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Faro de Vigo

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GALICIA: LA VÍA LÁCTEA DE LA SAUDADE (XVI)

Hacia Ourense. Viñas y bosque. Civilización y naturaleza

Una relectura con Chesi y Eduardo Blanco Amor

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Plaza Mayor de Ourense Corina Arranz

Volvemos a la plaza de la Magdalena. En el camino, una boda en la plaza Mayor, es decir, en la Casa Consistorial. El 20 de octubre hace calor en Ourense. La novia lleva la espalda desnuda. Anticipación del deseo. De la ceremonia a la cama. Nos encontramos con Moncho Conde-Corbal y con Santiago Lamas. No sé muy bien a cuento de qué recuerdan que, a un tal Paulino, en 1989, le dijo un amok (un arrouto) y mató a ocho vecinos en Chantada y luego se encerró en la casa y le prendió fuego y se suicidó. Pero en provincias los recuerdos los generan otros dispositivos, y la memoria tiene otros embalses, otros huertos, otros desfiladeros, y las conexiones suelen ser más sorprendentes y desde luego poéticas, o esperpénticas, que las que alumbran las ciudades, cada vez más estereotipadas por la globalización y el juego del calamar del comercio y el dinero como medida de todas las cosas.

Moncho Conde Corba, Alfonso Aramada y Santiago Lamas Corina Arranz

Santiago nos cuenta que fue Moncho el modelo de la arruga es bella. Y Moncho nos enseña alguna de aquellas fotos gloriosas en El País y en tantos otros medios. Durante cinco años fue el figurín estrella de Adolfo Domínguez, hasta que se cansó, y lo dejó pese a las cantidades ingentes de dinero que ganó. Recuerda que fue Francisco Umbral el que comentó en la última de El País lo de la arruga es bella y la frase cuajó.

Antes de acudir a la cita con Chesi (José María Pérez Álvarez) ante el monumento a los caídos, que se atribuye a Asorey, o a sus discípulos, Moncho y Santiago nos llevan a la catedral, afeada, como tantas, por esos cartelones que llaman a las misiones, a la fe, a donar, que no sirven nada más que para mostrar la falta de respeto de la Iglesia por su propio patrimonio y por la belleza. Nos asomamos al Pórtico del Paraíso, felizmente restaurado hace cinco años, obra seguramente de la escuela del Maestro Mateo, un trabajo asombroso, con los músicos apoyando la cabeza en la almohada de piedra, las bestias mostrando sus contorsiones finales a manos de los santos que no dudan en recurrir a la espada para derrotar al mal (no como ahora) y que era la fachada exterior de la catedral cuando se construyó. ¡Imaginad el asombro de los paisanos que allí llegaban! ¡Cómo no prosternarse, cómo no creer! Y estamos solos. Mientras que en el Pórtico de la Gloria hay que esperar varias horas, y hacer reserva con antelación, en el Pórtico de este Paraíso, que está a la altura del de Compostela, no hay nadie un sábado de octubre a las 13.30 de la mañana. Forma parte de la naturaleza invisible, ninguneada, ensombrecida de Ourense, la otra gran desconocida, junto a Lugo, de un país que hemos venido a descubrir pasiño a pasiño (como reza en la fachada de un albergue de Portomarín). Santiago Lamas recuerda que a esta catedral dedicó Eduardo Blanco Amor uno de sus más hermosos libros, La catedral y el niño.

Interior de la catedral Corina Arranz

La catedral casi vacía. En la prodigiosa Capilla del Cristo nos encontramos con una madre y sus hijas, que no paran de abrir la boca:

—¡Veis cómo teníamos que venir!, dice la madre.

—Si me gusta más que la de Santiago, admite una de ellas.

“Una misa en latín aquí y te traspones, entras en éxito. Es como tomarse un LSD”, dice el antiguo psiquiatra, que reniega de su oficio. Luengas melenas velan el sufrimiento del Cristo, como avergonzado de la exhibición de su dolor, del castigo, de haberlo convertido en símbolo a su pesar, porque su padre no quiso apartar de sus labios ese cáliz: “Eli, eli, latma sabat-tani”. Dicen que el pelo le crece a este Cristo estremecedor, que duele y al mismo tiempo inspira temor y reverencia, pero también invita a la compasión. Como el de la Victoria en Vigo y el de Fisterra, es un Cristo hallado a la deriva en el mar. Maderos que flotan llenos de sentido, el que nos empeñamos en concederle a la existencia, aunque no lo tenga.

La capilla es de un barroquismo que no deja respirar. En el ábside vemos un descendimiento en relieve de madera, una pietá íntima, que invita a tocar al Cristo y a su madre. Pero reparo antes de salir en los medallones que parecen de figuras extraídas de Las mil y una noches. Y esculturas algo temerarias que parecen mascarones de proa de cuya frente cuelgan las pesadas lámparas que iluminan esta capilla que parece un templo pagano. El retablo mayor no desmerece de este culto desaforado, de esta fe en la que ahora a tantos tanto nos cuesta reconocernos. Como si renegáramos de nuestros orígenes, no nos entendiéramos ni entendiéramos de qué va la gran vaina de la existencia.

Interior de la catedral Corina Arranz

“El Santísimo Cristo de Auria no incita al contento estético ni halaga el alma con la armonía del canon imaginero”, escribe Blanco Amor en La catedral y el niño (su catedral, su niño); “penetra en los instintos primarios, alanceándolos por las hondas vías del terror oscuro; nos lleva a la esencia por la presencia, ya que Él mismo está en el punto de deslinde entre lo que es representada realidad y una arrolladora energía que puede enajenarnos, lanzándonos a la imitación o al arrobamiento; y el contemplador puede seguirle en la peligrosa invitación hacia el vuelo o quedarse, humillado de labios y corazón, en la viscosidad tristísima de sus pústulas y desgarrones. Es Dios y Hombre como no logró serlo jamás ninguna imagen; no encanta, ni siquiera ordena, anonada”. ¿Cómo volver a ver ese Cristo lúgubre, antracita que brilla azul acerado oscuro en la noche, después de leer a Blanco Amor, que desde sus ojos y sus rodillas de niño hipersensible al mundo lo leyeron así, y luego de adulto lo convirtió en prosa inteligible como las tentaciones y la necesidad de liberarse de aquellos yugos tan sutiles y tan ostensibles que los servidores más implacables de la Iglesia católica nos ponían en las muñecas y en los tobillos físicos y espirituales? Un Cristo demasiado humano para poder soportarlo a solas. Pero dejemos que siga siendo el niño escritor el que ahora vuelva sobre sus pasos: “Si no me pesaran tanto los brazos de buena gana le desclavaría para acostarle dulcemente a dormir en el mullido sofá de las salas capitulares. ¡Pero es tan grande! Quizás no pesase nada, tal como estaba ahora todo transparentado de luces, como si fuese la luz misma”.

Momento especialmente precioso y significativo de la novela es cuando el niño se queda dormido dentro del templo: “Yo creo que lo que en realidad me sucedió fue que me sentí invadido por un sueño dulcísimo y me quedé tendido sobre el escalón del comulgatorio, hasta que me encontró allí, cuando ya la alarma de mi desaparición había cundido desde mi casa al vecindario, el canónico fabriquero del Cabildo, don José de Portocarrero, cuando acompañado del picerna, hacía su habitual recorrida de prima tarde, antes del coro”. El niño perdido y hallado en el templo está lleno de resonancias. 

José María Pérez Álvarez (Chesi) Corina Arranz

Cuando llegamos al lugar de la cita Chesi ya nos está esperando. Empezamos comiendo como curas, en nuestro caso bacalao cubierto de una crujiente costra de pan de maíz rallado. Nació en Valdeorras en 1952, pero a los pocos meses la familia se trasladó a Ourense y aquí trascurrió toda su vida. Acaban de operarle de unas “cataratas duras”, y aprovechó para leer más que nunca. Dice que no es precisamente un tipo optimista, pero el amor y la sorna nunca le abandonan. Su padre era recaudador de impuestos, y le trasladaron a Auria. Aquí hizo todos sus estudios, incluido el bachillerato. José María Pérez Álvarez es la prueba de que somos de donde hicimos el bachillerato. Se matriculó en Filosofía en Compostela, pero aguantó solo un año. “Estaba encoñado y no pude aguantar. Cuando me enamoro pierdo la cabeza”. Y dice que se enamoró dos veces en su vida, y con uno de esos amores se casó, y tuvo dos hijas. Trabajó en Hacienda 35 años, hasta que se jubiló. Vivió un año en Vigo y solía pasar todos los veranos en Cangas, por eso conoce tan bien mi ciudad natal, como demuestra en su Nembrot, su extraordinaria novela, celebrada por Juan Goytisolo

“Nadie viene a Ourense. Nadie se queda una semana. Es un turismo de paso. Ourense es una ciudad desconocida. Y despreciada. Un deporte que yo he practicado”, dice Chesi. “Lo confieso. Desde la adolescencia pensaba que Vigo tenía mucha vida y Ourense estaba muerto. Es una ciudad levítica, episcopal, que desprecia la cultura, con una burguesía pagada de sí misma, reaccionaria, superficial, que desprecia cuando ignora, retrógrada, como la Oviedo (La Regenta) de Clarín o algunas ciudades de las novelas de Galdós. Por eso yo me creé un mundo particular, a mi medida. Aunque recorrí mucho la ciudad cuando era peligrosa, de noche, en los ochenta, ahora apenas salgo. Pero con los libros que leía y que escribía me fabriqué un mundo propio. La literatura me salvó la vida. Yo vivo los libros que leo y los libro que escribo. No tengo ningún vínculo con la ciudad”. Así como Moncho (Conde-Corbal) no para de saludar cuando camina por la ciudad, Chesi pasa inadvertido. Y le gusta pasar inadvertido en una ciudad, que como se lee en La catedral y el niño: “en Auria nos veíamos todos unas diez o veinte veces al día”.

Vista de la ciudad Corina Arranz

Chesi tenía un tío que era canónigo de la catedral: “Con él recorrí todos los lugares que no se pueden visitar, como los tejados, y recuerdo cómo íbamos pisando excrementos de palomas, que crujían a nuestro paso. La catedral que no se ve. A pesar de que era un reaccionario del Opus Dei compartíamos tres pasiones: san Juan de la Cruz, santa Teresa y san Agustín. Fui agnóstico, ahora soy ateo, aunque luché durante muchos años por la fe, hasta que la perdí. Pero no sé si volverá. He hablado en más de una ocasión con el obispo, yo con mis dudas, él con sus certezas. Prefiero a Borges que a Dios. Y a James Salter. Como gallego, a lo mejor siento que la separación entre los vivos y los muertos en realidad no existe. No está nada claro que sean dos mundos separados”.

Y de Chesi a Blanco Amor, no en vano los novelistas son acaso relevistas de una rara carrera por los campos de la realidad y del espíritu. Así arranca el libro de Blanco Amor: “La catedral, como casi todas, estaba en medio de la ciudad, y era, también como las demás, un inmenso navío entre pequeñas embarcaciones movedizas, un gran señor entre vasallos oscuros, un príncipe de la Iglesia entre la turba polvorienta de los fieles arrodillados”, pero enseguida empieza a interpretarla el novelista orensano que tanto padeció por su condición sexual y sus inclinaciones políticas: “No era una catedral cuajada en el gesto primario de una expresión unánime, naciendo y muriendo en el suelo del mundo, después de haberse consentido apenas una aérea evasión de bóvedas y arcos de medio punto, destinados a probar la energía ascensional de la idea divina par humillarse de nuevo sobre la osamenta del planeta”. Advierte también el escritor que no era “divagatoria y silogística”, pero tampoco “retórica y conceptista, perdida en sí misma”.

Que la habitación de Luis Torralba, el niño de la novela, trasunto de propio autor, se asome a la catedral, que algunas noches percibe como un “monstruo” que se mueve, no es en absoluto baladí. A cuenta de los varios dualismos que el libro encierra, apunta: “en vez de sentir el templo como una incansable enemistad, como una agresiva fuerza mágica, trataría de hacerme amigo suyo para dejar de ser su esclavo. Escucharía con párvulo corazón sus bisbiseos maravillosos, y yo le contaría mis secretos que, ya liberado de su temor, no serían tantos; me acercaría a su dura inmensidad con el alma abierta en todos sus pétalos, con su tierna caricia no estrenada, confiándola al ejemplo de su energía, infiltrándola de perennidad en su símbolo. Y así fue como comencé a devorar la lenta y amarga desazón que habría de rodar por mi sangre ya toda la vida, desacordando su ritmo con el de casi todas las cosas entre las que me tocó vivir”.

Volvemos a Chesi que es hoy nuestro Virgilio por la ciudad levantada sobre las aguas que hierven. Hacemos una parada técnica ante el soberbio edificio de granito de la Delegación de Hacienda, en la esquina entre las calles Santo Domingo y de la Concordia, donde pasó 35 años. Como Franz Kafka en la Assicurazione Generali. “Era llevadero”.

Rincón con un poema de José Ángel Valente Corina Arranz

Pasamos ante un monumento al poeta José Ángel Valente. A pesar de que el arquitecto le pidió que eligiera un verso de Valente, y él le dijo que ni fuera en gallego ni un verso conocido, el que quedó fue: “Alongarme somente foi o xeito de ficar para sempre”, dedicado a su madre: “Alejarme solo fue la forma de quedarme para siempre”. Una forma paradójica de asociar su nombre a la ciudad natal.

"Pasamos ante un monumento al poeta josé ángel valente, con el verso “alongarme somentes foi o xeito de ficar para sempre”

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Así, como en un flujo de conciencia, una voz que oscila entre el presente y el pasado, dejamos los caminos que van al río y subimos al cementerio. “El cementerio es muy importante. Hay más vivos allí que aquí. Están enterrados Ramón Otero Pedrayo, Blanco Amor, Valente… Está enterrado el hijo de Valente, Antonio, que murió de sobredosis en Ginebra. Valente, pese a renegar de Ourense, quiso que a su hijo y a él lo enterraran en la tumba de la familia, pero en su caso casi sin que figurara ni siquiera su nombre. Valente, que podía ser muy cruel, muy intransigente, renegó siempre de Ourense”. Añade Chesi, el novelista que es una sombra en su ciudad de adopción pese a atesorar pluma prodigiosa, dice: “Creo que lo que al final queda de la historia de un país es sobre todo lo que dejan sus novelistas”.

De paseo por el cementerio de San Francisco. Corina Arranz

En el dintel del Cementerio de San Francisco, bajo una calavera con dos tibias cruzadas, una sentencia que Chesi se sabe de memoria, no en vano viene mucho aquí: “El término de la vida aquí lo veis. El destino del alma según obréis”.

Su librería favorita es Tanco, aunque casi todos los libros que necesita se los tienen que encargar. Antes estaba en el Paseo. Ahora, junto al Cercano, el más vibrante agitador cultural de la ciudad, creado por Moncho Conde-Corbal, y que lleva quince años de estimulante cultura crítica a pesar del sistemático ninguneo de La Región y otras fuerzas vivas, en realidad fuerzas pasivas, por no emplear otro adjetivo.

“Yo soy más de barras y de pie que de terrazas. Me gusta, más que pegar la hebra pegar el oído y escuchar el habla de la gente. Me interesa más lo que dice y cómo lo dicen que hablen de Kant. Luego me sirve para mis novelas”. Le contamos la anécdota de Ortega y Gasset. La muchacha en la más hermosa plaza de Ourense, la de la Magdalena, mientras tomábamos café con Moncho, Santiago Lamas y dos amigos. En una mesa apartada una muchacha, ensimismada, leía lápiz en mano. Me desafiaron a que averiguara qué leía. Nada más fácil.

—Jamás lo habríais acertado: La rebelión de las masas, de José Ortega y Gasset.

El asombro se volvió en admiración. Allá se fueron. Y hubo aplausos. A ella le subió el rubor a los pómulos. Y se disculpó diciendo que había muchos más jóvenes que leían y que leían buenos libros. Ojalá. Pero a mis compañeros de paseo, desengañados de la política y del porvenir, el gesto les cambió la mañana, les alteró el ánimo para bien. No todo estaba perdido en ese casco viejo orensano, de casas tan preciosas, como la que compartieron, en horas diferentes, Vicente Risco y Otero Pedrayo, enfrente de donde nació Xocas, fachada posterior de donde vivió Blanco Amor. Degradadas y que sin embargo los fines de semana se vuelven inhabitables por el fragor del botellón y de los que se ilustran en la noche de las calles con los espirituosos, los estimulantes químicos y la conversación.

As Termas de Ourense Corina Arranz

El antiguo barrio chino de Ourense tenía renombre en toda Galicia y zonas fronterizas. “Venían clientes de muy lejos. Los locales más renombrados, el Suevia y el París estaban en la calle de Cervantes. Hoy quedan muy pocas putas, y están viejas”, dicen los que exploran.

Vamos completando nuestro periplo. Así entramos en la calle favorita de Chesi, que es un callejón sin salida, Canella Cega. Callejón o callejuela ciega. Una escalera de piedra lleva a un tambucho de madera azul que me recuerda al de Franz Kafka en la calle de los Alquimistas de Praga, en el barrio de la Malá Strana, donde se encerraba a escribir sus grandes humoradas sobre la condición humana con prosa de jurista implacable y enigmas cabalísticos. Solo se oye el canto de los pájaros. Las calles son misterios llenos de enjundia. Como la de Juan de la Coba (o Xan da Coba), escritor, uno de los personajes más extravagantes de la cartografía orensana, “inventor del trampitán, una lengua propia con la que intentaba escribir tragedias y le salían comedias. Un ilustre y penoso literato local”, apura Chesi mientras el tiempo vuela, que es una fórmula gastada de decirla, pero que sigue siendo ligera y exacta.

Corina Arranz Fuentes de As Burgas

Terminamos el paseo en el Liceo de Ourense, donde está ambientada la primera novela de Chesi, de la que reniega: Las estaciones de la muerte. Alguien que quería hacerse socio va eliminando competidores para hacerse un sitio. Abierto desde 1856 o 67. Aquí tenía su tertulia Carlos Casares. Entramos en el gran edificio de tres plantas por la Horta do Bispo o el Cural do Bispo, donde está el elegante monumento a Blanco Amor y, cerrado, el renombrado Hotel Barcelona. ¿Qué fue de los buenos hoteles de Ourense? Paredaño con el liceo están los inmuebles que compró uno de los hermanos de Adolfo Domínguez, la casa de la yedra, uno de los más hermosos de la ciudad. El patio de columnas. El salón de juego. Una mujer sola, vieja y atildada, en una mesa toma café y ve un video en su teléfono móvil mientras en otra mesa cinco hombres juegan a las cartas. Signo eterno de los tiempos. En el centro, una fuente de mármol de Carrara. Con el agua ausente. El Liceo parece el colofón ideal del recorrido: ¿Están más vivos los muertos del cementerio que los vivos del Liceo?

Terminamos el paseo en El Paseo, que era el lugar, sobre todos los domingos, para ver y dejarse ver, para ir de un extremo a otro una y otra vez para ver a la muchacha de tus deseos. En medio, Zara, que ocupa el lugar donde estaba el cine, que sin embargo se llamaba Teatro Losada.

Cierro la etapa orensana, una ciudad a la que volver para hacerle justicia, con una frase de Eça de Queiroz que sirve tanto para Chesi como para mí: “Se vive o se escribe”.

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