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Francisco García.

Ministro a tiempo parcial

En vísperas de lo que los expertos avecinan como la inminente llegada de una nueva ola de contagios, a España no le conviene un ministro de Sanidad a medio gas o a tiempo parcial, un titular de la cartera más relevante en estos momentos críticos obligado a compaginar sus labores en el ámbito sanitario con la campaña electoral de Cataluña, donde figura como cabeza de lista de la cartelera del PSOE. No solo resulta inconveniente ese desdoblamiento: se antoja una soberana desfachatez.

Que en el rigor de la pandemia haya ni siquiera asomos de que el ministro del ramo desatienda sus obligaciones por ocuparse de los intereses electorales territoriales de su partido no se le ocurre ni al que asó la manteca. Salvo que el dueño de la parrilla pretenda embadurnar de ambrosía a Salvador Illa para que llegue bendito al feudo catalán, con el mensaje de que fue el ministro que trajo a España la ansiada vacuna, del rojo al verde esperanza. O sea, que cometido cumplido y a otro negociado.

Illa debería apartarse ya de la representación institucional y, en cualquier caso, dimitir, pues aunque los comicios se celebren en febrero, cuando un candidato es designado automáticamente cuelga en el perchero la corbata y se pone la americana de precampaña. No parece legítimo que el elegido se sirva del cargo ministerial en beneficio de los fines políticos del PSOE en Cataluña, donde se anuncia una campaña política encarnizada.

La jugada maestra de utilizar el trampolín de las vacunas para anunciar el desembarco de Illa en Cataluña puede salirle rana a Sánchez si el ritmo de vacunación no se acelera y los contagios avanzan. El ministro, mientras lo sea, tiene que tener la cabeza en Madrid, no en Barcelona.

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