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Faro de Vigo

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La prisa por llegar a ninguna parte

Erea Louro

Admirado me quedé el otro día cuando, leyendo un suplemento semanal sobre el creciente protagonismo de la mujer, supe de una tal Tavi Gevinson que, con solo 13 años, se había convertido en un referente para la industria de la moda. Su blog le dio tanta popularidad que ya fue portada del New York Times y en 2009 se sentaba en la primera fila del desfile de alta costura de Christian Dior, invitada por John Galiano. Pasé la página y me encontré con la gallega Erea Louro, a la que no le llevó a destacar en el mundo de la moda su carrera de Comunicación Audiovisual sino un blog en el que decidió un día de 2009, con 21 años, colgar sus fotos. Tavi Gevinson es hoy, con 25 años, actriz de la serie Goosip Girl y nuestra Erea, que lo hace muy bien, ha tenido que dejar su trabajo porque no podía compaginarlo con los viajes y eventos como instagramer o influencer. Son casos significativos de lo que mi admirada Elvira Lindo llamó el otro día “edad de la impaciencia” o la sociología actual denomina como cultura de la inmediatez.

Allá ellos, a mí ya no me toca, no tengo que readaptarme a este nuevo mundo de velocípedos porque no estoy en el mercado, no tengo que competir con nadie para llevar el caldo a casa y puedo pasar los años que me queden sin salir de mi medio ambiente cultural, al calor de las sentencias de nuestros abuelos cuando decían eso de “vísteme despacio que tengo prisa”. Yo siempre creí que el paso de los años, el poso cultural, la experiencia profesional era algo sustancial y que las cosas bien hechas requerían un tiempo. Parece que hoy no, y hasta que hubiera un sentimiento de desprecio hacia el esfuerzo y el trabajo dedicado y minucioso ¿para qué si es para obtener un resultado que se puede lograr en cuestión de segundos diciendo estupideces por medio de la pantalla y las nuevas tecnologías? Mira a estos jovenzuelos que crean opinión en las tertulias televisivas cuando aún no han tenido tiempo de labrarla para ellos.

Tavi Gevinson, hace 12 años, cuando ya tenía un blog cotizado.

Mira a los que triunfan con ganancias millonarias en las redes relatando no sé que juegos que siguen adolescentes extasiados. Hoy tu nieto no se asomará al balcón de su casa a ver pasar gente de carne y hueso si tiene un celular entre las manos, ni mirará al paisaje si va en un coche o en el asiento de un tren porque tiene sus ojos absortados en el mundo virtual de un teléfono inteligente. Hoy invitan antes a una influencer veintiañera a un desfile de modas o a un concurso gastronómico que a un periodista o a un gastrónomo porque, sobre el saber, triunfa la inmediatez entre las jóvenes audiencias de las redes. Y es que éstas y quienes las manejan, cada vez más están siendo objeto – y objetivo – de las grandes comunicaciones de las marcas. Instagram, Facebook, Twitter, posts en blogs son el nuevo paraíso.

La prisa es una trampa del tiempo pero la sociedad se está llenando de adictos al corto plazo, a la recompensa del ahora. Es lo que toca aunque a mí, por fortuna, no me toca. Alguna ventaja tenía que tener la edad. Cada vez se impone más la idea de que no eres nadie si no tienes presencia en Instagram, Twitter o Facebook (que pronto serán sobrepasados por otras redes) y en esta era de la insensatez hasta los políticos dan la impresión de pasar más tiempo en Twitter que trabajando, mientras los periodistas se esfuerzan por compartir ahí las ideas claves de sus artículos, aceptando no pocas agresiones de esos tipos  que proliferan en las redes y las llenan de odio, primitivismo y banalidad. Entiendo a los que se sirven de ellas para su supervivencia laboral o la de su aburimiento, dar vida a su anonimato o ampliar su mundo comunicativo. Yo, que pasé 45 años en el día a día del periodismo aunque parapetado los 5 últimos  en la columna y sin meterme en la brega de la noticia, me felicito por no haber entrado nunca en esas redes y no responder a quienes no tienen cara, redes que encumbran pero también mandan al psiquiatra. Ya lo dice Calamaro: la gente está apurada por llegar a ningún lado. Allá ellos, yo me bajo en esta parada.

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