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Javier Junceda

Mentiras arriesgadas

"¿Por qué nadie vio venir esta grave crisis?", preguntó la reina de Inglaterra en la London School of Economics, tras asistir a una sesuda conferencia sobre el asunto. La ausencia de respuesta a ese agudo interrogante regio coincide con otros vaticinios que la historia se ha encargado de desmentir. El colapso bursátil de 1929 tampoco fue advertido a tiempo, y hasta Keynes lo había descartado pocos meses antes. Como sucedió con el Titanic, considerado insumergible por su armador, los hechos han venido confirmando que no siempre los presagios consiguen acertar, aunque existan excepciones.

Con las magnas proclamas de naturaleza política ocurre algo peor. Las hemerotecas están repletas de propósitos sepultados por toneladas de silencio, años después de formularse. En la Unión Europea, por ejemplo, llevamos décadas asistiendo a la sucesión de planes, libros blancos o estrategias para su mayor vertebración, incluso fijando fechas improrrogables para la creación de unos verdaderos Estados Unidos de Europa, que nunca acaban de cristalizar. Timothy Garton, Premio Carlomagno de 2017, lo ha resumido de manera impecable: "Los ciudadanos europeos ven el inmenso abismo que separa la retórica de la realidad y es comprensible que estén insatisfechos". No hay que ser ningún lince para constatar que esta frustración colectiva alimenta el euroescepticismo que se extiende por el continente.

Pero también a escala local padecemos esta locuacidad a la que le resbala ponerse por obra. Recuérdese aquella reforma del calendario laboral para acabar con los puentes o acueductos vacacionales, de la que no se ha vuelto a hablar. Por no mencionar los innumerables proyectos pregonados a bombo y platillo, que por mil circunstancias perfectamente predecibles se malogran. Vivimos un constante bombardeo de intenciones con fracaso pronosticado de antemano, haciendo caso omiso a la sabia recomendación de apoyar al político que menos prometa y que por eso menos decepcione, como sugería Bernard Baruch, el acaudalado consejero presidencial de Roosevelt.

Toda democracia madura tiene que saber encontrar el antídoto frente a esa charlatanería barata, que tanto daño le hace. Antes de ponerse sobre el tapete, han de someterse los objetivos al debido análisis y solo tras ello ser sugeridos, alertando de los posibles riesgos que puedan desbaratarlos. Esa prudencia que cualquiera intenta ensayar en su casa es la que corresponde, y no las ocurrencias a las que se nos tiene acostumbrados, incluso escenificadas con gran aparato verbal para dar falsa impresión de seriedad.

Como es natural, existen voluntades políticas que nunca logran alcanzarse por distintos motivos, a pesar de seguir ese sensato proceder. Pero lo que resulta sencillamente impresentable es plantear aspiraciones que a priori se sabe que resultan inviables, porque el profundo desencanto social que provocan minan al propio sistema, convertido en un mero teatrillo en el que se representan vanas funciones que nada tienen que ver con los intereses reales de los ciudadanos.

Que no se prevean los acontecimientos que comprometan nuestro futuro, aunque sea elocuente, puede llegar a disculparse. Lo que no tiene perdón es enredar al personal con fantasías irrealizables, por más pompa con que se envuelvan. Y no digamos cuando se sugieren con la infame intención de embaucar, como tan a menudo sucede en el pintoresco panorama actual, en el que la apariencia desplaza a la esencia.

Solo las naciones que saben sacudirse estos camelos prosperan. Las que no lo consiguen certifican su declive, que se prolongará mientras no se percaten de que son los hechos, y nunca las milongas, los únicos que permiten avanzar. Una simple ojeada al contexto internacional nos lo confirma a diario.

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