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José Manuel Ponte

inventario de perplejidades

José Manuel Ponte

Alfonso Guerra en el teatro

Escogió bien el periodista Jordi Évole el escenario de la entrevista a Alfonso Guerra, el patio de butacas de un teatro. El que fuera poderoso vicepresidente del Gobierno con Felipe González siempre dijo que su verdadera vocación no fue la política sino la representación de obras dramáticas y no faltará quien diga que utilizó esas cualidades artísticas para desfigurar a conciencia a sus oponentes y hacerlos asumir papeles que los ridiculizaban. Sabedor de eso, Évole le preguntó si todas las maldades que se le atribuían eran de cosecha propia o por el contrario eran invenciones.

Guerra estuvo conforme con la mayoría de las que le recitó el periodista catalán, empezando por aquella tan famosa de que al cabo de 20 años de gobernanza socialista "a España no iba a conocerla ni la madre que la parió". Pero en ese recitado yo eché en falta algunas de las que, al menos a mí, me parecieron más graciosas e incisivas. Como cuando describió a Soledad Becerril, una aristócrata sevillana a la sazón ministra de Cultura, como "Carlos II el Hechizado vestido por Mariquita Pérez".

La señora Becerril tenía efectivamente un mentón poderoso y una peculiar forma de vestir, pero compararla con el último de los reyes de la Casa de Austria y con la famosa muñeca fue una maldad solo tolerable porque estamos hablando de política donde todos, o casi todos, los excesos están permitidos.

Y no menos enjundiosos fueron sus comentarios sobre el presidente Adolfo Suárez, a quien comparó con un "tahúr del Mississippi" insinuando que hacía trampas en el juego político del periodo histórico que hemos dado en llamar "transición", de la dictadura a la democracia.

O aquel otro, tan injusto, sobre quién entraría en el Congreso "montado en el caballo" de Pavía. O este más reciente con el que saludó el inesperado ascenso de Rodríguez Zapatero, primero a la Secretaría general del PSOE y luego a la presidencia del Gobierno. A Guerra aquel zanquilargo diputado por la provincia de León le recordaba a Bambi, el ingenuo cervatillo de la película de Walt Disney. Pensó Guerra, en un principio, que el cervatillo (que además no contaba con el apoyo de los pesos pesados del partido) sería devorado por los lobos. En esa apreciación se equivocó y luego hubo de rectificar diciendo que el "Bambi" había resultado ser de "acero".

Por lo demás, la entrevista entretuvo y Guerra acreditó tablas y dominio de la escena, que es lo que se le exige a los actores. Y el momento de máximo interés quizás fue cuando Évole le interrogó sobre el contenido de la carta que le envió Felipe González el 1 de enero de 1991 haciéndole ver sus insalvables discrepancias políticas. Una carta que dio paso a su dimisión. Siempre se dijo que Alfonso Guerra era el número dos en los gobiernos de Felipe González y su hombre de confianza, pero el que esto escribe cree que esa función le correspondió principalmente a Javier Solana.

Para concluir, negó que a él le ofreciesen nunca una de esas "puertas giratorias" por las que se pasa rápidamente de la política a la prosperidad. Dijo que él solo era un pensionista.

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