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El espejo del tiempo en la plaza de A Verdura

La rehabilitación de 1974 obtuvo una vez acabada el beneplácito general, pero la última reforma de 2001 suscitó desde el primer momento un fuerte rechazo vecinal

La antigua venta de frutas y legumbres 
dio el nombre popular a la acogedora plaza.  | // FDV

La antigua venta de frutas y legumbres dio el nombre popular a la acogedora plaza. | // FDV

La plaza de A Verdura en el último tercio del siglo XX, hasta la remodelación efectuada en 2001. | // FDV

La plaza de A Verdura en el último tercio del siglo XX, hasta la remodelación efectuada en 2001. | // FDV

El espejo del tiempo en la plaza de A Verdura

Praza da Feira o da Feira Vella, praza da Pescadería, praza Nueva, praza de Indalecio Armesto… Todos estos nombres, documentó el historiador Juan Juega para la plaza de A Verdura, su denominación oficial desde 1996 tras acuerdo plenario de una corporación presidida por Juan Luís Pedrosa. Igualmente denominación preferida del nomenclátor popular y reflejo de su actividad centenaria cómo mercado de legumbres y frutas.

Todavía sin un plan de ordenación de la ciudad a mediados de los años 40, el Ayuntamiento encargó su elaboración a la Dirección General de Arquitectura. Y cuando el trabajo estuvo listo, su autor Rodolfo García Pablos vino a Pontevedra para explicar sus principales retos a una corporación encabezada por Remigio Hevia en su tercera y última etapa como alcalde.

El arquitecto madrileño propuso una intervención en cada plaza, y para A Verdura defendió la sustitución de la vieja fábrica eléctrica por una nueva edificación, dado su estado ruinoso y su fachada antiestética, al tiempo que recalcó mucho la necesidad de “respetar el tipismo”; o sea mantener ante todo y sobre todo su identidad histórica.

Todavía hasta los años 60 al menos, aquel lugar entrañable acogía una verbena popular con motivo de la festividad de San Bartolomé, que gustaba mucho al vecindario más próximo. El alcalde Filgueira Valverde defendió a capa y espada el Casco Antiguo y evitó en A Verdura algún que otro disparate urbanístico de propietarios empeñados en añadir pisos a sus viejas casas.

Dos décadas largas pasaron hasta que la idea planteada por García Pablos adquirió carta de naturaleza por cuenta del organismo patrocinador de aquel primer PGOM. La Dirección General de Arquitectura fue quien propuso al Ayuntamiento a finales de 1971 la ejecución del llamado Proyecto de Ordenación de la Plaza de la Verdura y Nuevo Edificio Municipal.

Además de la sustitución de la vieja casona eléctrica, el diseño urbanístico abordaba la rehabilitación integral de un lugar degradado, sucio e inhóspito. Prácticamente solo conservaba el arbolado, porque cambiaba la ubicación de la fuente de fundición, instalaba bancos de piedra alrededor de una gran farola en medio del conjunto rematado por un zócalo perimetral, y también suprimía el tráfico de circunvalación de la plaza.

El proyecto solo contemplaba la llegada de vehículos ligeros por la calle San Román y su salida por la calle San Sebastián, pero sin entrar en el interior, y salvaba el desnivel del suelo en la parte más baja con unas pequeñas escaleras hacia la calle Sarmiento.

El presupuesto total del proyecto ascendió a 10.391.407,06 pesetas, a cuenta de la propia Dirección General de Arquitectura. No haría falta decir que el Ayuntamiento aceptó encantado tan sugerente ofrecimiento. Solo el concejal Enrique Barreiro Álvarez, arquitecto bien conocido y reconocido, se atrevió a cuestionar el diseño para el tráfico rodado, dado el trazado y la estrechez de ambas calles de entrada y salida.

Enseguida entró en escena Antonio Puig Gaite, propietario del único coche que frecuentaba la plaza para llegar a su domicilio, encima de la farmacia de Eiras, que él mismo regentaba entonces. Su Borgward familiar de color gris aparcaba allí a diario y era objeto de admiración por los chavales vecinos.

La alegación de Puig fue la única que recibió el proyecto en su exposición pública. Como don Antonio era mucho don Antonio y encima tenía razón –la estrechez de la calle San Sebastián resultaba inadecuada, tanto para el giro como para el tránsito de cualquier vehículo–, el pleno municipal respaldó su petición. Y finalmente, la Dirección General de Arquitectura introdujo una salida de coches hacia Sarmiento como prolongación de la calle San Román, pero salvaguardando el interior de la plaza un poco sobreelevada.

Exactamente el 1 de julio de 1973 comenzó la obra, el mercado de frutas y legumbres se trasladó a la plaza de Méndez Núñez, y una tapia de madera cerró a cal y canto el interior de la plaza de A Verdura. Ese secretismo dio pábulo a una leyenda urbana muy extendida, según la cual su viejo empedrado se habría aprovechado en las obras del pazo de Pompeán, que Pio Cabanillas rehabilitó en Paradela (Meis) como lugar de descanso de su ajetreada vida madrileña. Maledicencia o no, lo cierto fue que el aserto caló en Pontevedra.

El vecindario soportó tres años el repicar de los canteros; pero cuando la rehabilitación estuvo terminada recibió la aquiescencia general. Ninguna voz se escuchó contra la transformación de la plaza de A Verdura.

Un cuarto de siglo más tarde, suerte bien distinta corrió la reforma acometida por el primer gobierno del alcalde Lores. Aunque su alcance resultó menor que la anterior, la restauración fue bastante controvertida. Los cambios más importantes se centraron en la pavimentación del suelo con piedra nueva, un retoque ante el nuevo edificio y una bajada en cuesta de toda la plaza, de arriba abajo y de lado a lado, hasta su entronque con la calle Sarmiento.

Ante el jaleo organizado por la tala de los árboles, la Consellería de Cultura trasladó una advertencia formal al Ayuntamiento por su corta sin el permiso oportuno. Entonces, el gobierno municipal remitió un informe a la Comisión de Patrimonio justificando la eliminación de las catalpas, unas ya podridas y otras abocadas a la misma suerte por su estado deficiente.

Al mismo tiempo, el Concello solicitó autorización al citado organismo para reabrir los arcos de los soportales de la Casa da Luz, así rebautizada con la llegada del siglo XXI, anteriormente cerrados sin consentimiento con cristales para ampliar las dependencias administrativas de la Policía Municipal. La Comisión de Patrimonio no puso ningún impedimento a esa apertura que, en cambio, si motivó otra queja vecinal. Los opositores expresaron sus temores ante la posibilidad de que los soportales abiertos se convirtieran en lugar de acogida de gente follonera y poco recomendable.

Cesáreo Mosquera tuvo que emplearse a fondo como concejal de Urbanismo para defender aquel proyecto, inequívoco anticipo de la peatonalización que vino después en todo el casco histórico pontevedrés.

La oposición vecinal a la tala de catalpas

Cuando el gobierno municipal del BNG anunció su intención de acometer una reforma de la plaza de A Verdura a finales del verano del año 2000, no habló en ningún momento de talar sus peculiares catalpas. El concejal de Urbanismo, Cesáreo Mosquera, disfrazó de hecho su propósito a través de una actuación conjunta de nuevas canalizaciones de aguas pluviales y fecales para la calle Sarmiento y la plaza de A Verdura, sin plantear abiertamente la desaparición del arbolado existente. Todo lo más que hizo fue enredarse en un circunloquio sobre el levantamiento o la rotura de losetas que rodeaban dichas especies por la incidencia natural de sus raíces aéreas. Algo debió olerle mal a la Asociación pola Defensa da Ría, porque no tardó nada en salir a la palestra, tanto para cuestionar la urgencia de la remodelación de la histórica plaza, como para defender la conservación de las catalpas, que identificó como referencia singular de su pasado histórico. La asociación ecologista no negó la evidencia del aspecto claramente mejorable de A Verdura, pero subrayó que la ciudad en su conjunto mostraba otras urgencias más imperiosas en aquellos días. Y sobre todo, insistió mucho en el mantenimiento de las catalpas. “Es fundamental –explicó la entidad– mantener el carácter arbolado de la plaza; un arbolado que no podría perder ni el porte ni el rol que hoy tienen dichos árboles y que forman parte consustancial de la misma plaza”. Cuatro meses después, Mosquera destapó el alcance del proyecto, que lejos de centrarse en las canalizaciones subterráneas, incidió en toda la plaza, sustitución incluida de las catalpas por otras especies. En suma, la reforma trocó prácticamente todo lo que pudo y más. Amparándose en supuestos informes técnicos –luego una constante en la línea de actuación municipal del BNG cada vez que resultó conveniente–, el concejal de Urbanismo apeló a su mal estado general como motivo de la tala prevista. Vecinos, comerciantes y ecologistas, mostraron un enorme malestar cuando conocieron el alcance de la remodelación prevista y expresaron su fundado recelo ante una pérdida de personalidad de la antigua plaza, para muchos de ellos “a máis xeitosa” entre todas las existentes. Naturalmente, sus lamentos cayeron en saco roto, porque no hubo marcha atrás. En aquella ocasión, Mosquera practicó el victimismo, como si él mismo lamentara tal decisión y no hubiera otro remedio alternativo: “Non é posible –dijo– salvar as catalpas. ¡Ogallá poidésemos, porque aforraríamos millóns!” El presidente de la APDR, Antón Masa, manifestó a FARO su temor a una uniformidad del centro histórico, “cuando buena parte de su encanto radicó precisamente en su diversidad”. Esa premonición se cumplió luego fatalmente. Aquel desencuentro frontal entre la asociación ecologista y el BNG, al que tanto ayudó a conquistar la alcaldía, marcó un antes y un después en sus relaciones hasta entonces fraternales. Ya nada fue igual y quizá la herida no llegó a cicatrizar nunca.

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