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Personas, casos y cosas de ayer y de hoy

¿Reflexiones o sentimientos?

Cuando cada medianoche escribo a través de WhatsApp unas cuantas reflexiones para un grupo de familiares y amigos y, después, con mayor o menor regularidad y en agrupación más o menos certera, se las paso a ustedes, mis lectores, no es mi pretensión sugestionarlos. Cada uno ha de decidir siempre sobre datos objetivos y comprobados y no dejarse seducir ni por sus propios pensamientos. Lo que sí pretendo es llevarles a dudas razonables que desencadenen sus propias introspecciones y juicios. No deberíamos creer demasiado en esas personas que están absolutamente seguras de sí mismas; en realidad son muy vulnerables y se ven constantemente amenazadas, pues lo suyo es un puro mecanismo de defensa ante sus propios fantasmas. Los demás tenemos inseguridades que vamos venciendo poco a poco y bastantes veces con mucho esfuerzo. Hemos de cuidarnos de intransigencias y dogmatismos. Nuestro Nobel de Medicina, Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) lo expresó así: “Como hay hombres consagrados de por vida a la defensa de una sola verdad, hay otros votados a un solo error”.

Sentimientos y dignidad

Es verdad que nuestros pensamientos son fruto de la lectura, el estudio y los conocimientos adquiridos. Y hago hincapié en la lectura porque gracias a ella uno recuerda más cosas de las que ha visto y además, de lo visto, uno olvida gran parte. También es cierto que pensamientos y sentimientos se entremezclan, incluso en contra de nuestra voluntad. No podemos evitar los sentimientos pero sí tenemos la libertad de hacer lo que queremos a pesar de ellos. Este planteamiento llevó a Miguel de Unamuno (1864-1936) a hacer la recomendación: “Siente el pensamiento, piensa el sentimiento”. No tenemos que ocultar lo que sentimos pero, al mostrarlo, hemos de preservar la dignidad propia y la de los demás. Es cuestión de madurez. El inmaduro, creyéndose más sincero que los demás, pierde las formas ante las frustraciones y, dominado por un falso orgullo, evidencia la falta de modulación que le es propia a la educación y la experiencia.

La dignidad supone respeto por uno mismo y por los otros, en definitiva, la autoestima. Cada vez más, el mundo globalizado menoscaba la dignidad humana por lo que hemos de fortalecernos en nuestro entorno más próximo. Amándonos y cuidándonos a nosotros mismos, podemos amar y cuidar mejor a los demás y evitar ser intimidados por terceros. En palabras de Aristóteles (384 aC – 33 aC): “La dignidad no consiste en nuestros honores sino en el reconocimiento de merecer lo que tenemos”. Lo que es realmente triste en un hombre es querer ser y aparentar lo que en realidad no se es, porque constituye una negación de sí mismo; una persona así, ¿qué no hará con los demás? El líder revolucionario mexicano Emiliano Zapata (1879-1919), de forma dura, lo decía así: “El que quiera ser águila que vuele. El que quiera ser gusano que se arrastre, ¡pero que no grite cuando lo pisoteen!”. Sentirnos valorados y que nos reconozcan que hemos hecho un buen trabajo, aunque sea solo de cuando en cuando, es una necesidad.

Autoexamen y autoestima

Con cierta frecuencia hemos de reexaminar nuestra vida para asegurarnos de que lo que estamos haciendo hoy es lo correcto de cara a lograr, mañana, lo que queremos. Eso significa que hay que estar dispuesto a empezar de nuevo siempre que sea necesario. Tampoco podemos olvidar que las cosas cambian dependiendo del momento y de cómo se mire. Con frecuencia, en apenas un instante, pasamos del “nunca dejes de ser como eres” al “tienes que cambiar”. A veces, incluso, nos caemos mal a nosotros mismos… ¿qué le vamos a hacer? Si nos aseguramos de que estamos haciendo lo apropiado y de que nuestro comportamiento es honesto, lo único que procede es acabar entonando aquello de: “perdóname, pero voy a seguir siendo como soy sin que me importe tu opinión”.

Un aspecto importante tiene que ver con la enseñanza y el aprendizaje. Nunca molestemos ni mucho menos hiramos a aquel al que estamos enseñando; tampoco permitamos que nadie nos menoscabe cuando recibamos una lección. Y si somos responsables de nuestra herida, en lugar de enojarnos con los demás ¿por qué no admitimos que nos hemos lastimado por nuestra propia culpa?

Y aquí un consejo que no es personal pero lo hago mío. Es del escritor alemán Edkhart Tolle (1948): “El descontento, la culpa, la queja, la autocompasión no pueden servir de fundamento para un buen futuro, no importa cuánto esfuerzo hagas por conseguirlo”

Laboriosidad, prudencia

“Todos tenemos sueños. Pero para hacer los sueños realidad, se necesita una gran cantidad de determinación, dedicación, autodisciplina y esfuerzo”. Es una acertada sentencia del atleta estadounidense Jesse Owens (1913-1980). Con demasiada frecuencia se escucha la afirmación: “Me rechazan en todas mis pretensiones”. Esto es consecuencia de basar la vida en lo que se va a hacer mañana, y que ese mañana no llega nunca. Somos lo que somos como resultado de lo que perdemos y lo que ganamos a lo largo de nuestra vida; sin embargo, no estamos hechos de pérdidas y ganancias sino de la manera en que hemos reaccionado ante ellas. El deportista o el que al menos le gusta el deporte, se ejercita de forma regular para tener los músculos a punto. Lo mismo ha de pasar con la voluntad, hay que entrenarla una y otra vez cada día del año.

Hemos de ser a la vez pacientes y decididos. La paciencia es necesaria para hacer y decir lo que toca en el momento adecuado; la decisión y el coraje son imprescindibles para emprender la acción o tomar la palabra. Antes de contestar, reflexionemos unos segundos, porque la contestación puede llevar compromiso y desencadenar discusión, y hasta es posible que a veces la mejor respuesta sea callar, porque en bastantes ocasiones el interlocutor no merece otra cosa. Antes de hablar escuchemos, incluso aunque no nos guste lo que nos están diciendo. Si hemos escuchado e interpretado la verdad, nuestra contestación será probablemente la correcta. Se repite, con acierto, que no es lo mismo escuchar que oír. Oír, oyen hasta los patos. No nos dejemos atrapar por la quietud y la inercia, cualquier acción es mejor que no hacer nada, aunque nos equivoquemos, porque el error en sí mismo es un aprendizaje y, al darnos cuenta, deja de ser un error. Nada es inútil por el hecho de no haber logrado lo que habíamos previsto; es más, hasta es posible que la inutilidad pueda estar en la interpretación de lo logrado.

En ocasiones hemos de tener el atrevimiento suficiente para meternos en el terreno de lo desconocido y arriesgado: se llama simplemente tener coraje. Si estamos en pleno éxito, sin arriesgar mucho, consideremos aquello enunciado por el empresario norteamericano John Davison Rockefeller (1839-1937): “No temas renunciar a lo bueno para ir por lo grande”. Es más, podríamos plantearnos el reto de que sí estamos obligados a tener éxito, tanto como por nuestra capacidad podamos aspirar. Es trágico ser una de esas personas que no conocen el fracaso porque nunca se han atrevido a nada. Es verdad que ni sufren ni gozan, pero envejecen igual y se mueren después de haber pasado la vida como vegetales. ¡Triste forma de vida!

No es lo mismo escuchar una canción que cantarla. No es lo mismo bailar que ver bailar. No es lo mismo escuchar una poesía que versificarla... No es lo mismo construir tu propia vida, cada día, que sobrevivir. Es evidente que hay que ser prudente, pero no tanto que no nos atrevamos a dar los pasos siguientes, a pesar del riesgo de cometer nuevos errores. Ante planteamientos así con cierta frecuencia nos dicen que tenemos demasiada imaginación, mas no debemos olvidar que aquello que ayer fue imaginación hoy puede ser realidad. Nada es realidad hasta que se intenta y se lleva a término.

La toma de decisiones puede implicar saber decir que no. Una manera de expresarlo son las palabras del que fue célebre actor norteamericano Robin Williams (1951-2014): “Lo siento, estaría de acuerdo contigo si lo que mantienes fuese correcto”. O, si queréis rechazarlo de forma más irónica, podéis utilizar la frase atribuida al que fue presidente de EE.UUU., Abraham Lincoln (1809-1865): “Si esto es café por favor tráigame un té; pero si esto es té, por favor tráigame un café”.

Discusión y final

Un consejo final para el lector. Si alguna de estas reflexiones le lleva a entablar una discusión, recuerde que esa discusión puede enriquecerle tanto como conducirle a ningún lado, si tiene la mala suerte de entablarla con un necio ignorante. Si tal le sucede, lo mejor es dejarlo porque si quiere convencerlo tendría que recurrir a idioteces de signo contrario y, en lugar de un tonto, serían dos.

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