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Joaquín Rábago.

360 grados

Joaquín Rábago

Silencio es complicidad

Resulta incomprensible para cualquier demócrata el empecinamiento del vicepresidente del Gobierno en no condenar expresamente la violencia de algunos en las manifestaciones a favor de la liberación de un rapero al que quisiéramos olvidar cuanto antes.

Los provocativos ataques a pedradas a las fuerzas del orden, la rotura de escaparates, los saqueos de algunos comercios o la destrucción del mobiliario urbano no pueden calificarse de otra cosa que de puro y gratuito vandalismo.

¿A qué espera el líder de Unidas Podemos para distanciarse de esos vándalos que han tomado la ciertamente discutible encarcelación del rapero para soltar la furia que llevan dentro sin que parezca importarles las consecuencias de sus actos?

¿Por qué tardó, por otro lado, tanto el propio presidente del Gobierno en condenar esa violencia callejera? Da a veces la impresión de que al líder socialista le cuesta tomar decisiones, es decir, gobernar.

¿Han perdido ambos el sentido de la realidad hasta el punto de creer que ese silencio y esa tardanza no van a pasarles factura en las próximas elecciones?

Parece lógico que a esos jóvenes antisistema les importen un bledo las consecuencias políticas de sus acciones. Consecuencias como puede ser el fortalecimiento de la ultraderecha, que no dejará de magnificar y explotar esos hechos con ayuda de sus corifeos mediáticos.

¿Piensan acaso tanto Pedro Sánchez como Pablo Iglesias que dar alas a Vox y dañar de esa forma tanto al Partido Popular y Ciudadanos va a serles rentable políticamente? ¿No les importan las consecuencias de tal polarización para la estabilidad del país?

Se está extendiendo en la calle la peligrosa impresión de que el Gobierno, más que gobernar, se dedica a airear las diferencias ideológicas entre los dos partidos que lo integran.

"Se está extendiendo en la calle la peligrosa impresión de que el Gobierno, más que gobernar, se dedica a airear las diferencias ideológicas entre los dos partidos que lo integran"

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Deberían bajarse una vez de sus coches oficiales, salir de sus despachos y escuchar lo que comenta la gente de a pie, incluso quienes han votado siempre a la izquierda, que comienza a estar harta de tanta cacofonía.

Se engañarían los dirigentes de Unidas Podemos si creyesen que su resistencia a condenar el vandalismo de unos cuantos va a resultarles rentable políticamente porque esos jóvenes no van a votar nunca, si es que votan, a partidos que están en el Gobierno.

Es cierto que los vándalos son solo una minoría que no quiere saber nada de la política y que utiliza la encarcelación del rapero solo como un pretexto para desahogarse.

Y no es que no haya razones suficientes para que los jóvenes protesten ruidosamente en las calles. Se trata de una generación que ha conocido solo crisis.

Una generación sin futuro a menos que se produzca un cambio profundo en un sistema económico que solo genera de forma creciente desigualdad y paro.

Decían algunas de las pancartas que llevaban quienes se manifestaron en Barcelona que sin violencia no se les escuchará nunca. La política está ahí para desmentirlo.

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