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Trump y los supremacistas pobres

Un modelo que antepone la fuerza de la tribu al poder del Derecho

El pasado 6 de enero, cuando el Congreso norteamericano se disponía a designar formalmente a Joseph Biden como candidato vencedor en las elecciones presidenciales –era, tras los votos proclamados por el colegio electoral, el último trámite antes de su toma de posesión–, una turba de exaltados seguidores de Donald Trump tomó por asalto el edificio para impedir a las dos Cámaras reunidas conjuntamente proceder a tal designación. Poco antes, delante de la Casa Blanca, Trump les había animado a dirigirse en manifestación de protesta a Capitol Hill, sosteniendo, por enésima vez, que le habían robado las elecciones. Los legisladores se refugiaron donde pudieron y la intentona, a duras penas reprimida por la policía después de varias horas, arrojó un saldo de cinco muertos y centenares de heridos.

Días después, y tras el juramento presidencial de Biden, la Cámara de Representantes formuló una acción de “impeachment” contra Trump (ya fuera de su cargo, obviamente), acusación que deberá resolver el Senado en fechas próximas. No es mi intención tratar ahora este tema según el Derecho Constitucional americano, sino referirme al modo de pensar políticamente de Donald Trump y de los compatriotas que le llevaron al poder en 2016 y, en grandísimo número (bastantes más de 72 millones), se empeñaron en mantenerle en él contra viento y marea en los comicios de 2020, y aún después de fracasar todos los recursos judiciales dirigidos al reconocimiento del pretendido fraude electoral.

Donald Trump, rico promotor inmobiliario, es, según resulta notorio, un narcisista patológico y un consumado demagogo, entrenado, durante años y años, en los “reality shows” televisivos. Cuando vocifera agresivamente el eslogan “America First”, sin embargo, no obra con simple cinismo para ocultar que es él, y no su país, quien debe gozar de absoluta prioridad. No es así de sencillo. Sus fans llevan en las gorras las siglas MAGA (“Make America Great Again”), y sienten que esa America son ellos. Lo explica muy bien Corey Robin en su libro “La mente reaccionaria. El conservadurismo desde Edmund Burke hasta Donald Trump” (Ed. Capitán Swing, 2019). De Thomas Hobbes a los neoconservadores, pasando por los esclavistas, escribe, la derecha se ha vuelto cada vez más consciente de que cualquier defensa exitosa del “statu quo” debe incorporar a las clases bajas como algo más que meros lacayos o seguidores deslumbrados. Las masas han de implicarse simbólicamente en la clase dominante o tener la oportunidad de convertirse en “falsos aristócratas” en la familia, en la fábrica o en el campo, o bien mandar sobre “seres inferiores” a través del ejercicio del gobierno imperial, es decir, hoy día mediante el supremacismo racial. Tal es, concluye Robin, la tarea del populismo de derechas: apelar a la masa sin perturbar el poder de las élites.

Estas observaciones son aquí muy pertinentes. Todo en Trump es ostentoso, también su racismo: contra los negros, los indios, los hispanos, los musulmanes, los inmigrantes… Para unos la segregación, para otros el muro. Convertidos en el ideal negativo de los genuinos valores nacionales, esos sectores de la población justifican el indispensable complejo de superioridad de los blancos pobres, para quienes el sueño americano consiste justamente en eso: en ser blanco, anglosajón y protestante. Además, la ostentación de Trump (riqueza, inmuebles fabulosos, “top-models”, machismo e incluso misoginia), lejos de generar resentimiento social, es interiorizada admirativamente por esa masa apasionadamente fiel que le sigue: aquellos que viven, a través del líder, una vida vicaria, tal y como, desde la infancia, les ha enseñado a vivir la televisión.

Esa masa, como diría Pierre Rosanvallon (“El siglo del populismo”, Ed. Galaxia Gutenberg, 2020), es una comunidad de repulsión y de ira, poseída de una “moral del asco” incompatible con cualquier argumentación. Con sus mentiras, Trump ha producido, según el politólogo francés, una auténtica “corrupción cognitiva” del debate democrático, en la medida en que desaparece una descripción de los hechos socialmente compartida. Se acentúa, así, una preocupante tendencia de las sociedades contemporáneas a disolver la distinción entre hechos y opiniones, bajo la bandera de una politización general y extrema.

Ahora bien, se dirá, ¿no hay algo de monstruosamente patológico en la insistencia contrafáctica de Trump en el supuesto fraude electoral y en su convicción de haber ganado la reelección presidencial? ¿De verdad pensaba que los tribunales y el Congreso le concederían lo que no le habían otorgado los sufragios? Para un populista la Constitución no radica en los números que arroja el proceso electoral, sino en el triunfo de lo que Rosanvallon denomina “rituales de unanimidad”. En suma, la fuerza de la tribu frente al poder del Derecho. Si recordamos los sucesos del 23-F de nada nos hemos de extrañar los españoles. Pero, ¿en USA, con su Constitución pluricentenaria, también suceden estas cosas? Otra frase célebre: todo lo sólido se desvanece en el aire.

*Profesor emérito de Derecho Constitucional

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