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Cultura en la era del neoliberalismo

Un ensayo de Alberto Santamaría analiza las relaciones de las artes, desde el punk rock a la poesía, con la economía y la política

Disco de The Smiths, en una feria de segunda mano FDV

La relación de la cultura con la política y la economía ha sido una constante a lo largo de la historia. Entre el marxismo y el neoliberalismo, durante los siglos XIX al XXI esta relación se ha intensificado y en ocasiones la política y la economía han utilizado la cultura como arma de una guerra ideológica. El filósofo Alberto Santamaría estudia estas relaciones en su ensayo “Políticas de lo sensible. Líneas románticas y crítica cultural” (Akal), donde desde el punk-rock al expresionismo abstracto y de la poesía de María Zambrano, Alejandra Pizarnik y T.S. Eliot a la propaganda en los medios de comunicación, trata de analizar las consecuencias de estas relaciones para la cultura.

El capítulo inicial lo dedica Alberto Santamaría a analizar los mensajes de la cultura musical punk y postpunk a través de dos grupos representativos de ese movimiento, The Smiths y Joy Division. Cuenta el autor que el 4 de junio de 1976 un adolescente Steve Morrisey estaba en el concierto que ese día dieron Sex Pistols en Manchester y que escribió para New Musical Express una carta muy crítica contra su música. Morrisey era admirador de New York Dolls, de Patti Smith, de Iggy Pop y de los Ramones y decía que Sex Pistols y el punk británico iban muy por detrás del que se hacía en América. Para remediarlo Morrisey formó su propia banda, The Smiths, con la que pretendía elaborar un nuevo discurso a partir de los restos del naufragio del punk. Era el suyo un discurso nihilista extremo, con netas influencias de Nietzsche, con el que Morrisey quería reemplazar definitivamente el mensaje subversivo de las bandas de los sesenta y la contracultura hippie e identificarse con la clase trabajadora que, al igual que los jóvenes, no veía un futuro esperanzador en un contexto marcado por el auge del neoliberalismo thatcheriano. Al “God Save the Queen” de Sex Pistols, The Smiths proponían “The Queen Is Dead”.

La derecha se ha apoderado del discurso político de arte. El autor pone como ejemplo el del expresionismo abstracto

En Manchester, la misma ciudad de Morrisey, nacieron los fundadores de Joy Division Ian Curtis, Bernard Edward y Peter Hook, todos ellos en 1956. Ese año –destaca Alberto Santamaría- fue el mismo que en esa ciudad se pudo ver “This is tomorrow”, una exposición que cambió la forma de mirar el arte contemporáneo y que influyó en los movimientos de las décadas siguientes, entre ellos el musical. Eduardo Paolozzi y Richard Hamilton eran dos de los artistas que colgaban sus cuadros en aquella exposición. Ambos habían inventado el arte Pop con “Yo era un juguete de un hombre rico” y “Exactamente ¿qué es lo que hace a los hogares tan diferentes y tan atractivos?”. Pero 1956 fue también el año en que nació una nueva teoría sobre la esquizofrenia que la consideraba una patología comunicacional más que un proceso síquico. La cuestión es que Joy Division hicieron de estos dos factores (la nueva manera de contemplar el arte y la esquizofrenia) los componentes de su obra musical con el fin de generar una música en la que una respuesta esquizofrénica retratase hasta sus últimas consecuencias su ciudad, un Manchester deprimido, degradado y siniestro, víctima del capitalismo industrial y el urbanismo salvaje. Sin futuro. Las letras de Ian Curtis también registraban influencias de aquellos autores que formaban parte de sus preferencias: J.G. Ballard, William Burroughs, Kafka. Los gustos literarios explican el origen del nombre del grupo, Joy Division, título de un capítulo de la novela “House of Dolls”, escrita por un superviviente de un campo de exterminio que narra la historia de una niña judía utilizada como esclava sexual en Auschwitz. Uno de los temas de Joy Division”, “No Love Lost”, incluye un párrafo literal de esta obra.

EL EXPRESIONISMO ABSTRACTO Y LA POLÍTICA

Alberto Santamaría asegura que la derecha se ha apoderado del discurso político del arte, aún de aquel más revolucionario. El ejemplo que utiliza es el del expresionismo abstracto, desde el que Jackson Pollock, Rothko o Willen De Kooning trataron de superar las fórmulas de las vanguardias europeas sin advertir que su éxito internacional se debía al apoyo del Gobierno americano y a la CIA en el marco de la Guerra Fría, para enfrentarlo al Realismo Socialista de la URSS. Fue la CIA la que organizó las primeras grandes exposiciones de la New American Painting en Europa en las que se dio a conocer el expresionismo abstracto, un arte ideal para mostrar lo rígido, estilizado y estereotipado que era el Realismo Socialista y que al mismo tiempo facilitaba la llegada del Pop-art. A través de los valores de la creatividad en estos estilos, los Estados Unidos tenían que demostrar que eran un país de libertades. El tránsito de la obra de Rothko y Pollock, con una fuerte carga social, hacia la abstracción, se debió más a motivos sociopolíticos que artísticos, sin que los artistas fueran conscientes.

En fin, el autor utiliza el extraño museo de objetos rituales y etnografía del general Pitt Rivers en la Universidad de Oxford, las representaciones en el arte de actitudes como la risa y el ensimismamiento, el concepto de lo sublime tecnológico y los escritos de Karl Marx sobre España, entre otros temas, para justificar las relaciones de sumisión del arte y la cultura en general a la economía y a la política.

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