10 de abril de 2018
10.04.2018

Desmovilización en la comunidad estudiantil

10.04.2018 | 02:23
Desmovilización en la comunidad estudiantil

La Xunta lo acaba de soltar. Entre 2003 y 2013 los campus gallegos perdieron el 30% de sus alumnos y "en 2020 podríamos llegar a tener la mitad de los universitarios que teníamos en 2001". Un ejército formidable, la joven comunidad estudiantil en la que cabría confiar para sostener Galicia, se bate en retirada apresurada. La Xunta insta a las universidades a reaccionar. En todo caso, quienes no pueden capitular son las propias ciudades que las acogen.

Vigo y San Francisco tienen curiosas analogías (más allá de sus bahías, topografía ondulada y cada Golden Gate particular), ambas vivieron una atracción irresistible, la llamada del oro del trabajo. Y así, ambas ciudades conocieron un vertiginoso, rápido y relativamente reciente crecimiento urbano. Supieron innovar y hacer virtud de estar lejos una de la próspera Costa Este y lejos otro del confortable estatus Mediterráneo. Soñaron y recrearon el oeste.

Con los años y los prodigios de la obra pública, se quiebran tabúes inamovibles. La apertura del Canal de Panamá puso fin a una tiranía geográfica. Un vuelco estratégico ambiguo para San Francisco: su puerto declinó y el Pacífico se expandió. Ahora, con la llegada del AVE a Galicia se afloja otro yugo, su aislamiento histórico. También Vigo saboreará la ambigüedad: los PGE 2018 dan énfasis al esquinazo (la nada de un millón de euros para la variante de Cerdedo) justo cuando se olisquea el torrente de la tarta.

Ahora bien, las circunstancias adversas estimulan. La ciudad americana, en vez de enquistarse en la nostalgia, profundizó su condición extrema de ciudad libre, rabiosamente abierta. El azar y la necesidad espolearon su alianza con la diversidad y el futuro echó anclas en su propia bahía. La universidad pública de Berkeley, Silicon Valley y hoy en día el Cupertino de Apple, son realidades históricas e instituciones punteras hijas de su voluntad y razón práctica.

Igualmente la ciudad de Vigo tiene en estas horas que reaccionar y apostar a fondo por su mayor bien, es decir: su condición de ciudad extremadamente abierta. Relanzar su secular identidad magnética va a exigir una nueva diplomacia, atrevida, inteligente y generosa. Ensanchar lazos con el entramado territorial, empresarial e intelectual. Entender que la prolongación industrial hacia el norte de Portugal es suma y no abandono, sacar conclusiones del billete del tranvía que ya hace más de cien años servía a los municipios del área, o anticipar desde el arte contemporáneo el genio del tiempo que viene.

Y muy en especial ser conscientes y consecuentes con la aventura fundadora de 1990: la Universidad del sur. Hacer una ciudad ilustrada necesita ciudadanos formados. Tan sólo las ciudades que cultiven con mimo su comunidad estudiantil lograrán cercar la pobreza. El anhelo de no vivir permanentemente al borde del peligro tan sólo lo conseguirán aquellas ciudades con capacidad de seducción, inversión en estudio y amor a la investigación.

En su día, la Universidad de Vigo nació en el monte y el Plan General de 2008 (anulado) luchó por no dejarla allí descolgada. Planteó una potente línea estratégica de atado, hilvanando en el eje de la rúa Clara Campoamor una cadencia de grandes equipamientos metropolitanos. Pero al final los hechos socavan la idea: al cuestionar el emplazamiento del Hospital, al descafeinar el Parque Tecnológico, al desactivar la Ciudad Deportiva de Valadares y al aparcar el nuevo Plan.

En el pasado, la Universidad de Vigo también encuentra antecedentes que subrayar. La Escuela de Peritos, La Escuela de Comercio y la Escuela de Artes y Oficios, fueron la flor que anunció el fruto. Entre prisa y prisa, la realidad tecnológica y empresarial del área de influencia de Vigo y las Escuelas, mantuvieron un flujo de saberes muy constructivo. Desde la intensidad local, a plena luz, Vigo se descubrió al mundo.

Es así que la comunidad estudiantil necesita alianzas con futuro, complicidad entre seres vivos. Calor. Pero ahora, el dato frío, perder en diez años casi un tercio de los universitarios que teníamos en Galicia, supone un reproche radical al panel de prioridades seguido en estos últimos diez años.

*Arquitecto

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