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Un inciso

La que has ‘liao’, pollito

Llego a entender la imprudencia de los jóvenes; todos tuvimos su edad y ansiamos la normalidad. Pero con el pasotismo en los cribados no trago

La que has ‘liao’, pollito

La que has ‘liao’, pollito Grobas

La meditación no es lo mío. O quizás no soy lo suficientemente constante como para practicarla con resultados. Mi mente no consigue quedarse en blanco… jamás. Si lo intento, termino enumerando la lista de tareas que tengo pendientes o aprovechando cualquier estímulo para iniciar una cadena de pensamiento, por banal que esta sea. Trato de ejercitar eso del aquí y ahora, repitiéndolo para mis adentros como si fuese un mantra. De vez en cuando me funciona como evasión de algún comecocos, aunque termina siendo –esta es mi teoría– un ahora no me rayes con eso que ya lo afrontaré después. Quizás soy demasiado simple. Pensémoslo: anclarse en el momento presente. Vale, puede funcionar para no anticiparse a problemas futuros porque, al fin y al cabo, el porvenir es incierto. Pero, ¿y el presente? No nos engañemos: ¿quién quiere agarrarse a este presente?

Cuento varias veces hasta diez para que el enfado no se ponga al volante en el arranque de este día. Trato de “conducir” con paciencia llevándolo de copiloto pero, al final, termino dando un imaginario volantazo y uniéndome a él sin remedio. Me he levantado temprano, como cualquier mañana, aunque sé que hoy no voy ni a salir de casa, pese a que vaya a cumplir religiosamente con mi jornada laboral. Este es mi cuarto confinamiento. ¡El cuarto! Y eso sin contar algunos aislamientos de dos días a la espera de que un palito confirmase que el trancazo de mis hijos era solo eso: tos y mocos. Los intentos por conciliar este verano terminaron con los niños aislados por contacto con un positivo en el campamento. No podía ser de otra forma, dados nuestros antecedentes familiares. Los pobres terminaron las vacaciones de 2020 confinados 14 días por el contacto en una escapada de fin de semana de turismo rural; luego se quedaron sin colegio otras dos semanas porque yo misma me infecté de COVID-19 y, con un intervalo de dos días de ansiada libertad, regresaron a casa otras dos semanitas por el contagio de padre. Sus naricillas deben de tener el tabique tocado y hundido ante la triste marca de nueve PCR que llevan en estos momentos cada uno. Vamos, que si salimos bien de esta, nos licenciamos cum laude en pandemia.

Con este panorama y en plena ola de calor, el mosqueo es monumental. Y lo es porque no puedo evitar enervarme cuando veo que el coronavirus se vuelve a subir a la cresta de la ola –la quinta ya– aupado por los jóvenes.

También tuve 18

No quiero que se me malinterprete: he tenido 18 años y he ido a botellones. He saboreado la rabia y la impotencia en la boca cuando te dicen “hoy no sales” o cuando ves cómo tus amigos preparan la mochila para irse a Baltar de camping y tú te das de bruces con la imagen del dedo de tus padres balanceándose de un lado para el otro. Por tanto, hasta puedo entender que las ansias de libertad y normalidad nos hagan pagar a todos el injusto peaje de ver cómo, cuando casi parecíamos rozar con los dedos la vida que conocimos, todo se venga abajo. Puedo llegar a comprender la imprudencia, pero el pasotismo...eso otra cosa, señores. Con eso sí que no trago.

Dejo al margen la media de edad de los infectados. Aparto el hecho de que sean muchos los confinados por las ganas de marcha de otros. Obvio la rabia de que algunos que se creían ya inmunes hayan visto cómo su escudo se resquebraja y caen en manos del enemigo. Trato de no pensar en quienes han peleado desde primera línea contra este maldito virus y se ven otra vez en la obligación de reiniciar la lucha porque hemos permitido que el SARS-CoV-2 nos pille con la guardia baja, celebrando una victoria que todavía no teníamos amarrada. Sin embargo, no puedo mirar para otro lado ante las cifras de participación de los jóvenes en los cribados que buscan desenmascarar casos asintomáticos para evitar que continúe expandiéndose este bicho inmundo. ¿Pero qué narices os pasa? ¿Cómo os atrevéis a estas alturas de la película, después de todo lo vivido, a pasar de todo?

Los datos

Vayamos a los datos. El 15 de julio el Área Sanitaria de Santiago e Barbanza –a la que pertenece A Estrada y toda la comarca de Deza– realiza un cribado poblacional en el que se cita a 3.400 personas de entre 16 y 20 años. ¿Cuántos acuden? Pues en una población avanzada, racional y consecuente, lo normal es que la respuesta fuese fácil: TODOS. Pues no. Solo acudió el 44%. Penoso. ¿Qué pasa? ¿Qué el virus no afecta al 56% de los que han preferido quedarse en su casa rascándose la barriga? Estamos a mediados de julio… ¿cuántos podrían presentar un justificante laboral o de asistencia a examen?

Sábado 17 de julio. Otro cribado para jóvenes de entre 16 y 29 años de A Pobra, Porto do Son y Ribeira. Acude el 54,11% y saltan 27 positivos. ¿Qué pasa? ¿No vieron el mensaje? ¿Justo ese día nadie llevaba el móvil encima? No me fastidien.

Los padres

Ser madre o padre es tremendamente complicado. Al menos a mí me lo parece. Por eso me dan pena esos padres que se ven estos días en la tesitura de explicar que sus hijos se fueron de camping o de fiesta y que se trajeron el bicho a casa. Entiendo que no hayan podido decirles que no, aunque la palabra imprudencia resonase en su conciencia con mucho eco. La vida normal quiere imponerse y todos, absolutamente todos, tenemos ganas de que lo haga.

No escupas, que cae. Se lo tengo escuchado a decir a mi padre muchas veces, hasta que siendo madre entendí que es mejor mantener la boca cerrada y no decir qué harías en el lugar de otro progenitor. Pero sí puedo decir lo que haría como la joven que fui. Y, sinceramente, se me hubiese caído la cara de vergüenza si fuese tan cobarde y tan poco cívica como para quedarme en el parque comiendo pipas si me pidiesen, en plena pandemia, tres segundos de mi tiempo para hacerme una prueba por el bien de todos. ¿Con qué cara podría mirar a un médico como paciente después de haberme fumado la cita? ¿Con qué jeta miraría a mis abuelos, que pasaron meses encerrados con miedo después de haber trabajado y luchado toda su vida? ¿Con qué rostro podría mirar al familiar de una víctima del COVID-19 que peleó como un jabato hasta su último aliento?

No hay excusas

Así que sí. Estoy enfadada. Y mucho. Sé que hay muchos, muchísimos, jóvenes responsables. Puedo entender sus ganas de diversión aunque, a estas alturas de la película no me valen las excusas del “yo es que no sabía que tenía que quedarme confinado”. Vivimos en la sociedad de la información, señores. El que no sepa cómo hay que actuar ahora mismo para tratar de protegerse –ojo, que digo tratar– o qué ha de hacer si presenta síntomas compatibles con la infección o estuvo en contacto con un positivo solo tiene dos argumentos válidos: se ha pasado el último año y medio en otro planeta o le importa todo un comino, es un egoísta y un desconsiderado. Todo lo demás no me vale. Ni a mí, ni a nadie que quiera terminar con esta pesadilla de una santa vez.

Mi madre siempre ha dicho de mi hermano y de mí que somos sus pollitos. Puede que suene cursi, pero es una comparativa muy extendida. Así que, enfadada y confinada, puedo entender a las madres que, cuando su hijo adolescente llega a casa contagiado después de una noche de farra no puedan evitar mirarlo y decirle como aquel niño de un vídeo que se volvió viral: “la que has liao, pollito”. Sin embargo, se me hace más difícil digerir que cuando se cita a los polluelos a un cribado para salvarse todos de terminar asados para la cena de Navidad, mamá gallina levante su ala y camufle a aquellos que siguieron picando maíz en lugar de atender a la llamada. Por favor, no seamos gallinas.

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