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Adiós al autor de la "ciudadela en el espacio" para el campus

Mendes da Rocha, en el campus vigués, en junio de 2008.

Mendes da Rocha, en el campus vigués, en junio de 2008. Ricardo Grobas

Todavía no había ganado el Pritzker, pero Paulo Mendes da Rocha, fallecido hace una semana a los 92 años en São Paulo, ya era reconocido como uno de los mejores arquitectos del mundo cuando diseñó un ambicioso y rupturista proyecto de pasarelas metálicas elevadas para salvar la compleja orografía del campus vigués y facilitar la conexión de los centros.

La Universidad, con Domingo Docampo al frente, le había planteado la reordenación del ámbito tecnológico, sin embargo, el brasileño entendió que la solución debía ser global y quiso ir más allá imaginando una “ciudadela en el espacio”, tal y como la definió en una entrevista con FARO en 2007. Pero la irrupción de la crisis y la falta de fondos, llegó incluso a reformular su idea inicial para presentar una propuesta más austera y reducida, acabaron por frustrar su ejecución.

Mendes da Rocha (Vitoria, Brasil; 1928) presentó su proyecto oficialmente en Vigo en febrero de 2005 y dos años después –ya había recibido el Pritzker en Estambul durante una ceremonia a la que asistieron Domingo Docampo y Alberto Gago– asistió a la firma de un nuevo convenio con la extinta Caixa Galicia para la financiación del proyecto.

Maqueta del proyecto de pasarelas elevadas FDV

Ese día, mientras posaba para el fotógrafo en la plaza Miralles, señalaba la gran pendiente que arrancaba a su espalda y en broma se refería a ella como el “desastre”. El arquitecto brasileño se enfrentó a esta compleja topografía mediante una estructura que la respetaba, apenas tocaba el suelo, y que facilitaba la movilidad de las personas a través de calles aéreas que eludían los obstáculos del terreno y protegían de la adversa meteorología.

El proyecto estaba integrado por una pasarela de casi un kilómetro de longitud y otras dos transversales más cortas, de 600 metros, de estructura metálica y sustentadas sobre pilares de hormigón cada 60-80 metros. Mantenían la cota de la plaza Miralles, a 460 metros, y los usuarios accederían a ellas mediante ascensores hidráulicos. Y en los extremos del campus se ubicaban cinco construcciones de estructura espiral, que acogerían aparcamientos y estarían conectadas con los viales en altura.

En aquellos años, las ciudades perseguían el “efecto Gugghenheim” con proyectos estrella de grandes arquitectos que no siempre respondían a sus necesidades ni identidad. Pero Mendes da Rocha defendía que su planteamiento tenía “la cara de Vigo”. De hecho, visitó el campus en varias ocasiones e integró en su equipo a Alfonso Penela, autor del primer plan de urbanización del campus en los 90 y de varios edificios de docencia e I+D, y a los arquitectos de la UVigo.

Da Rocha, junto a Milton Braga, Alfonso Penela y los arquitectos de la Universidad Ricardo Grobas

“La principal virtud del Gugghenheim es dónde lo ubicó Gehry. La primera y más importante decisión del arquitecto es dónde actúa, no tanto el cómo. Y Paulo nos descubrió que el qué y el dónde eran las pasarelas”, destaca Xosé Carlos Rodríguez Otero, exarquitecto de la Universidad.

En el currículo del brasileño ya figuraban premios tan destacados como el Mies Van der Rohe cuando esbozó el plan de futuro de As Lagoas-Marcosende. Y en los últimos años se completó con la Medalla de Oro RIBA y el León de Oro de la Bienal de Venecia, ambos en 2017, y también con la Medalla de Oro de la Unión Internacional de Arquitectos, tan solo unos días antes de fallecer.

En el cajón desde 2008

Su “ciudad fluctuante” permanece en el cajón desde que en 2008 el equipo de gobierno de Alberto Gago suspendió el proyecto. En un primer momento, se alegó la consecución de subvenciones para construir edificios de investigación que no encajaban con las pasarelas, tildadas de “faraónicas” por la oposición. Y finalmente, se arguyó la falta de fondos.

Aún quedaría otro intento. En 2010, Mendes da Rocha accedió a reordenar la zona de las ingenierías, el encargo original, con un planteamiento que incluía dos edificios de I+D y una plaza pública, entre otras dotaciones. Pero el plan ya nació sin fondos y acabó corriendo la misma suerte.

En todo caso, Rodríguez defiende su vigencia: “Explicó muy bien el campus y si en el futuro pudiese recuperarse y hubiese músculo financiero a la Universidad le convendría. Los problemas de conexión entre ámbitos, la circulación o la creación de la ciudad universitaria siguen sin resolverse. Sigue siendo actual”.

"Fue un reto para él y tenía una implicación total y absoluta"

Xosé Carlos Rodríguez Otero - Exarquitecto de la UVigo

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–¿Cómo define el proyecto?

–La palabra que lo define es inteligencia. Había un problema muy determinado y él lo resolvía con absoluta inteligencia. Y eso lleva después a la elegancia, la belleza y todo lo demás.

–El desnivel supone un gran reto.

–Sí, y todo gran reto exige una inteligencia mayor. Para todos los arquitectos que trabajamos allí, el campus era muy difícil de explicar. Y él nos lo contó, nos explicó cómo era y que teníamos que asumir que aquella era su naturaleza y que la respuesta para su ordenación era su plan de pasarelas.

–En principio, se le encargó solo reordenar el ámbito tecnológico.

–Invitamos a una serie de arquitectos a presentar propuestas y él nos dijo que le interesaba. Nos vino a visitar y nos dijo que nuestro problema no era ese ámbito, sino el campus. Los ámbitos no podían ser islas y su solución nos convenció. En aquel momento, decidimos apostar por ella, pero después con la crisis no se pudo finalizar.

–¿Le motivó el reto?

–Sí. Creo que para él nuestro campus era un reto y fue uno de los últimos proyectos que tuvo en el que más implicado estaba. La gente que trabajábamos con él lo notábamos. Su grado de implicación era total y absoluto.

–¿Cómo fue trabajar con él?

–Creo que es la persona más inteligente que he conocido y la que más me ha sorprendido. Tenía un nivel de exigencia muy elevado, pero tenía la capacidad de hacerte sentir cómodo, a gusto. En general, la experiencia en el campus en aquellos años fue muy buena y la oportunidad de trabajar con él fue para todos muy enriquecedora y difícil de olvidar.

–¿Fue una buena idea intentar ordenar el campus con arquitectura contemporánea de calidad ?

–Pues sí. Fue una manera de abordar el problema arquitectónico que tiene el campus. Se puso en debate en aquel momento y fue muy enriquecedor porque nos dio pistas para resolverlo. En una palabra, nos dijo lo que teníamos que hacer.

Maqueta de Nouvel para el Puerto. FDV

Siza y Nouvel, los otros dos Pritzker fallidos en Vigo

La ciudad ha perdido en otras dos ocasiones la posibilidad de añadir a su patrimonio urbano obras firmadas por un Premio Pritzker, el considerado como Nobel de la arquitectura. A finales de los 90, el entonces alcalde Manuel Pérez encargó al portugués Álvaro Siza un palacio multiusos en Samil, pero se produjeron desencuentros entre ellos y el Concello acabó rechazando su proyecto.

En 2007, Jean Nouvel, que recibiría el prestigioso galardón un año después, diseñó por encargo de Caballero un plan para transformar el Puerto en el que destacaba un hotel-monolito. Pero cuando Porro llegó a la presidencia lo descartó por “ilegal y ruinoso”.

Será la Estación Vialia de Thom Mayne, diez años después de su primera visita y muchos obstáculos, la que rompa esta sucesión de proyectos frustrados.

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