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GALICIA: LA VÍA LÁCTEA DE LA SAUDADE (VI)

Las panaderas de la Costa da Morte

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De faena, en la panadería “As Travesas” de Cee Corina Arranz

No sólo de pan se vive, pero sin él la vida vale menos podría ser el resumen de la gira matutina por un anaco de la Costa de la Muerte, o Costa da Morte. Ángeles, nacida en 1968 en Santiago de Compostela (como su hermana Mari, “aunque nos trajeron para aquí enseguida”), heredó de su padre la panadería (tahona) de As Travesas, lugar de Pereira, concello de Cee, uno de los enclaves de férrea ternura de esta costa que se engancharon para siempre en mi corazón. Pero nunca di el paso (tuve el valor) de venirme a vivir aquí.

A las ocho de la mañana ya están sacando pan de molde recién cocido. Y están listos los panes de huevo, a los que en Vigo llamamos roscones, aunque aquí no son redondos. El olor a pan recién nacido lo inunda todo, y es una bendición. Ángeles, como siempre, se levantó a las 3:30 de la mañana para preparar la masa e iniciar el proceso que es el de su vida. Pero ahora, con la luz devolviendo su consistencia a la realidad que la noche desdibujó y sumió en la incertidumbre, ya son seis mujeres, y el trabajo fluye ligero y alegre como todas ellas. Pasemos revista. Ángeles, la jefa, tiene todo lo que hay que tener, además de cabeza y bondad. Mari, su hermana, nacida en 1971, con la que finalmente haré el reparto (tres hornadas este domingo), porque Ángeles (con la que llevo años soñando ese viaje y hacerlo en pleno invierno) tiene que estar “a los hornos” (uno eléctrico, otro de leña). Y el equipo: Rosa (la empleada más antigua, que, como mi abuela Emilia, se entiende bien con el fuego), Chus (la que atiende el puesto en el mercado de Cee: “te invito a tomar café con pan fresco cuando quieras”), Sonia, Luz y María. La confianza y la camaradería no se improvisan. Si la calidad de un periódico se mide por el ambiente de la redacción, la de una panadería por la generosidad y el buen humor de los que amasan, cuecen, y venden. Cada fornada “vienen siendo” unas 300 piezas. Cada jornada de verano hacen dos hornadas. En invierno sólo una. Todo arrecende a pan recién hecho, uno de los más hermosos aromas que la humanidad aportó a la creación. Adán y sus descendientes pueden sentirse orgullosos de algunos de los efectos colaterales de haber sido expulsado junto a Eva del Paraíso: la siembra y recolección de los cereales, los molinos, la harina, la levadura, la masa, el fuego. El pan. Si hay cielo, Ángeles ya tiene una parcela asoleada por su contribución a mejorar el mundo: por hacer la vida más dulce y amable, por hacer un pan que no tiene peros, que le agradaría a Jesucristo para su última cena, tan honestamente amasado como la buena prosa y que alimenta tanto el cuerpo como el alma. Como siempre, cuando se levanta el mundo duerme. Como siempre, no le da ni se da la menor importancia.

Pintando las barras en “As Travesas”. A. A.

Fundada por Valentín el viejo e Isaura en 1955, fue el padre de Ángeles y Mari el que se quedó con el negocio, que incluía casa, en 1962. De pequeñas ayudaban con las pesadas tareas que encierra el arte mayor de hacer pan. Mientras la madre, maestra, estaba empeñada en que estudiaran y se procuraran una vida que tuviera menos que ver con hacer cosas con las manos, el padre quería que heredaran el oficio y el beneficio. María estudió historia y arqueología en la Universidad de Santiago de Compostela, su gran pasión, e incluso anduvo metida en excavaciones. Ángeles optó por empresariales, que cursó en A Coruña, y se desempeñó como consultora y recepcionista de hotel, hasta que hace 23 años escuchó la voz del lugar y recogió el testigo de su padre. En algunas de las fotos que ilustran esta historia, en un viaje anterior, en 2013, se ve a Ángeles y a su padre metidos en harina. Mari se sumó más tarde, hace sólo la friolera de 18 años, pero como empleada. No quería el peso de tanta responsabilidad. “Concha, nuestra madre, siempre insistió en nuestra independencia. Que estudiáramos por encima de todas las cosas”.

Cuando todo está preparado y las cuatro furgonetas bien estibadas con todos los panes en sus cestas, báscula y dinero en efectivo para el pequeño comercio en su caja de caudales portátil, todavía hay tiempo para un cafecito en Valentín, el primer propietario, un local (restaurante, tienda y carnicería) en el que reparé, como en la Tahona das Travesas, en mis primeros viajes a Nemiña, hace… ¿cuántos años ya? Mucho más de veinte. El tiempo de las renuncias, de las otras elecciones, de la vida que se ha ido viviendo… Casi todos los restaurantes del entorno, incluido el Parador de Muxía, son clientes. Hacen un pan “personalizado”. La harina viene de Pontevedra, de los hermanos Reyes. Es harina gallega, aunque también de campos de Francia y Canadá. Y de otros lugares alejados de Europa, “donde las cosechas vuelven a ser buenas”.

Empezamos el primer reparto en torno a las nueve y media de la mañana, después de que Ángeles me brindara, en su cocina, un banquete de pan recién hecho y recién rebanado, bañado con aceite de Jaén y espolvoreado con sal, y un café con leche. Difícil disfrutar de un pequeno almoço más sabroso y esencial, más lleno de amor y pedagogía. Mejor que en cualquier parador español o pousada portuguesa.

La primera parada es en el restaurante O Cruceiro, no lejos del cruce del aserradero y el hostal Pereiriña, hitos íntimos de una topografía que podría dibujar con los ojos cerrados y sin levantar la mano del papel. Muchos clientes dejan una bolsa de plástico o de tela colgando del picaporte o de un junco de hierro de la verja. Pero las mujeres (la inmensa mayoría de los que acuden a la llegada de las panaderas de la Costa de la Muerte son mujeres) son amigas de hablar. Sobre todo las que viven más aisladas. Agradecen no sólo el pan recién cocido, sino la conversa. Es como su hilo conductor con la vida, con el rumor del mundo.

—E con esto marchas…

Es una expresión que muchas repiten. Pero siguen enhebrando sucesos y novedades como las cuentas de un collar que no es de perlas sino de arcilla. Estas mujeres están hechas de tierra y de intemperies. Por eso la conversación a menudo parece dejar un rastro como de alfarería, manos rugosas que se dan enteras. Manos que cuentan no el futuro, sino el pasado, y no por su dibujo, sino por la memoria del trabajo. Yo no soy de convertir las lenguas en quicios ni espinas dorsales de la identidad de un pueblo, pero en los giros idiomáticos, en las entonaciones, las variantes dialectales (mi abuela Emilia era un compendio de gheadas –ghalletas, o jhalletas– y seseos –chouriso–), se establece una intimidad que no es fácil de explicar. No es política, no es razón, no es economía. Es otra cosa. Es como si hablando estas mujeres dieran por sentada una verdad de granito y de líquen. Lo cual no deja de ser raro en un país donde la niebla tiene la consistencia de un corpiño, y lo sobrenatural es como si el humo que sale de las chimeneas y sube al cielo no sólo estuviera certificando que la casa está habitada, sino que así habla con Dios.

El área de los dos repartos que hoy intentaré completar con Mari son Cee y sus arrabales, Nemiña y Touriñán. La panadera, como el cura y el barman, acaban sabiendo más de lo que quisieran de la gente que tratan, y desde luego más que el Instituto Nacional de Estadística, Hacienda y la Guardia Civil juntos: radiografía de las almas y de la tierra en la que viven y mueren.

En Cábado los vecinos son tres. De Lobelos de Abaixo vamos a Lobelos de Arriba. Algunas clientas llevan en la mano papeles de colores (los post-its llegaron al agro profundo): son sus deudas de la semana, religiosamente anotadas. Y pagar no pasa del domingo, como reza el Padrenuestro (o algo parecido). La mayor parte trabaja en el campo, tiene una hortiña con la que se defienden, o son pensionistas. O ambas cosas a la vez. O bien con hijos que trabajan cerca y comen en casa todos los días o lejos y se recogen con el crepúsculo o cada viernes de cabotaje. Me viene a la memoria la amargura del poeta Uxío Novoneyra ante el desprecio por el mundo rural que tantos exhibían hace tiempo y que no ha dejado de agravarse desde que murió. En la peculiar biografía en primera persona que le dedicó Antón Lopo (A distancia do lobo), se lee: “Nestes últimos anos, notei unha cousa: emerxeu unha significación negativa da memoria labrega, denominada despectivamente ruralismo”. Una clienta me confunde con el padre de Mari, que suele ir de copiloto y llevar las cuentas, y me manda un beso.

—O oficio de panadeira é moi traballoso, comenta una clienta nueva.

Faro de Touriñán. A. A.

Dice Mari: “Hay gente que se fíasólo de lo que ve. Otra, de lo que paga. Algunos están encantados de que sea mucho pan por poco dinero. Otros, que son muy exigentes con la calidad, se fijan en si el pan viene crudo o demasiado hecho”. Pero lo que más le gusta es hablar de yacimientos, ruinas, iglesias… Se emociona al atravesar el umbral de templos como el de Moraime, con sus frescos: “Cuando entro es como si me llegase el aroma del mar”. Quiere ir al castillo de Touriñán, un castro que solo se puede hollar al pie del promontorio del faro, como un hijuelo isleño, cuando baja la marea. De estas comarcas, y de los amores compartidos por Ángeles, Mari, y este viajero, escribe Ramón Otero Pedrayo en su impagable Guía de Galicia: “… y la iglesia de San Julián de Moraime, de las más bellas en su estilo, con pórtico de gusto compostelano de columnas inclinadas como las de Santa María de Sar (…). Desde Muxía pueden visitarse, por sendas campesinas, el cabo Touriñán y la tierra de Nemiña, de curiosas formas litorales. Una carretera (16 kilómetros) une directamente Muxía por Moraime, Morquintián, Cesullas, atravesando el valle del río del Castro, con la general de Finisterre”. Por viejas y nuevas carreteras, sendas campesinas, litorales que vuelven a ser una tentación, repartimos el pan e imaginamos una vida que no tenemos. La eterna lucha entre la realidad y los sueños, la costumbre y la aventura, el tiempo y la muerte.

Sobre estas líneas y a la izquierda, adro y cementerio de Moraime. A. A.

Antonia, con gorra de Winston en la cabeza, está a la espera de la panadera sentada en un murete. Hay más gatos que perros, pero son más desconfiados. “Los perros ya me conocen”, dice Mari. “Algunos, demasiado”. Veneranda se asoma, curiosa y amable:

—Bos días!

—Bos días!

—Cómo vai?

—Imos tirando por aí.

Hoy tiene necesidad de más bolas porque vienen los hijos que están trabajando fuera. Uno tiene que coger vacaciones ya…

—que leva un ano moi mau.

Guillermina es de las habladoras, y por lo tanto de contar historias:

—Eu con mascarilla non coñezo a ninguén. Estóu noutro planeta.

—É como na Praia –replica Mari–. Cando ves a xente en traxe de baño e o pelo mollado tampouco a recoñeces.

 —O outro día, entre que chovía, as gafas embafadas e a mascarilla cubrindo media cara non sabía con quen estaba a falar. Non acertaba o acento.

En Buiturón hay celebración. Salma cumple cuatro años:

Foi o martes, pero celebramos hoxe –canta la rapariga, encantada con su vestido de adornos que parecen alamares, rojos, de estreno. Se llevan una tarta y una empanada, aparte del pan de todos los domingos. El pan entra en la vida y en el hambre de la gente.

En Santirso (o Santiso) una mujer guapa como la protagonista de una comedia italiana de los sesenta, arreglada como para conquistar a un Mastroniani indígena, se vuelca sobre el alféizar en cuanto la furgoneta de Mari encara el lugar. Parece que va a lanzar un clavel, pero es para decir con garbo que hoy no precisa de nada.

—Hai festa?, inquiere Mari.

—Hai.

Frescos de Moraime.

Frescos de Moraime. A. A.

Entonces cuenta la panadera de lo sucedido hace unos cuantos años. Es la historia de un hombre que tenía su posición en Cee, casado y con dos hijas. En esta aldea por la que pasamos hoy como pasa Mari todos los domingos vivía una amiga del emprendedor con la que engendró un retoño. Pero la amante no tenía el monopolio: otra aventura cuajó en otro lugar más alejando de esta comarca y del deseo mutuo hubo sus frutos: otras dos hijas. Tres relaciones, cinco vástagos en total. Al parecer le prometió al muchacho que en herencia le dejaría la casa en la que vivía con su madre y algunas tierras. Pero no puso su última voluntad por escrito. Murió en mala y pronta hora, y lo velaron en su casa de Cee, algo cada vez más infrecuente, ahora que en toda ciudad y villa de Galicia lo primero que sale al encuentro es el tanatorio. Una industria. Y más extrañó que alguien con posibles y educación como el señor de Cee optara por un velorio a la vieja usanza. Como no había papeles que acreditaran lo que prometió y la legítima y sus hijas se negaron a cumplir lo que el muerto había solo expresado de viva voz, el hijo, taxista de profesión, presentó demanda ante la autoridad. Para poder practicar la prueba de ADN, el juez mandó exhumar el cadáver. Y resultó que bajo la lápida con el nombre del finado no había cuerpo ninguno. Todas las pesquisas que hicieron Guardia Civil y policía fueron infructuosas. Del difundo nunca más se supo. No se averiguó si el cadáver, misteriosamente, se cambió de última residencia aprovechando una noche sin luna, o fue arrojado a la costa que hace honor a su nombre. Lo que sí es cierto es que las sospechas recayeron sobre quien más tenía que perder (es decir, que ganar) en este pleito de amor y consecuencias.

Habla Mari de almas perdidas, de gente sola, que cae en la bebida o en la depresión, y cuenta de una mujer en una villa apartada de Muxía que “tenía tanta voluntad de morir que se ahogó metiendo la cabeza en un regato, que ya son ganas”, que ya es urgencia y desesperación de pasar de este barrio al otro.

Teresa, la de Morquintián, es bisabuela y sigue ayudado a mantener a su familia. En Morquintián son 13 los vecinos, 13 las almas, y todos se conocen. “Vilela de Morquintián. No hay duda, por aquí tiene que haber vestigios romanos”, dice Mari con convicción y nostalgia de los yacimientos.

Celia, de Morquintán que tuvo 11 hijos. a. a.

—E hoxe ven un panadeiro novo?, pregunta Celia, apoyándose en un bastón que la mantiene enhiesta. Va para los noventa y tiene once hijos, “dos que restan dez”. Y añade: “A cabeza aínda vai indo. O malo é si tes de sofrir. Mais aquí seguimos. E o que levamos vivido…”. Y ríe.

Fina, la de Viseu, es pura retranca a cuenta del pan que no va a tener el lunes después de la fiesta grande del 15 de agosto:

—Entón vou ter que rezar un Padrenuestro?

La casa con mejores vistas de Touriñán, del promontorio donde se alza el faro y del mar que como un ciclorama lo rodea, una sesión continua de la belleza y la inmensidad del mundo, y de la curvatura de la Tierra (en este lugar tenían que plantar a los terraplanistas), es la casa de Paco, que trabajó de cocinero en el palacio de Buckingham.

Foto de familia en la playa del Rostro. A. A.

Y así llegamos al final de esta hermosa mañana de domingo, repartiendo pan recién cocido, como hostias consagradas en una iglesia laica y portátil, para hacer mejor la vida de la gente. Será que en la Costa de la Muerte hay mucha más vida sagrada de la que imaginamos, como pueden atestiguar las playas que frecuentan Ángeles, Mari y sus familias, como las del Rostro y sobre todo la de Nemiña, que fue la que a mí me cautivó primero. Vida mezclada con muerte, secretos y misterios, alegría discreta y tristeza honda, muertes convocadas por la propia mano y mucho humor para salir adelante en estos tiempos en que no hay carta ni compás para ayudar a ver adónde vamos. Pero no cabe duda de que las panaderas de la Tahona das Travesas, Ángeles y Mari, son, con su horno eléctrico y su horno de leña, como una suerte de fareras de tierra adentro. Nos ayudan a no perder el rumbo. Y siempre que vengo sé cuál es mi primera parada. Es como un consulado de la ternura y la razón.

Así se anuncia la Tahona das Travesas: “Horno y despacho de pan. Panadería y dulcería artesanal con reparto a domicilio. Pan de trigo, centeno y multicereales, pan integral y pan sin sal, empanadas, bizcochos, pasteles y tartas variadas, brazos de gitano, magdalenas, galletas, roscas, dulces de temporada... Más de 61 años en el sector (desde 1960”. Es Ángeles, en la distancia, como si nos habláramos a través del viejo teléfono de bakelita (los pasadizos del corazón están siempre expeditos cuando la corriente es continua), quien me da los datos precisos, mientras la noche se trenza entre Madrid y la Costa de la Muerte, entre la calle del actor Máiquez, donde escribo, y la carretera que viniendo de Cee se demora en Pereira y luego se bifurca hacia Touriñán y Cuño, a la derecha, por Castro y Frixe, con el desvío a Nemiña, y su serrería con la misteriosa bombilla encendida toda la noche, y hacia Lires, O Rostro, Fisterra, a la izquierda: “Chusco (barritas pequeñas), bolla o bola (o bolo), moletes o mollete (redondos), pirulos (alargados), chapatas, panecillo trenza cabelo, todo esto para el pan de huevo. Ah, y periquito”. Yo no sé si algún día volveré a echar raíces en el país natal, si mi casa para los libros, las máscaras, los cuadernos infinitos forrados con papel de estraza azul, estará en la Costa de la Muerte o en Caminha, del lado portugués del Miño. Pero sí sé que a la casa de Ángeles Pérez siempre podré, como el viajero de Italo Calvino, llegar una noche de invierno, y eso apacigua mi alma y alienta el extraño fulgor del mundo.

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