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Vulcano se va, pero no se olvida

El archivo histórico del astillero encuentra refugio en Gaiás ante la inminente desaparición de la factoría

Dos empleados, en la oficina técnica, en 1966. A.V

Dos empleados, en la oficina técnica, en 1966. A.V

Nada dura para siempre, pero en nuestras manos, más que en nuestra memoria traicionera, está que todo se recuerde. La histórica empresa viguesa Factorías Vulcano cuenta los días para echar el cierre cien años después de su fundación. Solo un improbable giro de los acontecimientos evitará su liquidación y, esta vez, no se espera ningún chaleco o bote salvavidas lanzado por algún buque. En las instalaciones del centenario astillero, ubicado en el barrio obrero de Teis, no queda casi nadie. Las explanadas industriales y su maquinaria están paradas y los despachos prácticamente vacíos. No obstante, en las estanterías de sus habitaciones, incluso en algún trastero abuhardillado sin luz, como los de antes, en los que es necesario deformar la espalda al estilo del Jorobado de Notre Dame para poder pasar, se conserva un archivo histórico inmenso que, si no llega a ser por el afán de sus todavía trabajadores, hubiese terminado, en el mejor de los casos, en un contenedor de reciclaje.

Los administradores concursales les dijeron a los empleados de Vulcano que "la empresa había muerto a efectos jurídicos y ya no podía existir documentación relacionada con ella y que tenía que ser destruida", cuenta María Jesús Pereira, asesora jurídica del astillero desde 1993. A partir de ese momento, empezó un trabajo incansable por encontrar un destino a todo ese material. Finalmente, en vez de desaparecer, gracias al apoyo de historiadores de Vigo y el contacto con universidades, su nueva casa será el Archivo de Galicia, emplazado en la Cidade da Cultura de Gaiás (Santiago). María Jesús expresa así su alegría y satisfacción: "Se lo van a llevar todo. Ya estuvieron aquí para valorarlo. Van a ser varios tráileres, porque es muchísimo. A ellos les va a llevar años clasificarlo, pero esperemos que el día de mañana sirva de algo. Es historia de Galicia".

Los últimos, aproximadamente, 15 años el depósito del archivo es completamente digital, pero el acumulado en sus anteriores 85 es fundamentalmente analógico. El registro en papel cuenta con carpetas técnicas, navales, comerciales, de ingeniería o del departamento de calderería, pero también está dotado de documentos sociales, como partes médicos, estudios de enfermedades profesionales y, por supuesto, fotografías significativas de la larga vida del astillero. "Vigo le debe a Vulcano no solamente los años de historia, sino el desarrollo social y económico de la ciudad. Le debe mucha cultura", apunta Casimiro Conde, trabajador en la oficina técnica de calderas desde 1963 hasta 2008.

El currículo de Vulcano quedará manchado por sus deudas millonarias, tremendos expedientes de regulación de empleo e impago de salarios, pero también enaltecido por una serie de hitos sociales, pioneros en la ciudad, como la lucha sindical, de reivindicación permanente, la construcción del primer economato -sustento de muchas familias hasta la llegada de las grandes superficies- o las cooperativas de viviendas. Fernando Riveiro, operario del departamento de calderas durante 48 años, vive en uno de los 61 pisos levantados en 1967 en Travesía de Vigo. Después se produjo la edificación de nuevas torres en el barrio de Coia, donde hay cerca de 200 casas protegidas, o en la calle Martínez Garrido: 44 hogares. "Se atracó a un ministro para hacer las viviendas de Coya, a Licinio de la Fuente. Se le atracó literalmente y de aquella dio un presupuesto de ocho millones de pesetas", recuerda José Ramón Ballesteros, empleado de recursos humanos y también miembro longevo de la plantilla de Vulcano: de 1965 a 2014.

Desde el primer momento, Vulcano fue una empresa modelo, totalmente vanguardista en los derechos de los trabajadores, a quienes impartió incansablemente cursos formativos. Estuvieron amparados hasta el día de su retiro por un asistente y un fondo social y un servicio médico personalizado. Asimismo, dentro del recinto del astillero, también funcionó un quirófano y unas salas de rayos equis y de rehabilitación, siempre con médico y enfermero titulados. "En 50 años no pisé la seguridad social. A mí me conocen ahora", confirma Casimiro. En Vulcano también se hicieron exposiciones de pinturas, organizadas por un Comité de Cultura, y donaciones multitudinarias de regalos el día de Reyes Magos, para las familias que tenían difícil acceso a ellos. "Yo me vestí de Baltasar", grita levantando el índice Casimiro. Por su parte, Flora Fernández, una de las últimas personas en jubilarse, el pasado octubre, fue una de esas niñas que primero recogió los presentes y más adelante los entregó. Entró a trabajar por primera vez con 16 años; antes lo habían hecho su padre, sus tíos, sus hermanos, y luego su primo, su cuñado y su sobrino. "El primer día casi me muero. Me metieron en una oficina llena de hombres. Me fui para casa llorando. Le dije a mi madre que no volvía. Y volví 50 años", comenta.

José Ramón, Fernando, Casimiro y Flora son pinacotecas andantes que podrían estar hablando una eternidad de lo que les ha ofrecido Vulcano. De hecho, varios aún se reúnen una vez a la semana. Sus voces carraspean y en la conversación de casi dos horas se escuchan más tosidos que en el silencio de un teatro. Aun así, "de momento" tienen "la cabeza bien amueblada", ríe Fernando. Los cuatro hablan de las familias de los otros como si fueran la suya; quizá sea porque todas formaban una única: "Vulcano no fue una empresa, fue una familia, esa es la gran diferencia. Una empresa de personas más que de trabajadores", revela Fernando, hablando ya de la sociedad en pasado. Esa unión, relata Casimiro, se mostraba en una publicación mensual: "Cada vez que Enrique Lorenzo -el director- salía de viaje y volvía con el encargo de un barco, era una ilusión para todos, una celebración. Eso se reflejaba en una revista que se creó dentro de la empresa. Se anotaba la vida de cada uno, hasta la fecha del que se casaba. De todo". "Él nos hacía entender que la empresa también era de los trabajadores. Por eso el sentimiento es grande", indica Fernando.

El astillero se despide de la actividad con 70 trabajadores en nómina, pero llegaron a ser un millar, nada menos. "A mí, cuando entré en el año 65, mi padre en la puerta me dijo: 'Aí dentro non eres meu fillo, pero que non me den unha queixa túa'. Eso te marca", expresa José Ramón, casi entre lágrimas, y agrega: "Para entrar en Vulcano o eras familiar, o jugador de balonmano o futbolista. El 90% de la plantilla era así". Casimiro estuvo en el juvenil del Celta y en conjuntos de Tercera como el Turista, el Alondras, o el Choco, pero también jugó en el equipo de fútbol de la empresa, que logró el subcampeonato de España en el Torneo Interempresas de 1976. También hubo sección de atletismo: "Eulogio González, 'Vavá', que trabajó con nosotros, fue campeón del mundo militar", confiesa José Ramón. Eso sí, el equipo deportivo propio de Vulcano que marcó un hito de verdad fue el de balonmano. Formado en su mayoría por obreros del astillero, fue el primer equipo gallego en ascender a la División de Honor del balonmano español, en 1969. Según José Ramón, "en Vigo no ha habido ningún equipo que lo igualara. De aquella se codeaba con el Atlético de Madrid y el Barcelona. El Octavio, que fue el siguiente, no alcanzó su nivel".

Todos coinciden que hubo un momento en la vida de Vulcano que supuso el principio del fin: el accidente de coche del presidente Fernando Santodomingo en 2004. "Después no hubo empresario", lamenta Fernando. La quiebra de su filial Juliana y la desconfianza posterior del sector fueron dos golpes de los que realmente nunca se repuso. Pese a todo, a la pregunta de si se ha hecho lo suficiente por salvar a Vulcano, todos responden al unísono: "No".

"Esta empresa fue mi universidad, mi vida aquí fue un aprendizaje continuo", declara Flora. José Ramón asiente a su compañera: "En la vida había dos formas de aprender, yendo al CUVI o viniendo a Vulcano". "Cuando entré con 17 años ya pensaba que iba ser mi único trabajo. Para mí era vitalicio. Y así fue", reconoce Casimiro. Fernando, por su parte, es como un zumo de naranja recién exprimido, porque todavía no ha perdido las vitaminas: "Yo no he dejado de levantarme a las seis de la mañana. Vulcano fue mi hogar. Pasé más horas aquí que con mi mujer y mis hijos. Lo recordaré toda mi vida, hasta que me muera. Si me llaman ahora para ayudar o trabajar, vengo gratis". Flora dice: "Yo también".

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