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Faro de Vigo

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Julián Hernández Músico

Julián Hernández: “Los gustos del público los creamos nosotros”

El líder y fundador de Siniestro Total, grupo que lanzó su primer LP hace cuarenta años, confiesa que desde “Ayudando a los enfermos”, su primer EP de cuatro canciones, “ siempre que cada disco sale a la calle pensamos que va a ser el último” y sostiene que “la ortodoxia punk (si es que existe tal cosa), nos importó siempre un pito”

Julián Hernández, en la localidad coruñesa de Cambre, donde reside. / VÍCTOR ECHAVE

Cuarenta años después de la salida a la calle de “¿Cuándo se come aquí?”, el primero de los veinte discos de la banda de rock Siniestro Total, su líder, fundador y único integrante de la formación original que continúa en el grupo, Julián Hernández, confiesa que la banda formada por jóvenes de instituto en los años 80 nunca nació con pretensión de continuidad -más allá de aparecer un día con la edad que tienen ahora en un programa nostálgico de la TV cantando versiones edulcoradas de sus canciones. y que cada disco que lanzaban a la calle pensaban que sería el último. En pleno 2022 son una de las pocas formaciones protagonistas de la movida ochentera que continúan en la brecha. Un fenómeno de supervivencia.

– Viajamos a sus inicios en el mundo de la música cuarenta y un años después del primer concierto de Siniestro Total en el cine Salesianos de Vigo, ¿cuál era la pretensión de esos chicos de instituto que tenían la música como pasión y cómo les fue cambiando la mentalidad y los objetivos a medida que fuero obteniendo éxitos y siendo tomados en cuenta por los estudios de grabación?

– ¡Viajemos pues! Nunca hubo ninguna pretensión de nada. Aunque la ortodoxia punk (si es que existe tal cosa) nos importó siempre un pito y parte del otro, el caso es que siempre pensamos que nunca habría un futuro más allá de aparecer algún día con la edad que tenemos ahora en algún programa nostálgico de TV con peluquín cardado y cantando versiones edulcoradas de nuestras canciones. Desde “Ayudando a los enfermos”, el primer E.P. de cuatro canciones, siempre que cada disco sale a la calle pensamos que va a ser el último. En la última parte de la pregunta, igual te refieres a las discográficas, porque los estudios de grabación sólo nos tuvieron en cuenta para reponer cervezas en la máquina expendedora antes de cada sesión.

Julián Hernández, en la localidad coruñesa de Cambre, donde reside. Víctor Echave

– ¿Cómo eran esas maquetas y casetes que grababan y qué supuso escuchar un día sus canciones en Radio 3, ¿podría decirse que marcó un punto de inflexión, un paso hacia la profesionalización del grupo?

– Caramba, ¿cuánto espacio/tiempo tengo para contestar? Dejo el cómo eran para otro día e intento resumir las circunstancias. Sólo grabamos una maqueta para Radio 3, pero eran un montón de temas que Jesús Ordovás fue poniendo con cuentagotas en “Esto no es Hawai”, su sección para estos menesteres dentro de un programa más amplio, Diario Pop. Digo que las puso con cuentagotas porque Jesús no sabía si aquellas barbaridades eran siquiera radiables en Radio Nacional de España. Al final, puso toda la cinta magnetofónica que le pasé a principios de 1982 en la Plaza de España de Madrid. El punto de inflexión fue absoluto, pero no para nosotros solos, sino para todos los grupos que pinchaba Ordovás. Lo que no fue ni de coña fue un paso hacia la profesionalización. Eso tardaría en llegar.

– A lo largo de estos 40 años el único que permaneció todo el tiempo en el grupo fue usted, ¿cuál o cuáles fueron las “deserciones” que más afectaron a la banda y cuáles las que generaron más discusión, polémica o mal rollo?

– “Deserciones” serían si todos se hubieran ido, por ejemplo, para hacer unas oposiciones a la Caja de Ahorros Municipal de Vigo, esa entidad desmantelada y saqueada por sus directivos años más tarde. Pero no fue así: todo el mundo se fue para seguir haciendo música en otro lado. La baja más importante, sin ninguna duda, fue la de Alberto Torrado, bajista (y más allá) como pocos en el mundo han sido. Para cantantes (Germán Coppini) o guitarristas (Miguel Costas) teníamos repuesto mejor o peor, pero con la marcha de Alberto hubo que rehacer la sección de ritmo: yo ya no daba técnicamente con la batería y nos quedábamos sin bajo. En ese momento entraron Ángel González, el poeta de las baquetas, y Segundo Grandío, lugués de amplio espectro, y fuimos muy felices y comimos perdices.  

– ¿Alguna vez se arrepintió de negarse a poner música a la canción “Malos tiempos para la lírica” tal y como les pidió Germán Coppini o de “haberle invitado” a abandonar Siniestro cuando lo simultaneaba con Golpes Bajos?

– La letra de “Malos tiempos para la lírica” era de Rafa Domínguez, el punk mejor vestido de Vigo. Germán la trajo un día con la intención, efectivamente, de que le pusiéramos música los que nos dedicábamos a ello en el grupo. Pero eso era un cambio de planteamiento en un grupo sin planteamientos a la hora de hacer canciones. En todo caso, lo más parecido a un método era el de Roger, el prota masculino de 101 dálmatas: primero la música y después la letra. La propuesta de Germán era la contraria, así que llevaría su tiempo, aparte de que aquel texto no encajaba precisamente con todo lo que estábamos haciendo. Así pues, ni yo ni nadie se negó a nada, simplemente no salió algo coherente. Creo que con ello hicimos un favor a la letra. Y a la música española: en Siniestro se hubiera quedado como una cara B anecdótica y con Golpes Bajos fue un bombazo.

Respecto a la segunda parte de la pregunta, obviamente no tenía sentido la existencia de dos grupos tan distintos con el mismo cantante y Germán encajaba mejor con Golpes Bajos, como quedó demostrado más tarde. Antes que de invitación entre comillas, yo hablaría de llamamiento a la cordura.   

Julián Hernández, en la localidad coruñesa de Cambre, donde reside. Víctor Echave

– ¿Podría decirse que aquellos conciertos de broncas -en alguno subieron al escenario bebidos-, de recibir escupitajos y botellazos eran parte esencial y hasta normal en la época o algo que les animaba a seguir?

– Ah…¡cuánto se echa de menos aquel periodismo de botella de whisky en el cajón! En aquel tiempo, nuestra alcoholemia pasaba desapercibida… Los escupitajos y botellazos los recibía fundamentalmente Germán: no me extraña que se pasara al pop pulcro y elegante a la primera oportunidad. Los escupitajos, en concreto, no eran ni normales ni animaban precisamente a seguir: imposible que aquello durara mucho tiempo. La violencia más dura, por su parte, se pasó enseguida al fútbol, momento que aprovechamos para zamparnos unas perdices.

– Muchas de sus letras, que se podrían calificar de provocativas, irreverentes y hasta políticamente incorrectas, máxime si las vemos con la óptica de hoy en día, escandalizaron a críticos y a colegas músicos -Miguel Ríos se llegó a preguntar a dónde habrá llegado el rock para cantar “Me pica un huevo- , ¿cómo fueron evolucionando a lo largo de su trayectoria? ¿tuvieron que suavizarse para adaptarse a los gustos del público o para conseguir mantener la provocación?

– Entiendo que falta algo como “endurecerse” en la segunda parte de la pregunta… En fin, este es otro asunto que llevaría su tiempo. ¿Cómo fue esa evolución? No sé muy bien. Habría que buscar muestras de distintos momentos y hacer una comparativa. ¿Adaptarse a los gustos del público? ¿Mantener la provocación? Ninguna de las dos cosas figuró nunca en nuestros planes. En realidad, los gustos del público los creamos nosotros. No nos queda otro remedio: si tuviéramos que hacer encuestas para contentar a todo quisque, íbamos listos. Y si atendiéramos a las ventas masivas, no nos dedicaríamos al rock.

– ¿Cómo se entendía ese sentido del humor tan peculiar -incluso tan vigués o gallego- fuera de nuestras fronteras?

Según. De no entender nada (¡pensando que es porque cantamos en gallego!) a entender todo al revés, pillarlo todo muy bien o incluso ver cosas que se nos pasaban por alto a nosotros mismos: de todo hubo, hay y habrá. Misterios de la comunicación.

– ¿Nunca estuvo tentado de seguir una carrera musical en solitario o al menos con su nombre?

– No.

Julián Hernández, en la localidad coruñesa de Cambre, donde reside. Víctor Echave

– ¿Cómo se siente ahora que es una especie de empresario que forma a nuevos componentes que van llegando a la banda -salvo a Javier Soto, que lleva desde 1985?

– “Especie de empresario” suena a insulto del Capitán Haddock, ¿no? Que además supuestamente me dedique a formar aprendices, ya tal. A lo mejor es una mala noticia, pero los grupos de rock no funcionan así. En todo caso, no sé qué cara van a poner unos musicazos como Jorge Beltrán, Oscar Avendaño o Andrés Cunha, nuestros compañeros de grupo ahora mismo, cuando lean que fueron formados al llegar. Yo me lavo las manos, ¿eh?

– Sus trabajos grabados en Memphis, “Made in Japan” y “Policlínico Miserable”, eran, según han comentado, los de mayor calidad, sin embargo no tuvieron el éxito de discos anteriores, ¿el público les quería más cuando eran menos buenos?

– Nos referíamos a la calidad del sonido. En ese sentido, el salto que dimos con Joe Hardy en la producción fue gigantesco. A partir de “Made in Japan” nada volvió a ser igual. Nos liberamos de la tiranía de grabar instrumento por instrumento (la horrible práctica habitual en los estudios españoles en los 80) y nos pusimos a tocar todos juntos en el estudio. Después de las sesiones de Memphis, grabamos fundamentalmente en Casa de Tolos, el estudio de Segundo Grandío en Mañufe, con la excepción de algún directo y el álbum “Country & Western”, que grabamos en The Foam Box, el estudio de Billy Gibbons -ZZ Top- en Houston, TX, que llevaba Joe Hardy. En todo caso, las mezclas y la posproducción de todo siempre pasaron por sus manos con resultados garantizados. Fue un miembro más del grupo hasta su muerte en 2019.

"Si sonamos bien, molábamos más cuando sonábamos mal y/o nos hemos vendido; si sonamos mal, no evolucionamos un carallo y hacemos siempre lo mismo. El alma humana es así"

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La querencia del público ya es otro cantar, nunca mejor dicho. Cuando alguien añora el pasado de una banda, de un cineasta, de un escritor o de lo que sea, normalmente lo que añora fue el tiempo en el que fue joven y se lo pasaba en grande escuchando, viendo, leyendo, viviendo, bebiendo, follando y otras actividades. Siempre nos va a pillar el toro: si sonamos bien, molábamos más cuando sonábamos mal y/o nos hemos vendido; si sonamos mal, no evolucionamos un carallo y/o hacemos siempre lo mismo. El alma humana es así.   

Julián Hernández, en la localidad coruñesa de Cambre, donde reside. Víctor Echave

– Llama la atención que alguien que ejerció durante tanto tiempo de vigués viva ahora en A Coruña y se echa de menos en sus escritos sobre la historia de Siniestro, alguna referencia más a Vigo (es el caso de la referencia al grupo en Wikipedia , que supongo que habrá visto, o tal vez escrito), ¿cómo es su relación actual con la ciudad y por qué la abandonó?

– Ya Umberto Eco alertaba de los peligros de la Wikipedia: ¡no nos podemos creer todo lo que aparece ahí! Por otro lado, pensar que las entradas las escriben sus protagonistas es cuando menos una ingenuidad. Buscar, por si fuera poco, referencias a Vigo para expender el pedigrí de “vigués en ejercicio”, pues no sé yo. Vigo es mi ciudad, me fui a vivir fuera por razones personales que no vienen al caso y me paso la vida yendo y viniendo: poco abandono me parece a mí.

"No vivo en A Coruña, que conste, sino en Cambre. Llegué al frente norte para vigilar el apocalipsis de armas nucleares de Paco Vázquez. Aquí me consideran un espía y en Vigo pensáis que soy un desertor"

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Las ciudades, en general, adoptan a los forasteros con generosidad en cuanto pasas un tiempo en ellas, y así también considero otros muchos sitios como “casa”: Lugo, Madrid, Bilbao, Barcelona, la misma Memphis, Bogotá… ¡será por ciudades en el mundo! Y yo no vivo en Coruña, que conste, sino en Cambre. Aparte de por razones personales, llegué al frente norte para vigilar de cerca el programa de armas nucleares de Paco Vázquez, que es misión de alto riesgo. Aquí me consideran un espía (normal) y en Vigo pensáis que soy un desertor, cuando lo único que hago es protegeros del apocalipsis nuclear, ¡desagradecidos!       

– Otra de sus facetas conocidas es la de escritor – columnista ácido, autor de relatos breves y hasta de una novela-, y este año acaba de publicar “Gina en Piongyang” (Harkonnen Books) ¿qué le aporta la escritura y la literatura que no encuentre en la música y que ha querido transmitir en su última obra?

– A la escritura se llega porque no queda otra, diría yo. En un momento dado, Siniestro Total avanzaba haciendo canciones tarareadas, pero no había letras que rellenaran aquello: “ña ña ña” o “comón, olrai, ruacanruol” eran contenidos poco operativos fuera del local de ensayo. Había que ponerse al tajo y me tocó a mí, en parte porque me gustaba y en parte porque nadie más se presentó al puesto.

El pluriempleo llegó enseguida: artículos, cuentos, prólogos, algún libro… Lo que hiciera falta. Gina en Pyongyang es lo más reciente, sí, y consiste mayoritariamente en los textos publicados en El Butano Popular (revista online de Rubén Lardín y otra gente lista) y las historias completas del vinilo de Country and Western (en el diseño final del álbum de 2010 hubo que recortar mucho) con alguna cosa más. Todo, al final, está relacionado y, lo mismo que en las canciones, no se pretende transmitir nada. Como decía Nabokov: “¿Mensaje? Yo soy escritor, no telegrafista”.

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