21 de abril de 2019
21.04.2019

De la modestia de Zweig a la megalomanía de Sánchez

21.04.2019 | 03:41

No creo que sea necesario recordar que el escritor austríaco Stefan Zweig fue uno de los grandes intelectuales europeos de la primera mitad del siglo XX. Escribió novelas, relatos cortos, ensayos, biografías y hasta su autobiografía, que se publicó después de su muerte con el título "El Mundo de ayer. Memorias de un europeo".

A pesar de su impresionante figura y de la apasionante historia de su vida, en el Prefacio de su autobiografía escribe: "Jamás me he dado tanta importancia como para sentir la tentación de contar a otros la historia de mi vida". Pero añade: "Han tenido que pasar muchas cosas -acontecimientos, catástrofes y pruebas- para que yo encontrara valor suficiente como para concebir un libro que tenga a mi propio yo como protagonista o, mejor dicho, como centro".

A lo largo del Prefacio va justificando su decisión de escribir su autobiografía con pensamientos tan hermosamente escritos como los siguientes. Dice que es la época en la que le tocó vivir la que pone las imágenes y que él se limita a poner las palabras. Agrega que las condiciones sine qua non de toda descripción fehaciente de una época son la sinceridad y la imparcialidad. Y afirma "a veces me da la impresión de no haber vivido una sola sino varias existencias, y, todas ellas, del todo diferentes".

Pero de todas sus aseveraciones la que más me impresionó, tal vez porque todavía hoy estamos viendo sus efectos en España es la siguiente: "Por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea".

Sentado lo que antecede, y siguiendo con mi reflexión, estoy convencido de que tampoco tengo que recordarles que, en febrero de este año, Pedro Sánchez también publicó como propio un libro titulado "Manuel de Resistencia", escrito por Irene Lozano, y que él mismo califica como "sus memorias".

Pues bien, la simple lectura del Prólogo del "Manual de Resistencia" permite advertir la enorme diferencia que existe entre Stefan Zweig y Pedro Sánchez, el primero tiene la modestia del sabio, mientras que el segundo la soberbia de un megalómano.

En efecto, frente a quien es un verdadero intelectual, que vive dos guerras mundiales, y, a pesar de todo ello, dice que no se siente tan importante como para convertirse en el centro de la historia de su propia vida, nuestro Sánchez, un sujeto de los del montón, cuenta en el Prólogo de su obra, que aunque no es frecuente entre los mandatarios europeos publicar sus memorias al acceder al cargo de primer ministro, él nos ofrece las suyas que concluyen cuando fue elegido presidente del Gobierno.

Es decir, el narrador del "Manuel de Resistencia" tiene el descaro, no solo de no tener la más mínima duda que ha vivido una vida tan rica que debe hacernos partícipes de ella, sino que destaca justamente lo que convierte el hecho mismo de la publicación de sus "memorias" en un acto de la máxima impudicia. En efecto, el mismo reconoce que no es frecuente que los mandatarios europeos publiquen sus memorias al acceder al cargo de primer ministro. Y, en lugar de pararse a pensar sobre la razón de tan habitual proceder, lo que seguramente le habría permitido caer en la cuenta de que era improcedente tal acto de soberbia, Sánchez nos dice que él si que va a hacerlo. Pero para mayor escarnio nos advierte que no nos va a contar cómo llegó a presidente del Gobierno, lo cual podría tener interés si fuera sincero, sino que sus memorias concluyen justo cuando fue elegido.

Todo lo cual significa que está convencido de que vivió una vida tan interesante mientras era profesor ayudante de universidad y político elegido y cesado como secretario general de un partido político, que se ve en la urgente necesidad de "compartir" con todos los españoles tan instructiva y apasionante vida "ejemplar".

Pero por si lo que se acaba de decir no es suficiente, lo que resulta más asombroso es comprobar la razón que lo ha movido a "obsequiarnos" con su autobiografía. No fue, como en el caso de Stefan Zweig, haber vivido varias existencias, y todas ellas del todo diferentes, cabalgando entre la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y el nacionalismo. No. Pedro Sánchez escribe sus memorias porque su peripecia vital y política le permitió identificarse "con los millones de españoles que durante la crisis cayeron y se volvieron a levantar".

¿Pretende el señor Sánchez que nos creamos que su vida mientras fue secretario general del PSOE hasta que le obligaron a dimitir, se parece en algo a la de los españoles que perdieron su trabajo, fueron desahuciados de sus viviendas, y entraron en el umbral de la pobreza? Tengo para mí que no por las siguientes razones.

La primera, porque mientras Sánchez era líder de la oposición nunca reconoció que hubiera millones de españoles que se "levantaron" y salieron de la crisis. Para él de todos los que cayeron ninguno se levantó porque el gobierno de turno no nos sacó de la crisis. La segunda, porque ni la vida de secretario general del PSOE ni la que vivió Sánchez tras su cese son comparables con las de los muchos españoles que durante ese tiempo apenas estaban empezando a salir del tenebroso mundo de la pobreza. Y la tercera, porque lo que realmente movió a Pedro Sánchez a resistir en su asalto al poder fue su inagotable ambición por alcanzar la secretaría general de su partido para seguir gozando de las prebendas del poder y si se daba el caso, como así sucedió, alcanzar el sueño dorado de llegar a La Moncloa.

Así que, ¡menos lobos!, ¡más humildad!, y ¡menos auto propaganda!, porque la soberbia, como dijo el libertador José de San Martin, " es una discapacidad que suele afectar a pobres infelices mortales, que se encuentran de golpe con una miserable cuota de poder".

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook