Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Joaquín Rábago.

Como Calígula

Verle firmar, profundamente satisfecho de sí mismo, órdenes ejecutivas una tras otra en el Despacho Oval en presencia de su vicepresidente, que parece un acólito a su lado, es pensar inmediatamente en la figura de Calígula.

Aquel emperador romano, del que se dice que nombró cónsul a su caballo, sentía por la elite senatorial el mismo desprecio que muestra el presidente de EE UU, Donald Trump, hacia toda la clase política de su país, incluidos quienes le precedieron y a los que continuamente insulta.

El mismo gusto por la mera exhibición de poder, del poder más despótico, como demuestra día tras día para deleite y regocijo de quienes le votaron y le ven tan decidido como el primer día a cumplir sus más descabelladas e inhumanas propuestas electorales.

"Muera la inteligencia", parece proclamar Donald Trump continuamente. ¿No se jactó no hace mucho en público de que podría disparar a la gente en plena Quinta Avenida sin que dejaran de votarle?

Tal es la baja opinión, el desprecio que siente Trump hacia sus votantes, a los que al mismo tiempo trata demagógicamente de halagar, presentándole como el único que entiende sus preocupaciones.

Sabemos de la ignorancia de los asuntos del mundo de la inmensa mayoría de los estadounidenses, pero nunca nos habíamos imaginado que pudiera alcanzar tales cotas la estulticia de quienes, aun en vista de constantes mentiras, no dejan de jalearle.

Por ejemplo, aquellos funcionarios de la CIA que rompieron en aplausos cuando Trump negó que hubiese criticado antes a los servicios de inteligencia y, matando al mensajero, calificó de "deshonesta" a toda la prensa por haber afirmado tal cosa.

¿Y qué decir del caos provocado en los aeropuertos por la orden ejecutiva por la que vetaba la entrada en Estados Unidos de refugiados e inmigrantes de siete países musulmanes con el pretexto de que así protegía al país del terrorismo?

Como si el terrorismo fuera algo consubstancial con el islam, siempre importado, y el "terrorismo blanco" no hubiera causado más muertes en EE UU que el de ideología yihadista.

Si alguien no para cuanto antes al despótico ególatra de la Casa Blanca, si no se logra, por ejemplo, un "impeachment", como el que acabó con la presidencia de Richard Nixon, los destrozos que puede provocar no solo en su país, sino en el mundo, serán irreparables.

Compartir el artículo

stats