En 1915, Pietro Montemerlo Botassi fundó "Salazones Montemerlo" en el muelle de Ojea, que con los años pasaría a denominarse "Conservas Lago Paganini", adaptando una manera tradicional y artesanal de trabajar a las exigencias de los nuevos tiempos. Eran años dorados, y la emprendedora familia, originaria de la ciudad italiana de Génova, además de industriales se implicaban en la vida social, cultural y deportiva del municipio.

La conserva daba buenos frutos y fue cogiendo auge hasta vivir su "etapa dorada" entre las décadas de 1940 y 1970, donde llegaron a funcionar simultáneamente una veintena de fábricas. En el libro "As mulleres da conserva", editado por la Asociación Cultural A Cepa, se documentan 31 fábricas, salazones y secaderos de pescado a lo largo del siglo pasado, y el papel determinante que desempeñaron las mujeres en el oficio. El declive comenzó con el cierre de la de industria de Cervera, y sucesivamente de las restantes. La de Massó, en Balea, que llegó a ser la más grande y moderna del mundo, fue el símbolo de esa decadencia al cerrar sus puertas en 1995. El descenso del consumo interno, la competencia, la falta de adaptación a los nuevos tiempos o el desinterés de los descendientes en continuar la tradición son algunos de los motivos que apuntan los analistas para justificar ese ocaso.

Como símbolo de resistencia quedaron las conserveras de Iglesias y de Lago Paganini, ambas en Ojea y con solo una pared medianera y unas vigas de madera como separación, que ayer amenazaron con servir de vía de contagio de un fuego que, afortunadamente, se atajó antes, impidiendo que las consecuencias económicas y laborales fueran aún más graves.

En los últimos años, Lago Paganini apostó por "compaginar la fabricación artesanal del producto con todas las exigencias de una empresa de alimentación del siglo XXI", y el mercado parecía reconocérselo demandando sus productos, especialmente las conservas de pescado azul (sardina, sardinilla, caballa jurelillo, aguja) y de mejillones, además de servir de punto de envasado de otros de reciente implantación, como son las conservas de algas marinas para otras marcas.

Con la premisa "un pescado malo no se hace bueno en la lata", los empresarios aseguran que "sólo se recepciona la mejor materia prima, aquélla que está en óptimas condiciones y que nos permite ofrecer la mejor conserva". A continuación, "el pescado se sumerge en salmuera, se cuece al vapor y se corta y empaca manualmente. Tras cubrirlo en aceite de oliva u otras salsas, se cierra para esterilizarlo, estucharlo y comercializarlo". El fuego cortó ayer el proceso, pero no las ganas de retomarlo cuando las llamas se apaguen.