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Del Tren de la Victoria a la Fiesta del Marisco

Cándido Acuña Blanco fue el impulsor de aquellas dos iniciativas tan celebradas, entre otras muchas gestas sonadas (y 2)

El tren a León fue la iniciativa más destacada en la 
historia del club granate, que promovió Acuña.   | // RAFAEL

El tren a León fue la iniciativa más destacada en la historia del club granate, que promovió Acuña. | // RAFAEL

Cándido Acuña Blanco recibió un duro varapalo cuando quiso, pero no pudo ser presidente del Pontevedra CF en 1956. Su amor propio se sintió herido; otro en su lugar habría hecho borrón y cuenta nueva. Pero él fue de una pasta especial, y cuando sintió que el equipo granate necesitaba apoyo en un momento crucial, acudió en su ayuda sin dudarlo un instante.

Del Tren de la Victoria a la Fiesta del Marisco

El Pontevedra CF se proclamó campeón de su grupo de Tercera División en la temporada 1959-60. Tras vencer primero al Caudal de Mieres en la liguilla de ascenso, se enfrentó después al Burgos, eliminatoria decisiva que requirió un partido de desempate en el campo de La Puentecilla, el jueves 16 de junio de 1960. Aquel día señalado, media Pontevedra se quedó para celebrar el Corpus Christi, y la otra media se desplazó a León con el equipo granate.

Fuentes Mora realizó desde Radio Pontevedra un dramático llamamiento a la afición para acompañar a sus jugadores en un partido a cara de perro. Acuña tuvo la sensación de que “era una empresa a vida o muerte” y se implicó a fondo. De entrada, pensó en fletar de su bolsillo uno o dos autobuses. Pero le pareció insuficiente, y entonces surgió la idea de contratar un tren especial. Algo tan impensable solo podía ser cosa de Acuña, corazón de león.

Él mismo contó luego a Sprinter, otro cronista que hizo historia en el periodismo local, las cláusulas más significativas del contrato firmado con Renfe, cuyos responsables en Ponferrada no salieron de su asombro cuando recibieron aquella solicitud. Para contratar un tren de 1.200 plazas, tuvo que garantizar una ocupación mínima de 550 asientos y adelantar una fianza por valor de 139.150 pesetas. Pero a la dificultad propia de una gestión como esa, sesenta años atrás, hubo que añadir otro hándicap no menos complicado, que fue la premura para organizar la partida y llenar el convoy. Acuña cerró el acuerdo con Renfe en veinticuatro horas y solo faltaban dos días para la celebración del partido.

A medida que corría el tiempo, Acuña confesó que se temió lo peor, porque muchos aficionados ya habían comprado sus billetes en los autobuses dispuestos con anterioridad, mientras que otros se habían comprometido a viajar en coches de amigos. La opción férrea fue la más tardía.

Finalmente, la Estación de Pontevedra vivió una gran fiesta antes de la partida. Allí se congregaron cientos y cientos de pontevedreses enardecidos, unos para subirse al tren y otros para despedir a los expedicionarios. El jolgorio resultó tal, según recuerdan bien quienes allí estuvieron, que provocó un efecto contagio, y no pocos optaron por sumarse al convoy en el último momento sin disponer del billete correspondiente.

Autoproclamado como jefe de la expedición, Acuña se las vio y se las deseó para templar gaitas, nunca mejor dicho, y poner un poco de orden en semejante desbarajuste, con los nervios a flor de piel entre los revisores ferroviarios. La fiesta iniciada en la Estación continuó durante todo el viaje, con la gente repartida entre asientos y pasillos. Él contó que llegó a organizar un concurso de baile en el tren, con la conga y la raspa como protagonistas.

Acuña también confirmó a Sprinter que antes de comenzar la prórroga del encuentro, se acercó a los jugadores granates “…y les ordené que metieran el gol de la victoria en los primeros diez minutos”. El famoso tanto de Guillermo se produjo en el minuto ocho. Aquel día memorable, Acuña acabó con su vestimenta echa unos zorros, entre achuchones y volteos.

“El tren de la victoria” protagonizó toda una gesta, seguramente la más importante en la historia del Pontevedra CF, con Acuña como emblemático maquinista. El gran reconocimiento de aquella efeméride se produjo en 1984, cuando salió al campo acompañado por el presidente, Miguel Domínguez, para realizar el saque de honor, entre un cálido aplauso de la afición granate.

Como Acuña no podía estar ocioso mucho tiempo, no tardó demasiado en acometer otra iniciativa de altos vuelos, modesta en su origen, pero enseguida grandiosa por su repercusión social, económica y, por supuesto, turística.

Un buen día acudió a visitar al alcalde de O Grove, pueblo muy querido por él, donde tenía muchos amigos a cuenta de su negocio vinatero, y planteó a Santiago Búa la celebración de una fiesta de exaltación del marisco. Al regidor meco no le pareció mala idea, pero chocó con una oposición frontal del secretario del Ayuntamiento, Eduardo Eiriz, todo un poder fáctico que mandaba más que el propio alcalde y se metía en asuntos ajenos a su competencia.

Entonces los secretarios municipales cercenaban cualquier proyecto o iniciativa de la corporación de turno con su “advertencia de ilegalidad”, un poderosísimo instrumento no siempre bien empleado por sus tenedores.

El bueno de Acuña quedó desolado por aquel rechazo; pero no tiró la toalla y pronto encontró el apoyo necesario en la Cofradía de Pescadores, una verdadera institución que gozaba de fuerte predicamento en aquel pueblo marinero. Pasando por encima del reticente secretario, O Grove anunció a bombo y platillo su “1ª Fiesta de Exaltación del Marisco. Romería Enxebre” el domingo 6 de octubre de 1963. Así empezó todo lo que vino después. Acuña incluso diseñó su distintivo con un centollo abrazado a una cunca de vino.

El principal atractivo de aquel festejo naciente fue una comida de hermandad en Casa Pepe, uno de los restaurantes señeros de la villa, a precio cerrado de 230 pesetas, que no estaba nada mal para un menú estupendo: camarones, salpicón de marisco, almejas a la marinera, vieira, pollo asado, flan, uvas, vinos, champan, café y licores. A casi sesenta años vista, llama la atención la inclusión del pollo asado en lugar de un buen pescado, pero entonces casi resultaba obligado en cualquier almuerzo de postín.

El resto de la historia resulta bien conocida porque, año tras año, no dejó de agrandar su leyenda. La Fiesta del Marisco puso el nombre de O Grove, un insignificante municipio entonces, en el mapa turístico nacional y le aportó una proyección enorme.

Don Cándido recibió en vida distinciones y homenajes a los que se hizo justo merecedor por aquella iniciativa, incluido el Centollo de Oro, su máximo galardón. El Concello y la Cofradía de Pescadores lo nombraron presidente de honor de la Hermandad Marisquera de O Grove “Paraíso del Marisco”.

El presidente que no pudo ser

Al finalizar la temporada 1955-56, el Pontevedra C.F. estaba en Tercera División y no pasaba por su mejor momento. Era el equipo de los Gato, Balea, Lalinde, Pirelo, Milucho, Calucas y compañía. Antonio Puig Gaite se cansó de apechugar y presentó su dimisión como presidente después de cuatro años infructuosos. Y una asamblea de socios con escasa participación premió a Puig por aclamación con el título de Presidente Honorífico. Aquella asamblea celebrada en la tarde del 20 de junio de 1956 proclamó como nuevo presidente a Cándido Acuña Blanco. Lo cierto fue que no hubo entre la masa social ni unanimidad ni entusiasmo en su designación. Pero el club granate arrastraba un déficit de 179.221,35 pesetas, que no era poco dinero. Nadie dio un paso al frente, solo él plantó cara a aquella patata caliente. Acuña se presentó a la afición como “un hombre de mando”, y anticipó su intención de formar una directiva de “gente eficaz, con buen sentido y espíritu de colaboración”, y una plantilla de jugadores de “técnica, potencia y moral”. Nueve días después, dirigió una carta al club presentando su renuncia “por no poder encontrar personas aptas para ocupar los tres primeros altos cargos de la nueva junta”. Después explicó que había tomado tan drástica decisión al recibir una negativa de setenta y una personas consultadas, una tras otra. Su decepción fue enorme y no ocultó su pesar. “Yo quiero a Pontevedra y creo que los pontevedreses no me quieren a mí”, confesó a Pedro A. Rivas en una sincera entrevista como colofón a aquella aventura deportiva que encalló antes de empezar a andar.

La calle que le dio y quitó O Grove

Don Cándido falleció a principios de 1993, treinta años después del nacimiento de la Fiesta del Marisco, y el Ayuntamiento de O Grove dio su nombre a la primera calle de nueva apertura para honrar su memoria. Los vaivenes municipales retrasaron no poco el cumplimiento de aquel acuerdo, hasta que se materializó seis años después, el domingo 3 de octubre de 1999, coincidiendo con la apertura de su XXXVI edición. Acuña nunca habría imaginado una proyección tan grande. Por ese motivo, su familia se sintió feliz aquel día inolvidable, que habría colmado de satisfacción al patriarca. La Asociación pola Memoria Histórica de O Grove reclamó al Concello en 2008 una calle para Xacobe Barral Otero, su último alcalde republicano y miembro del Grupo Autonomista Galego, tristemente fusilado en la Guerra Civil. Y para cumplir tal solicitud propuso a la corporación municipal la retirada de la rúa dedicada a Acuña, sin ninguna motivación razonada. De nada valió la postura templada del PP en franca minoría, defendiendo que una cosa no tenía porqué conllevar la otra: es decir, que el reconocimiento a Barral estaba muy bien, pero no debía suponer ningún menosprecio para Acuña. El acuerdo municipal tardó en ejecutarse, quizá porque alguien frenó tamaño despropósito. Pero al fin se oficializó en 2016, y el nombre de Acuña se borró del callejero de O Grove. La asociación promotora de tan descabellada iniciativa pasó por alto que mientras Xacobe Barral era condenado a muerte, Cándido Acuña se salvaba por los pelos y sufría presidio en San Simón. ¿Qué clase de memoria histórica aplicó el Concello en aquel desdichado trueque?

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