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Joaquín Rábago.

Transfuguismo

Una bochornosa acción de compra de dos diputados socialistas abrió de par en par el año 2003 las puertas al Gobierno del Partido Popular en la Comunidad de Madrid, algo que lo que la izquierda madrileña todavía no se ha recuperado. Y los últimos días, como si en este país lo que firman solemnemente los partidos no sirvieran para nada, hemos asistido en Murcia y otros lugares a similares actos de transfuguismo, nuevamente alentados por el partido que hoy lidera Pablo Casado.

No se trata de diputados que renuncian a su escaño por desacuerdo con la línea marcada por su formación, algo que sería comprensible, sino que, ofreciéndose a un mejor postor, traicionan a la vez a su partido y a quienes los eligieron.

En el caso de Ciudadanos, podríamos asimilar a muchos de esos tránsfugas a las ratas que abandonan el barco cuando se hunde y deciden dar el salto a otro que les parece de momento más seguro para sus intereses personales. No es nada que pueda justificar simplemente el hecho de que el partido que fundó un día Albert Rivera como ariete contra el independentismo catalán se haya convertido de un tiempo a esta parte en un barco a la deriva.

O que esos nuevos tránsfugas quieran hacer honor a uno de los principios fundacionales de su antiguo partido, luego abandonados en la práctica –la lucha contra la corrupción– porque han terminado aliándose a una formación ducha en tales prácticas.

Se le ocurre a uno que sólo habría una forma de acabar con el transfuguismo: sería la sustitución de las actuales listas cerradas y bloqueadas por su contrario: las “listas abiertas”.

No es algo que guste a los partidos, que prefieren controlar en todo momento a sus diputados, a quienes premian o castigan muchas veces en las siguientes elecciones de acuerdo exclusivamente con su fidelidad al jefe.

Las listas abiertas permiten, por el contrario, una conexión mucho más directa entre los legisladores y los ciudadanos a quienes representan y ante los que han de rendir cuentas. Con ellas aumenta la capacidad de control por parte de los votantes.

La apertura de las listas puede ser parcial o completa y están también las “listas libres”, que son aquellas en las que el elector decide totalmente su composición, pudiendo combinar incluso a personas pertenecientes a distintos partidos. Es lo que en francés se conoce como “panachage”.

Ese último tipo de listas, que existen, por ejemplo, también en algunos “laender” alemanes como Baviera, Bremen o Hamburgo, son más complicadas de llevar a la práctica, por lo que uno se contentaría aquí con una apertura algo más modesta.

Una que permitiera al menos al votante ordenar los nombres de la lista que presenta un determinado partido según sus preferencias e incluso tachar alguno si es que lo desaprueba. Es decir, una lista totalmente desbloqueada.

En tal caso, si en las elecciones siguientes se le ocurriese a un partido incluir en su lista a uno de esos tránsfugas, el ciudadano al que importase sobre todo la coherencia y honradez de sus representantes, podría tachar su nombre o al menos colocarlo en el último lugar e impedir así prácticamente que saliera elegido.

Es esto algo que no debería esperar. La política recobraría así parte del honor que, con el transfuguismo y tantos diputados que no merecen estar en ninguna lista, parece mientras tanto haber perdido.

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