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Camilo José Cela Conde.

Emojis

Tras el fallecimiento del creador de Smiley, la carita sonriente

Acaba de morir Harvey Ball, el diseñador que creó la primera imagen que se impuso en todo el mundo: Smiley, esa cara sonriente esbozada apenas –un círculo con dos trazos, la boca alegre y los ojos; eso es todo– en una chapa de color amarillo. Se utilizó hasta en el cine, con un Smiley manchado de sangre junto al cadáver de Edward Blake, el Comediante, al comienzo de la película Watchmen. Ball se sacó de la manga de las ideas a Smiley en 1988 y parece que recibió solo 45 dólares por su trabajo porque no se le ocurrió registrar el icono. Faltaban décadas, desde luego, para que esos diseños se convirtiesen en los actuales emojis, que se utilizan en las redes sociales para no tener que escribir las fórmulas de cortesía habituales.

Será que tengo ya una edad demasiado avanzada para tirar de los emojis cuando he de enviar un mensaje. Pero rara es la conversación que no veo terminar con uno de ellos, ya sea pulgar en alto o cara sonriente –tipo Smiley– como mejor forma de cerrar la comunicación. Cualquier teléfono de los llamados inteligentes cuenta con centenares, si no miles de emojis –no los he contado– que representan casi cualquier estado de ánimo imaginable. Se pueden mandar sin necesidad de decir ni una sola palabra mensajes de risotadas hasta saltándose las lágrimas, de llanto, de complicidad, de besos, de sonrisa congelada como cuando te pillan en falta... No sé quiénes son los que crean esas emociones gráficas ni cuánto cobran por ello, pero los emojis forman parte ya de la comunicación escrita hasta el punto que igual se le ocurre a la academia de Estocolmo conceder un premio Nobel a alguno. El precedente de Bob Dylan anima a pensar en ello.

"Al releer las crónicas de la última remodelación gubernamental del presidente Sánchez, se echa en falta la brevedad que nos habrían brindado unos emojis desarrollados"

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Me pregunto por qué razón no se extienden los emojis desde las redes sociales a foros en los que ahorrarían un tiempo valioso. Por ejemplo, los portavoces de los partidos podrían salir al estrado cuando les dan la palabra y, en vez de largarnos el consabido rollo inútil que lleva de manera automática al aplauso o al pateo desde las filas correspondientes, enseñar la pancarta del emoji que mejor corresponda a lo que ya se sabe de antemano que su señoría va a decir. La réplica por medio del emoji contrario podría llevar las sesiones parlamentarias de consumir muchas horas a ser liquidadas en cuestión de minutos y sin habernos perdido nada de lo que cualquier debate ofrece. Sería un progreso notable que se podría incluso extender con un poco de iniciativa añadida. Al releer las crónicas de la última remodelación gubernamental del presidente Sánchez, se echa en falta la brevedad que nos habrían brindado unos emojis desarrollados, a utilizar según fuese el diario que analizaba la salida de los ministros cesantes y la llegada de los nuevos. Pero se nos ha muerto Harvey Ball sin dejarnos la solución precisa para condensar hasta una tesis doctoral en una chapa.

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