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Juan José Millás.

El trasluz

Juan José Millás

Sin embargo

He encontrado entre mis papeles un diario antiguo que he roto y tirado a la basura porque estaba lleno de síntomas. Era un diario insomne, febril, cuya lectura me indispuso. Hay textos de esta naturaleza, textos pálidos, sudorosos, sombríos, textos angustiados. Recordé con pánico la versión de mí mismo que lo había perpetrado. Todos los años transcurridos, con el tiempo, se ponen oscuros como el papel fotográfico expuesto a la luz. Pero los de aquella época eran de una oscuridad amenazante. Me vi en sus frases como en un espejo hostil. De modo que rompí el espejo, destruí el diario y deposité sus pedazos en el cubo de la basura orgánica, pues aquella sintaxis tenía su hígado y sus riñones y su páncreas y unas lumbares que no dejaban de doler. De no haberlo encontrado a tiempo, se habría descompuesto como un cadáver. Habrían acudido a él las moscas para depositar sus huevos, de los que saldrían unas larvas blancas que engordarían devorando sustantivos, adjetivos y adverbios. Casi podía ver las moscas negras y voraces que surgirían de aquellas larvas tan bien alimentadas.

Empecé a escribirlo tras la muerte de mi madre y hablaba en él de cómo yo me había convertido en ella para negar su pérdida. Describía minuciosamente el modo en que la enfermedad recorría por entonces mi cuerpo igual que había recorrido el de ella antes de que falleciera. La bronquitis crónica, las malas digestiones, las neuralgias: todos los males que había padecido mi madre se cebaban en mí y yo los enumeraba para librarme de ellos, y en cierto modo lo lograba al transferirlos al papel. De ahí que el diario estuviese tan enfermo. Su prosa reunía todas las patologías que quepa imaginar. Imposible leerlo sin que te contagiara alguna.

Ahora, roto en mil pedazos, se descompone junto a las mondas de las naranjas y de las patatas y junto a unos espaguetis con moho que descubrí en el fondo de la nevera. Esta noche sacaré el cubo que mañana, a primera hora, recogerá el camión de la basura para llevárselo al vertedero y aquí paz y después gloria.

Y, sin embargo, a ratos pienso que no debería haberme desprendido de él.

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