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El hasta hace un suspiro vicepresidente del Gobierno y durante un tiempo aún más breve –justo el de la campaña electoral– azote de otro gobierno, el de la comunidad de Madrid, ha declarado nada más perder las elecciones a la asamblea regional por un equivalente que, en el fútbol, llamaríamos goleada, que abandona la política.

En realidad cabría plantearse si estuvo alguna vez en ella, siempre que entendamos esa actividad como podría explicarle Gabilondo, el jefe de filas hasta anteayer de la izquierda madrileña, profesor de Filosofía en su vida civil. Desde Aristóteles, la política se entiende como la actividad más esencial para fortalecer las relaciones ciudadanas, no un mero mecanismo de acumulación de poder y recursos. Verdad es que tras la llegada de las revoluciones contra el Antiguo Régimen apareció un nuevo oficio de político que poco tenía que ver con el ideal aristotélico. Pero tampoco puede decirse que el desempeño por parte de Pablo Iglesias de esas nuevas tareas haya estado vinculado de la forma tradicional a la administración pública, ya sea en la rama legislativa o en la ejecutiva, que Montesquieu unió a la judicial en su concepto del reparto democrático en el Estado de Derecho.

Pablo Iglesias fue capaz de convertir esos activos de protesta en una maquinaria política tan fresca como prometedora

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El siglo XX consagró los partidos –llamémosles clásicos– que llenaban el abanico parlamentario: la democracia cristiana, el socialista y el comunista, con más o menos apellidos, desvíos o ajustes. Iglesias no se curtió en las juventudes de ninguno de ellos, ni tuvo tampoco cargos administrativos a su merced desde los que pudiese demostrar el talento para gobernar o la falta de él. Su salto a la política se realizó aprovechando un movimiento nuevo, el del rechazo a los abusos de las hipotecas bancarias y la enorme masa electoral en el que se convirtió. Pablo Iglesias fue capaz de convertir esos activos de protesta en maquinaria política tan fresca como prometedora, proclamando tal condición mediante fórmulas de éxito como el de su promesa de lucha contra “la casta” que, oh curiosidad, englobaba todo el mundo de la política tradicional al que tan bien y con tanta celeridad supo integrarse. La palanca que le permitió hacerse con una figura pública es, como se sabe, la del acierto de un empresario con gran olfato político, Jaime Roures, al darle el timón del altavoz televisivo. Y así, casi sin tiempo para reposar las victorias, se convirtió en vicepresidente.

Las acusaciones de populismo hacia la bandera política de Iglesias podrían haberse silenciado si, tras su salto a la política autonómica, hubiese mantenido su promesa de dedicar sus esfuerzos o bien a gobernar –como todo candidato aspira a hacer– o de mantener alta la bandera de la lucha desde las filas de la oposición. Pero no ha tardado siquiera un día entero en romper el compromiso. Si era eso la nueva política, habrá que dar gracias porque se haya ido ya.

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