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Los hosteleros afrontan con resignación otras restricciones que ven “injustas” e “ilógicas”

Comedor, ayer, de un restaurante de Silleda y terraza en Lalín. | FOTO: BERNABÉ/ JAVIER LALÍN

Transcurrido algo más de un año del comienzo de una pandemia sin precedentes, para el análisis de la situación sanitaria han aparecido casi tantos expertos como setas salen en el bosque en otoño. En una cuestión tan seria como la salud de la gente los creadores de opinión, en ocasiones, no han contribuido más que a frivolizar sobre formas de transmisión del coronavirus, aparte de los negacionistas, que se aferran a argumentos cuando menos singulares. En ninguno de estos grupos habría que situar a los hosteleros, quienes, aludiendo a informes técnicos aseguran que al sector no debe achacarse la propagación del coronavirus SARS-CoV-2 entre la población.

Clientes, ayer, en una terraza de Lalín. // Bernabé/Javier Lalín

Ayer entraron en vigor las nuevas restricciones decretadas por la Xunta para los municipios de Lalín y Silleda –ambos se sitúan en nivel medio por el aumento de casos activos– y estas medidas son asumidas por el sector con un sentimiento que aúna malestar y resignación. Dueños de restaurantes y bares están hartos de que siempre se fije el foco sobre ellos cuando se produce un alza en los contagios, que, al mismo tiempo, las autoridades atribuyen en muchos casos a brotes familiares o por contactos no permitidos entre grupos de personas. Lalín y Silleda estaban hasta ayer en el nivel mínimo de restricciones y ahora se sitúan en el medio. ¿En qué cambias las normas? Básicamente en que la hostelería tiene limitado el aforo en el interior de sus negocios al 30% y al 50% en las terrazas.

Amargura

Álex Iglesias, cocinero del restaurante Cabanas y responsable de la comisión de hostelería de Lalín, apunta algunas de las claves: un menor aforo y limitaciones horarias no implica que las casas de comidas puedan prescindir de personal esencial como cocineros, ayudantes o camareros. Es decir, los gastos fijos se mantienen, pero los ingresos caen por cuestiones que no se le escapan a nadie. Con estos cambios normativos y los ajustes en las plantillas de los negocios las visitas a las asesorías con cotidianas para incorporar de los Expedientes de Regulación Temporal Empleo (Ertes) a empleados. “Cumplimos con todas las medidas de seguridad y está demostrado, no porque lo digamos nosotros sino por estudios, que los índices de contagio en la hostelería son mínimos”, señala. “Ya no sabes cómo actuar y la sensación que tenemos es de amargura”, comenta Iglesias, después de contactar con varios colegas de oficio. La improvisación obligada es la tónica predominante de un sector que no sabe en qué condiciones abrirá la persiana al día siguiente.

Débora Lais de Almeida es la propietaria del restaurante O Camiño, en el núcleo urbano de Silleda. Reconoce que con los constantes cambios en los aforos están constantemente con la calculadora en la mano y moviendo mesas y sillas para cumplir escrupulosamente con la normativa de la Xunta. “Nos marean y en el caso de Silleda no veo por qué hay que volver atrás, ya que los casos están controlados”. En su amplia terraza desde ayer solo puede habilitar cinco mesas y dentro de su negocio atender a un máximo de una veintena de comensales. Otro incordio, dice, es renovar la cartelería informativa sobre el aforo disponible, tanto para las autoridades, como para los clientes. “Siempre miran para nosotros, para la hostelería y estamos cumpliendo con todas las medidas y respetando las distancias; los contagios no salen de aquí, así que no tiene lógica”, lamenta.

No fumar en la calle

En el límite territorial entre los dos municipios dezanos, aunque ya en Silleda, Manuel Outón regenta el histórico restaurante Ponte Taboada. En su opinión, la limitación del horario de cierre a las 23.00 horas ya no tenía sentido porque la clientela se desmotiva y no reserva debido al escaso margen que tiene para cenar. “Si quieres trabajar por las noches hay que quitar a gente del Erte y, ¿para qué?: el viernes tuve dos personas y el sábado, una docena”, aduce. Outón señala que el sector es el primer interesado en cumplir las normas pues un contagio en un local acaba por hundirlo debido al temor de la gente. “Guardamos la distancia entre mesas y casi no nos relacionamos con gente, pero parece que no sirve de nada”. A su juicio, es ridículo que se meta tanta presión a los negocios, cuando en la calle los clientes pueden fumar sin problemas pues atribuye a los aerosoles la principal vía de contagio y apostaría por la prohibición de encender un cigarro en espacios públicos.

El reto de cocinar y cenar a contrarreloj

La normativa específica para los negocios con licencia de restaurante permite a estos establecimientos tener sus puertas abiertas hasta las 23.00 horas, que coincide con el toque de queda, mientras que los bares deben desalojar a sus clientes a las nueve de la noche. La mayoría de la gente que reserva mesa para cenar para llegar a esta hora y en consecuencia tiene 120 minutos para comer y llegar a casa. Este casuística ocasiona un nivel de estrés sin precedentes en las cocinas pues las comandas entran pasadas las 21.00 horas y hay que sacar los platos con premura para que el comensal disponga de un tiempo razonable para cenar.

La cocina del resaurante Cabanas de Lalín. // Bernabé/Javier Lalín

Hay negocios que han tenido que ajustar sus cartas y el personal de sala recomienda a los clientes los menús casi en función de la hora de llegada, porque un plato elaborado en un cuarto de hora es imposible de sacar. Las ganas de socializar de la gente, después de más de un año con confinamiento o mirando el reloj mientras se toma una caña, provocan en casos aluviones de clientes que echan de menos salir a cenar con amigos o familiares. El menú no es lo de menos, pero a veces casi sí.

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