Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

tRIBUNA LIBRE

La rebelión de la energía

La energía es el motor de nuestra civilización industrial y su disponibilidad es uno de los fundamentos, si no la base esencial, del progreso económico, social y cultural. Este sector tiene una extraordinaria importancia en la economía nacional, puesto que es el que, según sus mayores o menores posibilidades, impulsa o frena todo el desarrollo económico. Precisamente la insuficiencia energética ha sido uno de los motivos que explican el retraso que tradicionalmente ha sufrido nuestra industrialización.

Los precios de la energía habían permanecido estancados durante los años 60 hasta que en septiembre de 1973 cundió la alarma y en unos meses los precios se multiplicaron por tres. En los 20 años que precedieron al drástico cambio de precios, la energía, en general, era abundante y barata. Los acontecimientos ocurridos después vinieron a recordarnos brutalmente que, a largo plazo, la energía sería más escasa y más cara. Esta violenta subida supuso volcar un peso muy gravoso sobre los balances comerciales de los países industrializados; la consecuencia más aparente fue la recesión y la inflación mundial.

Ahora, como consecuencia del reciente encarecimiento energético, se podría plantear el siguiente escenario:

La necesidad de definir una política de ahorro energético que reconozca la necesidad de mejorar la eficiencia en el uso de la energía y de avanzar en la utilización de las energías alternativas, pues, la conservación energética tiene que ser uno de los objetivos clave, de ahí que se diga que el ahorro es la principal fuente de energía.

La experiencia nos dice que el desafío energético obliga a un cambio importante en la tecnología de las condiciones de producción, con incremento de los costes y la consiguiente disminución del excedente de explotación. Así, el empobrecimiento se deja sentir sobre la producción y también sobre la demanda, afectándonos a todos. Como las empresas no son capaces de vender tanto como antes de la crisis, contratan menos trabajadores, con lo cual también quedaría afectado el campo del empleo.

Las familias, además de ser golpeadas por el desempleo, tienen que pagar facturas más altas de todo, pero sobre todo de energía, y se empobrecen, con lo que su nivel de vida se ve reducido. Y es que, la crisis de la energía afecta a todos.

Con la energía más cara de las últimas tres décadas, la reacción más inmediata de las empresas podría ser la repercusión de los aumentos de precios en los precios de los productos, de modo que se conserve el excedente de explotación, aunque ello implique un debilitamiento de la demanda.

Recesión e inflación son las consecuencias más aparentes que se extraen de esta situación, pero es que, además, la inflación puede dar lugar al avivamiento de las demandas salariales, Y así, se cierra el círculo de fuerzas que empujan a un aumento sucesivo de precios.

(*) Profesor de Economía y Derecho en Cangas

Compartir el artículo

stats