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Ceferino de Blas.

Las pegas de O Vao

Si es usted una de las personas que frecuenta O Vao habrá visto a las pegas. Más que nunca.

Dicen los expertos que su incremento se debe a los efectos del confinamiento por el coronavirus, que ha desalojado a los humanos de su hábitat y lo ha devuelto a la fauna. Con su perfil negro, las plumas blancas y su larga cola semicolora son unos pájaros dignos de admirar. Unas figuras inconfundibles.

En el entorno de las playas de Samil y O Vao, en los prados y arboledas contiguas, siempre ha habido pegas. Se las veía por parejas, saltando de un sitio a otro, picoteando en la yerba, pero nunca se había acumulado tal número.

De pronto, un día, a mediados de otoño, una tarde tranquila, aparecen en las praderas del Vao, entre el campo del Coruxo y la playa, docena y media, dos docenas, quizá más, y no en grupo como las gaviotas o los gorriones, sino por parejas. Correteando, volando en corto.

Es una bendición que aumente la fauna, lo que demuestra que la calidad de vida en Vigo es tan alta que no se precisa de observatorios para avistar aves. Las pegas se exhiban tranquilamente, a pocos pasos de los caminantes.

Como urracas actúan y mantienen el instinto de apropiarse de objetos brillantes, que esconden en sus nidos, siempre en las alturas de los árboles. Pero como pegas saltan por los prados y dunas.

Cuando se habla de O Vao es imprescindible referirse a Antonio Nieto Figueroa “Leri”, que de seguir vivo hace una semana habría cumplido un año más, rumbo a la centena. Sin duda estaría encantado de ver a las pegas picoteando por sus prados.

Fue el fautor de su preservación y recuperación, hasta convertirlo en un lugar con encanto, desde los arenales hasta los espacios verdes.

Las dunas que rodean la playa preservan un paisaje de otra época, que hace del Vao uno de los entornos más gratos de la ría, desde la playa de Las Barcas hasta la de Canido. Un paisaje que en otoño e invierno, fuera de las temporadas de aglomeraciones, supone una invitación a recorrerlo despacio, fijándose en los detalles.

Tenía razón “Leri” cuando se volcó en los campeonatos de playa y en la labor de hacer del entorno de los arenales un territorio para paseantes y deportistas –vuelan las velas y se deslizan los nautas por la ría– que impidió la construcción de edificios. Porque O Vao, como ocurrió con Toralla, estuvo amenazado por las urbanizaciones.

Allá en los sesenta se montó una trifulca entre el alcalde Portanet y una sociedad inmobiliaria que pretendía levantar un complejo en la zona, felizmente frustrado.

De lo que no se liberó fue de los dos grandes monstruos, el del montículo entre Samil y Coruxo, enorme mazacote, y la torre de Toralla, un mastodonte, edificios que nublan la visión, pero son otra historia que no tiene sentido remover. Sólo lamentar. Si no se eleva demasiado la vista, y se recrea en el entorno, la conclusión es que O Vao es una delicia, y si quien lo pasea tiene la suerte de coincidir con las pegas se henchirá de gozo. Merece la pena contemplarlas, verlas moverse, caminar de ese modo tan peculiar, saltando. Una pareja, dos, tres, hasta las dos docenas, que ponen pintas negras y rayas blancas en los campos.

Los expertos dicen que son de los animales más inteligentes que existen, que tienen más que instinto, y no es extraño que hayan elegido para morar el entorno de O Vao, donde los romanos buscaron cobijo en la antesala de Toralla, y donde exulta la finca de Mirambell con las Cíes en lontananza. Uno de los parajes más encantadores de los muchos que existen a la vera de la ría de Vigo. ¡Ah, las pegas, qué bonitas son! Quizá de lo poco bueno de este horrible y avieso año que termina haya sido la recuperación de la fauna, y de las pegas. Aunque parece que se han mudado con el frío del invierno. Pero volverán.

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