes defienden el nuevo gasoducto argumentan que beneficiará a los consumidores: servirá para que baje el precio del gas y de la luz, además de acelerar la salida del carbón de la matriz eléctrica. Reducirá también de paso las emisiones de CO2 y disminuirá las tensiones con Rusia. ¿Hay quien dé más?

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