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Julio Picatoste

Justicia y verdad

Quevedo debió conocer bien la burocracia palaciega y la de la Administración de Justicia; la primera, porque su padre, don Pedro Gómez de Quevedo, era escribano de cámara del príncipe Carlos; y la segunda, porque en más de una ocasión se vio enredado en pleitos. Ya en sus años de universidad fue demandado y condenado al pago de los honorarios debidos a un médico. Y, años después, viviría un enojoso y largo pleito en el que reclamaba rentas atrasadas a unos labriegos de la villa manchega de Torre de Juan Abad. Así que ocasión tuvo de ver de cerca la realidad de la justicia de su tiempo: abogados, alguaciles, corchetes, escribanos, jueces. Contra esa fauna curial lanzó dardos envenenados de sarcasmo y crítica mordaz.

Del gran maestro de la pluma que fue Quevedo suelo recordar y relatar con frecuencia el sueño del Alguacil endemoniado siempre que necesito o quiero referirme a la ausencia de Justicia y Verdad entre los hombres, o lo que es lo mismo, para explicar por qué en el mundo campan por sus respetos la injusticia y la mentira. Les resumo el relato de don Francisco: la Verdad y la Justicia decidieron venir a la tierra para habitar entre los hombres. La primera, por desnuda, no encontró acomodo; tampoco la segunda, por rigurosa. Después de andar de un sitio para otro, la Verdad asentó al final con un mudo (fina ironía quevedesca porque un mudo está impedido de decir verdades). Y la Justicia, por su parte, no solo comprobaba que no le hacían caso, sino que, en el colmo del escarnio, “le usurpaban su nombre para honrar tiranías.” Nadie quiso recibirla en su casa, por lo que “subióse al cielo y apenas dejó acá pisadas”.

He ahí la razón por la que en la tierra ni hay justicia ni hay verdad. Triste final para la fábula, pero cualquiera que mire a su alrededor podrá advertir que ello es así, por más que algunos –¡malditos!– digan actuar en nombre de la una y en defensa de la otra. Pero es que, además, más allá de nuestro entorno cercano, vemos estados de clamorosa e insoportable injusticia; basta con reparar en el nivel de sufrimiento de millones de personas que viven privadas de bienes y derechos elementales, en la miseria más absoluta, sin acceso a la salud, al agua potable, a la educación…

Resulta así que la Declaración de Derechos Humanos, ese repertorio de principios políticos y jurídicos inderogables impregnados de valores éticos fundamentales como la libertad, la igualdad y la fraternidad, no deja de tener un cierto componente utópico, pero, como corresponde a toda utopía, nos marca el camino, apunta a un horizonte, y de lo que se trata, entonces, es de caminar en esa dirección para sembrar de logros el camino.

Con frecuencia se asocian justicia y verdad, como si fuesen haces diversos de una misma luminaria. Decía Víctor Hugo que justicia es la intuición sagrada de lo verdadero. Y según la Mishná (recopilación escrita de tradiciones judías), la justicia, la verdad y la paz rigen el mundo, pero lo realmente seductor es que diga también que justicia y verdad aunadas llevan a la paz. La justicia debe asentarse sobre la verdad y esta servir a la primera.

Me atrevería a decir que los habitantes de la fábula de Quevedo deben andar hoy arrepentidos de haber provocado la huida de la Justicia. Es evidente que una vez aquella nos abandonó, se ha abierto una oquedad en el corazón de los hombres y allí se ha instalado un intenso y ardiente deseo de justicia y una vehemente necesidad de que toda injusticia sea reparada.

Es curioso –y terrible– que, siendo la justicia un vigoroso anhelo consustancial a la condición humana, no es, sin embargo, una emanación espontánea de la sociedad, no corresponde en modo alguno al orden natural de las cosas. Conscientes de que no es posible en esta vida, los creyentes esperan encontrarla en otra, y a ella han de posponer su plena satisfacción. La esperanza en un triunfo final de la justicia en otra vida forma parte del sedimento que ha dejado una educación regada con aguas de religiosidad cristiana. Platón había dicho: o no se siente nada después de la muerte, o si se siente, tiene que haber allí justicia. Y es que es tanta la sed de ella, que en el corazón del hombre termina por germinar el sueño esperanzado de ser saciado en algún lugar.

Los no creyentes, a falta de otra vida, han de afanarse en una búsqueda interminable en esta. Tarea ardua porque la injusticia es una suerte de pandemia secular de la humanidad, y aquellos que podrían remediarla harán que se perpetúe mientras de ella obtengan beneficio.

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