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A Moureira prohibida

El Gobierno Civil aplicó en 1956 una doble vara de medir sobre la prostitución y pasó por alto en Vigo lo que persiguió en Pontevedra

Un profesional como la copa de un pino, Manolo Yáñez, presentará el próximo viernes 21 su documental "La Mimitos". El Teatro Principal lucirá sus mejores galas para acoger ese estreno mundial. A modo de NO-DO introductorio, pero nada franquista, va esta crónica sobre A Moureira prohibida.

"Velando por la dignidad de la mujer y en interés de la moral social, se declara tráfico ilícito la prostitución? Quedan prohibidas en todo el territorio nacional las mancebías y casas de tolerancia, cualesquiera que fuese su denominación y los fines aparentemente lícitos a que declaren dedicarse para encubrir su verdadero objeto?"

Así comenzaban los primero artículos de un Decreto-Ley firmado el 3 de marzo de 1956 por el mismo Franco, previa deliberación del Consejo de Ministros, para acometer "la abolición de los centros de tolerancia y otras medidas relativas a la prostitución".

Hasta aquel día, la prostitución no solo era consentida en España, sino que estaba oficializada desde 1941; eso sí bajo un doble control policial y sanitario. De modo que Franco y sus gobiernos pensaron, repensaron y sopesaron mucho tal prohibición por espacio de veinte años. Sin tiempo no fue.

Aquel decreto concedió un plazo máximo de tres meses para el cumplimiento de la norma establecida. A partir de entonces, anunció la persecución de la prostitución en todos sus frentes. Los burdeles y las damiselas de A Moureira que no tomaron en serio aquel emplazamiento pagaron muy cara su osadía.

El gobernador civil, Rafael Fernández Martínez, firmó el 16 de octubre de aquel año la clausura inapelable de los bares "La María Luisa" y "La Olinda", de la calle Xan Guillermo, e impuso una multa de 1.000 pesetas a María Temprano Vázquez, Ernestina Calderón Calderona, Olivia Rosa Diz y Dolores Rivadulla Caamaño, en todos los casos por vulnerar tal normativa.

La prensa de la época aireó aquellas sanciones gubernativas para escarnio público y provocó así la intimidación deseada en A Moureira. No hizo falta más porque nadie quiso arriesgarse, ni las dueñas de los establecimientos ni las chicas allí acogidas. Unas cerraron sus negocios y otras huyeron despavoridas. La Mimitos se refugió en A Coruña, parece que antes de poner tierra o mar de por medio.

La Comisaría de Policía no tuvo que esforzarse mucho en Pontevedra para lograr el eficaz cumplimiento de aquella instrucción. Sus archivos contenían los nombres y las direcciones de todas las prostitutas que ejercían el oficio más viejo del mundo en los locales de la calle Xan Guillermo y aledaños, del Campo do Boi a Milano de los Mares.

La Pili, Merceditas, Fifí, la Marañón Carmiña, la Andaluza, Delmi, la Florita, Maysa? El Abanico, El Español, Los Tres Oros, Las Tres Columnas, A Casa de María? Y naturalmente la Mimitos y su Casa do Patín. Aquel barrio era un matriarcado que se auto gestionaba muy bien, sin chulos ni altercados. Pero eso no sirvió de nada.

Desde A Moureira hasta la carretera de Vigo, todos los lunes cruzaban la ciudad en tropel hasta llegar al Instituto de Higiene o Jefatura de Sanidad. Allí el doctor Salón de la Hoz, reconocido especialista en enfermedades venéreas, se encargaba de velar por su aseo corporal y otros menesteres.

Don Peregrino Reboiras, párroco de Santa María, que ya iba para santo, no tuvo nada que ver con la aprobación de aquel decreto que abolió la prostitución. Su influencia no llegaba hasta el palacio del Pardo, pero si tenía mucho predicamento en el Gobierno Civil. Y parece que lo utilizó en aquella ocasión.

Al menos tres fuentes testimoniales de probada fiabilidad en A Moureira, juraron y perjuraron que aquel cura socarrón que hizo célebres "las cosas de don Peregrino" fue el principal instigador del cierre de A Moureira. No perdonó una. Puesto que la ley estaba para cumplirse y no para saltarse, instó no poco a Rafael Fernández Martínez para aplicarla hasta sus últimas consecuencias.

Particularmente un policía aún recordado en Pontevedra, cuyo nombre no escribiré por delicadeza, apellidado con el nombre de una importante ciudad gallega (acertijo fácil para PTVs), desarrolló aquella tarea con probada eficacia. Solo cumplió con su deber en un tiempo difícil, según su propio testimonio, y trató de no causar ningún daño irreparable.

Lo más sorprendente de esta historia radica en que se toleró en Vigo lo que no se permitió en Pontevedra. Dentro de la misma provincia y con la misma autoridad gubernativa, allí se hizo la vista gorda y aquí cayó todo el peso de la ley, que era mucho, sobre la prostitución de A Moureira. Pero no ocurrió lo mismo en La Herrería olívica, donde la prostitución siguió ejerciéndose para desahogo no solo de marineros foráneos.

A toro pasado, esa doble vara de medir se explica en parte por la relación de proximidad de la calle Xan Guillermo y aledaños a la iglesia de Santa María. Aquellas vecinas no resultaban especialmente molestas, pero sí eran pecaminosas, y estaban demasiado cerca como para mirar para otro lado.

Para perdonarse aquel pecado y congraciarse con el vecindario, contaron algunos viejos de A Moureira que don Peregrino promovió una constructora benéfica y levantó sobre algunas casas de lenocinio un pequeño grupo de doce viviendas para los marineros más pobres. Esas nuevas casas se entregaron el día que Santa María se convirtió en basílica

El propio Ayuntamiento reconoció oficialmente poco después el impacto económico de aquella prohibición. Lourdes González Conde, propietaria del Bar Español en Xan Guillermo nº 62, presentó un escrito en enero de 1957 solicitando una rebaja en el concierto por consumos de lujo. Su argumentación fue clara: la prohibición de la prostitución había causado a su negocio una pérdida considerable de su clientela habitual, hasta el punto que su recaudación diaria "no llega a 50 pesetas".

La Comisión Permanente entendió que "son ciertas las razones que aduce de disminución de sus ventas" y, en consecuencia, aceptó la rescisión del gravoso concierto desde 1 de enero de 1957. En su lugar instó a la propietaria a negociar otro nuevo y menos oneroso.

Cuentan los documentados en tan delicada materia que solo la Marañona, la Chata y alguna meretriz otra menos conocida, desafiaron la prohibición y siguieron adelante con su oficio de toda la vida, aunque lejos de A Moureira y sabiendo bien con quien se la jugaban.

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