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El lamento por el poder tiránico que las redes sociales han impuesto sobre un mundo de la comunicación que languidecía ya antes de que estas apareciesen se limita a ser eso, una queja. De ahí que llame la atención un artículo publicado en el diario de mayor venta en España –aunque no sé, ¡ay!, si solo en su edición digital– titulado “Cómo sacar a las redes sociales de la ciénaga”. Por desgracia, el texto va sobre todo de preguntas que son en realidad, un lamento, como la de si hemos dado demasiada libertad a las empresas privadas –lo son todas las que dan soporte a las redes sociales– en materias tan sensibles como la libertad de opinión.

El ejemplo que viene enseguida a la mente es la censura que impusieron Facebook y Twitter a Donald Trump durante la campaña en la que se jugaba su reelección. Al principio del artículo que comento se cita una carta del fundador de Facebook dirigida a sus futuros accionistas en la salida a Bolsa de la empresa en la que Zuckerberg presumía de haber logrado que la gente de a pie pudiese hacerse oír sin necesidad de que se lo permitiera una minoría selecta, refiriéndose a los medios de comunicación tradicionales. Pero la minoría que le calló la boca a Trump era aún más pequeña y selecta que la redacción, pongamos, del New York Times. Silenciar al mentiroso por excelencia parece una buena idea pero no oculta el problema esencial: quién controla hoy la comunicación. Las noticias inventadas (fake news) son en realidad un subproducto de la alegría criminal con la que las redes sociales monopolizan la información. Sin control alguno o, peor aún, cuando este aparece porque convierte la libertad de expresión en coto privado de lo que cada vez se parece más a un personaje de Marvel.

El artículo al que me refiero no dice cómo se pueden sacar las redes sociales de la ciénaga y apunta un único remedio para que se recupere el control: los gobiernos habrán de regular mejor los espacios y las plataformas tendrán que cambiar sus políticas y sus diseños. Pero eso equivale a sostener que los gobiernos deben manejar mejor las pandemias y las farmacéuticas tienen que producir más vacunas en menos tiempo. O, ya que estamos, lo mejor para que se termine el problema del coronavirus es que no nos contagiemos. Nadie sabe cómo se pone ese cascabel al gato, ni el de los contagios, ni el de las vacunas, ni el de las redes sociales. Con el añadido de que quienes claman contra la manipulación la usan a voluntad. En el mismo diario en el que aparece el artículo sobre las redes sociales hay otra columna, de una exdirectora del periódico, en la que se lamenta de que los medios hayan ocupado sus páginas con al asalto al mitin de Vox en Vallecas. Hacerlo es lo mismo que manipular el espacio disponible, según ella. Deberían hablar, en vez, de lo mal que ha gestionado Ayuso la pandemia. Pero qué es esa consigna, la autora no lo dice.

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