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Un inciso

La belleza de mi fea

La adversidad nos hace más sabios, aunque deje cicatrices. Un año de pandemia nos enseña a valorar una hermosura de la vida que no veíamos

Imagen de la céntrica calle Calvo Sotelo desierta durante el confinamiento./  Bernabé/Javier Lalín

Imagen de la céntrica calle Calvo Sotelo desierta durante el confinamiento./ Bernabé/Javier Lalín

Aquel iba a ser un fin de semana para celebrar la vida. Desde hace unos años, tras encajar varios golpes seguidos en el estómago y seguir apretando para no facilitar el daño al siguiente, las Neira creamos una tradición: nos dedicamos un fin de semana para disfrutar de seguir juntas. Es una escapada en femenino e intergeneracional, pensada para compartir –también a la hora del postre, que somos todas golosas– y, sobre todo, para que nuestras risas se dejen escuchar sin complejos. De ningún tipo. Reírse a gusto y a carcajadas es la mejor forma de aplaudir el simple hecho de seguir vivo. No se me ocurre otra forma mejor de espantar –y tratar de olvidar– los nubarrones.

Lugo era nuestro destino en 2020. Como siempre para la ocasión, teníamos una noche de hotel reservada y la mente abierta para ir improvisando la diversión sobre la marcha. Nuestro grupo de WhatsApp –resume la filosofía del evento anual: La vida es bella– ya calentaba motores. Sin embargo, la responsabilidad y el miedo a lo desconocido lo frenaron en seco, justo a las puertas de que se decretase el estado de alarma por la crisis sanitaria del coronavirus.

Tratando de hacer limpieza en mi teléfono móvil, ayer me animé a borrar muchos chats, simplemente por acallar la alarma que siempre me roba ese ‘momento foto’ por falta de espacio. Me topé con el grupo y, en él, con mis propias palabras. No cambiaré ni una coma: “Buenas a todas. Os voy a exponer un tema que me está agobiando mucho, a mí y a todo el país. Desde hoy se van a endurecer las medidas por el coronavirus. A nadie más que mí le apetece esta escapada, pero me planteé si sería algo imprudente, no por nosotras mismas. No hace falta que os diga más. Acaban de suspender las clases desde el lunes”. Y aquel jueves empezó todo. Así comenzaron las cancelaciones, la incertidumbre, el miedo y el veto a las expresiones de felicidad y de celebración de la vida.

La vida se ve más fea

Se cumple un año de todo aquello. Ni imaginar podíamos lo que se nos venía encima cuando hicimos aquella cancelación. Nuestras sonrisas no se verían ahora, ocultas bajo la mascarilla (menos mal que somos un poquito escandalosas, hasta el punto de avergonzar a las Neira millennials). No podríamos pedir la carta entera de postres con varias cucharitas: compartir está prohibido. No podríamos irnos de tiendas sin ducharnos en gel hidroalcohólico ni soñar con meternos en un spa o, simplemente, pensar en juntarnos todas alrededor de una mesa para compartir historias de ayer, preocupaciones del hoy y consejos para el mañana. La vida sigue siendo bella, pero parece más fea.

En un año todo se ha transformado. La normalidad se ha esfumado y hemos tenido que inventarnos otra. Habitualmente fijamos el inicio de la pandemia como el momento en el que se toma la decisión de decretar el estado de alarma. En mi humilde opinión, es un error. El coronavirus llegó a nuestras vidas cuando apareció en Wuhan, por muy lejos que se nos antojase. Surgió a comienzos de 2020, justo a tiempo para mantenernos con un pie bailando en las fiestas de Carnaval y el otro moviéndose con nerviosismo mientras veíamos cómo en China se construían hospitales en tiempo récord para acoger a tantos y tantos enfermos. Luego eran las morgues las que se quedaban pequeñas.

Primeros casos

Esta semana se cumplió un año desde que se detectó el primer caso de coronavirus en Galicia, concretamente en un hospital de A Coruña. No hicieron falta muchos días más para que llegasen hasta Deza y Tabeirós-Terra de Montes. El primero en A Estrada saltó el 12 de marzo. El mundo siguió girando, pero pareció frenar en seco. Todavía parece mentira que haya pasado un año, cuando muchas veces es fácil pensar que vivimos en el cinematográfico Día de la marmota. El balance en cifras nos devuelve a la realidad: este virus ha infectado a 113.312 gallegos en estos 12 meses; 106.901 se han curado y 4.168 continuaban ayer con infección activa. A otros 2.262 hubo que despedirlos por el camino, a muchos sin tener siquiera ocasión de decirles adiós. Menuda injusticia.

Nunca podría haber imaginado lo que vino después de aquellos primeros casos. De hecho, confieso que los primeros días me costaba asimilar lo que estaba sucediendo. ¿Cómo no íbamos a poder salir a la calle? ¿Qué había ahí fuera que nos mantenía encerrados cuando todo parecía normal? ¿Cómo iban a quedarse los niños un curso entero en sus casas? ¿Toque de queda? ¿En serio?

Recuerdo aquellas estampas apocalípticas de lineales arrasados en los supermercados o la lucha por una mascarilla, como si nos fuesen a gasear a todos y no tuviésemos con qué protegernos. No se me olvidarán tampoco las imágenes que me devolvía la ventana de calles desiertas y no me avergüenza confesar el miedo que sentía al poner un pie fuera los primeros días. Otras estampas que no se me olvidarán son las de aquellos tractores rociando las calles con lejía o las de operarios enfundados hasta las cejas fumigando en cada esquina.

Lemas y banda sonora

No tardaron en llegar los lemas. Del Quédate en casa al Todo irá bien. El ingenio trajo pronto la banda sonora de la pandemia, desde el revival del Resistiré hasta aquellos aplausos que nos conectaban a la sociedad desde ventanas y balcones, cada día a las ocho de la tarde. Médicos, enfermeros, limpiadores, cajeros de supermercado, policías, farmacéuticos o trabajadores del servicio de recogida de basura se convirtieron en los nuevos héroes. Por derecho y mérito propio. Las mascarillas pasaron de ser algo de frikis a convertirse en un complemento obligatorio y en un tan rentable como triste artículo de moda.

Y llegaron los abrazos rotos. Los besos prohibidos. Las miradas de reprobación, casi de odio, si alguien estornuda o tose en público. El miedo es libre y no atiende a convencionalismos sociales ni a diplomáticos disimulos. Las tecnologías se convirtieron en aliadas, pero también se llevaron aquello que nos hace humanos: el tú a tú; el piel con piel. La distancia social que al principio nos parecía una odisea llegó a interiorizarse tanto que en ocasiones –no voy a decir que no tengamos motivos para ello– se nos eriza la piel si alguien se acerca demasiado para llegar al estante superior en el supermercado.

Las fiestas se murieron, al menos ya no existen como las recordábamos. Los bares dejaron de ser lugares de reunión para convertirse en cabezas de turco. Hoy te abro, mañana te cierro. El cuantos más mejor dio paso a las multas si sois más de cuatro. El termómetro juró que hubo verano, pero las vacaciones no lo demostraron. Ir a la playa con mascarilla y un estaquillado como si los arenales fuesen un campo de minas solo puede reforzar el deseo de quedarse en casa. La vuelta al cole pasó de la ilusión por el reencuentro al pánico por el contagio, después de meses con los pollitos bajo el calor de la lámpara. Del vuelve a casa por Navidad pasamos al vuelve, sí, pero hazte antes una PCR. Qué mal quedaría el hijo del famoso anuncio de turrón entrando y mostrando su test negativo antes de abrazar a su madre entre lágrimas.

Bochorno

Por el camino hubo también momentos bochornosos que nos demuestran que el ser humano puede tener memoria de pez, escasa empatía y muy poca vergüenza. Por suerte, los casos son contados y se señalan para que no cunda el ejemplo. Pero los hubo, y todavía los hay. Políticos con acceso privilegiado y reiterativo a pruebas que al común de los humanos se le “vendían” bien caras; fiestas clandestinas en las que la mascarilla no estaba invitada; excusas estúpidas para no adoptar medidas de protección o bochornosos adelantamientos –por la derecha y con abuso de poder incluido– para poner el brazo y recibir antes que la plebe el deseado pinchazo de la inmunidad. Qué vergüenza ajena. Y aquí no pasa nada, oiga. El periódico de hoy envuelve el pescado de mañana –eso se decía antes– pero,por suerte, las hemerotecas tienen la memoria que a veces nos falta. No lo olviden.

El álbum de una pesadilla

Estoy recopilando fotos y artículos para que algún día mis hijos puedan recordar su vivencia de unos días históricos que cada noche deseo que olviden. Una época con confinamientos y toques de queda. La primera pandemia del siglo XXI, la primera desde aquella gripe española de la que podíamos leer casi creyendo que una situación semejante no tendría cabida hoy en día, en una era en la que el hombre viaja al espacio o se conecta con el otro lado del mundo a diario sin moverse del sofá. No somos tan adelantados como nos creíamos, ni tan intocables. Eso lo hemos podido aprender. Igual que este virus malnacido y cruel nos ha mostrado que no es necesario que corramos tanto cada día porque nos perdemos el camino. Al final, el SARS-CoV-2 nos ha mostrado este año que no tenemos que dar la vuelta al mundo para viajar; que basta con ir a disfrutar de un paseo por la playa más cercana o del paisaje fluvial que tenemos al lado de casa; que salir a la calle sin mascarilla, sintiendo como el viento nos golpea en la cara y el aire expande nuestros pulmones es, ya de por sí, un lujo; que abrazar a los nuestros y retarlos a una batalla de besos nos llena el corazón de felicidad; que brindar con nuestros amigos a cara descubierta y arrejuntarnos para hacer sitio a uno más es algo maravilloso; que no correr a lavarnos las manos si interactuamos con el prójimo es salud mental y que no tener que mirar el mapa cuando enfrentamos el mundo sin rumbo fijo es la mayor de las aventuras. Sin fronteras. Sin mascarillas. Sin distancias. Sin miedo. Sin límites. Esa era la vida que teníamos. Así era la rutina cuando éramos felices y no lo sabíamos. La COVID-19 nos ha cambiado en este año. De nosotros depende aprender las lecciones y levantarnos. La adversidad nos hace más sabios, aunque nos deje cicatrices. La vida, aunque a veces pueda parecer fea, está ahí para descubrir su hermosura, que siempre está en los ojos de quien la mira. Solo hay que verla sin miopía y abrazarla en la sencillez de disfrutarla sin cegarnos con conseguir cosas que creemos que la harán mejor. Siempre encuentro enseñanzas en las letras de Sabina: Paso de la falsa belleza igual que el sabio que no cambia París por su aldea y me abrazo a la verdad desnuda de mi fea. Pues eso. Amemos la vida pese al rostro feo que a veces nos muestra. Su grandeza y su belleza está en disfrutarla con sus imperfecciones.

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