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Joaquín Rábago.

360 grados

Joaquín Rábago

La imposibilidad de un debate objetivo sobre Israel en Alemania

Un debate objetivo sobre lo que llaman el “conflicto” palestino-israelí es prácticamente imposible en Alemania, y hay una importante razón histórica que lo explica: los seis millones de judíos asesinados en el Holocausto.

He visto por televisión estos días en Berlín decenas de debates sobre el último estallido de violencia entre Israel y Hamás y he apreciado un marcado sesgo a favor de las razones de Israel junto a una condena casi exclusiva del terrorismo islamista.

Prácticamente todos los participantes defendían el derecho que asiste al Estado judío a proteger a sus ciudadanos, a la vez que condenaban sin paliativos el lanzamiento indiscriminado de misiles por Hamás contra territorio israelí.

Y lo hacían sin que prácticamente se oyeran en esos debates críticas a Israel por su ocupación ilegal de tierras palestinas, los continuos atropellos de los derechos humanos de ese pueblo o su total desprecio de las resoluciones de la ONU.

Se hablaba siempre de la “democracia” del Estado judío, enfrentándola a la corrupción, bien real, tanto de Hamás, que gobierna Gaza, como de la Autoridad Nacional palestina, en la Cisjordania ocupada, sin explicar que se trata de una democracia solo para los judíos porque los palestinos de Israel son considerados ciudadanos de segunda clase.

Rara vez se ha invitado a esos debates televisivos a representantes palestinos para que ofreciesen el contrapunto a las afirmaciones de los representantes de la comunidad judía o de conocidos periodistas, claramente favorables siempre a Israel.

Todos los dirigentes políticos germanos, con independencia de sus partidos, consideran la responsabilidad alemana por la seguridad del Estado judío “parte de la razón de Estado” (Angela Merkel) de este país, que trata de expiar así los crímenes del nacionalsocialismo.

Todos los partidos se han unido además en una condena sin paliativos de las manifestaciones propalestinas celebradas los últimos días sin distinguir suficientemente entre críticas a la política de Israel y antisemitismo.

Hablan algunos de antisemitismo “importado”, es decir el de muchos inmigrantes de religión musulmana educados en sus países de origen en “el odio visceral al judío”, como si intentasen desviar la atención del antisemitismo autóctono.

Al jefe del grupo parlamentario del SPD se le ocurrió añadir a su clara condena de los ataques a sinagogas en ciudades alemanas la apostilla de que sería también bueno que el Gobierno israelí aceptase el alto el fuego (propuesto por Hamás), y le cayó un aluvión de críticas por relacionar imprudentemente ambas cosas.

No se puede en efecto culpar a los judíos que viven en Alemania de las acciones del Gobierno israelí, pero la repulsa inmediata que encontraron esas palabras del dirigente socialdemócrata demuestra lo delicado del tema.

Su correligionario y ministro de Asuntos Exteriores, Heiko Maas, declaró, antes de volar el jueves a Israel, que se combatirá “con toda la fuerza del Estado de derecho a los sembradores del odio antijudío y a los violentos, antes de añadir que “en las calles alemanas no puede haber ni un centímetro para el antisemitismo”.

Se condenan, pues, con la máxima energía y sin paliativos desde la política y los medios el lanzamiento de miles de misiles por la organización “terrorista” Hamás, pero resulta más difícil escuchar críticas igual de contundentes a los bombardeos israelíes sobre Gaza o al papel del Estado judío en la situación desesperada de los dos millones de habitantes de ese territorio.

Situación de la que muchos responsabilizan aquí por igual al bloqueo israelí como a la corrupción de Hamás, que prefiere, dicen, armarse hasta los dientes antes que alimentar a los gazatíes.

Se denuncia, pues, constantemente el terrorismo irresponsable de Hamás, que lanza miles de misiles contra Israel sin que parezcan importarle las consecuencias letales de la respuesta militar judía, pero apenas se habla de otro terrorismo que dura ya décadas: el del Estado israelí.

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