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Joaquín Rábago.

360 grados

Joaquín Rábago

Los israelíes solo piensan en sí mismos

Ocurre cada vez más que los israelíes no piensan en el conjunto del país, sino solo en sí mismos y votan, por ejemplo, a un político acusado formalmente de corrupción como Benjamin Netanyahu según si sus negocios están o no abiertos.

Puede ocurrir hoy que unos amigos pasen toda la tarde juntos sin hablar, por ejemplo, de los palestinos, y eso se ha intensificado con la pandemia, afirma el historiador israelí Tom Segev (1).

Económicamente no les había ido nunca tan bien a los israelíes como con el actual primer ministro, que ha hecho creer a sus compatriotas que el problema palestino está bajo control cuando continúa “el atropello sistemático” de los derechos humanos de ese pueblo, agrega.

Israel es un país democrático que, con la ocupación de las tierras palestinas, reprime a millones de seres humanos” y cualquier joven de 18 años que ha acabado la escuela y presta su servicio militar “forma parte de ese aparato represor”, critica Segev.

Para el historiador y periodista, “hay una diferencia entre lo que dice Netanyahu y lo que hace. Introduce leyes antiárabes, antidemocráticas y nacionalistas que tienen sobre todo importancia simbólica”, explica Segev, que no quiere dar la impresión de estar defendiendo al primer ministro, al que nunca ha votado.

El problema, según él, es que a pesar de que todas las semanas, desde hace meses, miles de personas se manifiestan ante su casa en Jerusalén para exigir que aquél dimita por corrupción, no parece haber alternativa: la mayoría de los partidos de oposición son de derechas y “están a favor de la opresión de los palestinos”.

“Nadie es, por ejemplo, partidario de poner a disposición de los palestinos las vacunas (contra el COVID) aunque aunque Israel tiene vacunas suficientes y las regala a otros países, hasta a Honduras”.

Los partidos de izquierda no representan, según él, una alternativa real, no cuentan con ninguna personalidad destacable y se limitan a repetir desde siempre los mismos eslóganes.

“Al mismo tiempo exigen un compromiso ideológico muy superior al que están dispuestos la mayoría de los israelíes, que ya no se interesan por la política”, explica.

Segev no cree fácil de llevar a la práctica la combinación entre democracia y judaísmo cuando el judío de cualquier parte del mundo tiene derecho a recibir automáticamente la nacionalidad israelí mientras que los árabes de Israel no pueden traerse a sus allegados que viven en los campos de refugiados o en Jordania.

Además, muchos judíos ortodoxos, explica, se sienten menos vinculados a las leyes democráticas que a la religión, y así una ciudad próxima a Jerusalén ordenó hace unos años que hombres y mujeres anduviesen por distintas aceras.

Muchos ortodoxos exigen la separación en los autobuses de las personas de uno y otro sexo, algo que, sin embargo, ha prohibido el Tribunal Supremo del país.

Y ocurre también con frecuencia en los vuelos de la compañía israelí El-Al que los varones ortodoxos piden que no los sienten al lado de ninguna mujer.

“Son todos retos para una democracia”, reconoce Segev, según el cual puede afirmarse que Israel es “un país difícil de gobernar”.

“El ciudadano de cualquier país democrático tiene la obligación de preocuparse de la política y cuidar la democracia exactamente igual que cuida su automóvil o su cuerpo”, sentencia.

(1) En declaraciones al semanario alemán “Die Zeit

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