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Faro de Vigo

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Historias irrepetibles

“La gente cree que soy una zapatilla”

Stan Smith, que da nombre desde finales de los años setenta a una legendaria línea de calzado de Adidas, conquistó hace ahora cincuenta años su único título de Wimbledon tras una final inolvidable ante el rumano Nastase

Stan Smith en Barcelona en 1972

Wimbledon arranca hoy una nueva edición de su torneo y sus sagradas pistas volverán a centrar la atención del mundo del deporte. Esta temporada se celebra el cincuenta aniversario de la única victoria que sobre esta hierba consiguió el norteamericano Stan Smith que en 1972 se llevó el torneo después de imponerse a Ilis Nastase en una agotadora final que fue considerada la mejor de la historia hasta la llegada del inolvidable Borg contra McEnroe ocho años después.

Hay miles de personas en todo el mundo que reconocen el nombre de Stan Smith pero son incapaces de identificar a uno de los grandes tenistas de la década de los setenta. Culpa de unas zapatillas de Adidas. Nacidas para las pistas de tenis pero que con la llegada de las nuevas tecnologías, pasaron a ser una prenda de vestir que aún hoy, casi cincuenta años después de su nacimiento, sigue siendo uno de los modelos estrella de la firma alemana. Una prenda minimalista, de cuero completamente blanca, que en vez de las tres bandas de Adidas lleva tres filas de pequeñas perforaciones. Su único elemento de color es el talón donde sobre fondo verde aparece el logo y el nombre de Stan Smith. La zapatilla había sido lanzada en 1965 con el nombre de Robert Haillet, un tenista francés de los años sesenta, pero tras su retirada en 1971 Adidas necesitaba a alguien que impulsara a la marca en el mercado tenístico y a poder ser en Estados Unidos. Todos los caminos conducían a Stan Smith, el espigado jugador nacido en Pasadena en 1946 y que tras practicar varios deportes se centró en el tenis cuando tenía quince años.

El acuerdo con Adidas, firmado en 1973 y que acabó por convertirse en uno de los negocios más jugosos de la historia del deporte, llegó justo después del mejor año en la vida de Stan Smith. La de 1972 no fue una temporada sencilla porque el tenis vivía una pequeña revolución a cuenta de la aparición de la WCT (World Championships Tenis), una asociación nacida unos años antes y que reunía a un puñado de los mejores jugadores del mundo, sobre todo australianos. El problema llegó cuando comenzaron a organizar sus propios eventos y a reclamar un dinero fijo por tomar parte en buena parte de los torneos más importantes del mundo. Al comienzo de 1972 se les sancionó y aunque no se tardó en llegar una pequeña tregua (aunque todo saltaría por los aires doce meses después), la sanción se hizo efectiva en las ediciones de Roland Garros y Wimbledon de ese año.

Para Stan Smith, aunque la situación fuese desagradable, suponía una gran oportunidad. Hacía tiempo que ya era uno de los grandes tenistas del mundo, pero su camino en los torneos de hierba siempre se había encontrado con un muro insalvable que era la legión de extraordinarios jugadores australianos que formaban Ken Rosewall, John Newcombe y Rod Laver. Ninguno de ellos estaría ese año en Wimbledon. Si había un momento para conquistar el torneo era ése. Además, el jugador norteamericano ya había estrenado su casillero de “grandes” al imponerse unos meses antes en el Open USA lo que siempre suponía una pequeña descarga de responsabilidad.

Smith, tras ganar la final
ante Nastase.

Smith, tras ganar la final ante Nastase.

En la edición de Wimbledon de 1972 pasaron pocas cosas que se saliesen de la normalidad, más allá de las clásicas interrupciones en el juego a causa de la lluvia. Apareció un joven llamado Jimmy Connors que supuso una inyección de aire fresco para el torneo y poco más. Los favoritos avanzaron con paso más o menos firme. Smith sentía que había jugado mejor un año antes donde solo había cedido un set antes de la final. Pero en 1972 fueron varios los jugadores que le exigieron un extra, sobre todo el checo Kodes (al que se impuso en la final del Open USA unos meses antes) y al que tuvo que remontar tras ceder el primer parcial. La cuestión es que el domingo 9 de julio se citaron en la pista central los dos principales cabezas de serie: el americano Stan Smith y el rumano Illie Nastase. Dos personalidades completamente antagónicas. Dentro y fuera de la pista. Eran el orden y el control del norteamericano contra la improvisación y el genio a veces descontrolado del de Bucarest.

El partido, como se esperaba, fue una batalla vibrante, una de las grandes finales de la historia de Wimbledon como así se la sigue considerando. Nastase entró mejor al partido y se apuntó el primer set, pero Smith dio buena respuesta. Su saque y volea funcionaban de forma perfecta y eso hizo que se apuntase los dos siguientes parciales. En ese momento, Wimbledon inclinó sus preferencias a favor del rumano con el deseo lícito de ver más tenis y Nastase correspondió a sus deseos igualando el choque y llevándolo al quinto y definitivo set. Era un momento especialmente delicado para Smith que aún tenía reciente la derrota doce meses antes en la final ante Newcombe en cinco sets. Comenzó perdiendo el primer juego pero a partir de ahí volvió a encontrar su mejor versión hasta situarse con ventaja de 5-4 y dos bolas de partido. Nastase, pese a lo delicado del momento, sacó de forma precisa y dos buenas voleas demostraron la clase de material de la que estaba hecho. Sacó adelante aquel servicio para igualar de nuevo la final entre el delirio de un público ya entregado a ambos. Smith ganó su saque con rotundidad y volvió a presionar al rumano. Nastase salvó una tercera bola de partido, pero ya no pudo con la cuarta. Se fue a la red como tantas veces, conectó una volea pero Smith le obligó una vez más y la bola se quedó en la red. El americano, el jugador que desde hacía un año era el número uno del mundo, saltó alborozado la red de la central de Wimbledon. Su sueño ya era una realidad. En aquel momento desconocía que sería el segundo y último grande que conquistaría en su carrera, pero en aquel instante seguro que no le hubiera importado demasiado.

Smith cerró el año 1972 con una actuación estelar en la Copa Davis

Smith aún viviría ese año otro episodio inolvidable también ante Nastase. En la final de la Copa Davis de esa temporada se vieron las caras Estados Unidos y Rumanía. Se mezclaba todo: el deporte, la política y el particular ambiente de esta competición que en el Club Sportiv Progresul de Bucarest (sede de la final) alcanzó extremos delirantes. En el partido que estrenaba la competición Smith –cabo del ejército norteamericano– se vio las caras con Nastase –a quien Ceaucescu había nombrado coronel en agradecimiento a sus servicios prestados–. Jugaron en tierra, en una superficie acondicionada para que fuese extremadamente lenta y penalizase por encima de todo al número uno del mundo. Pero Smith se repuso a las condiciones, al ambiente y a la presión exagerada que Nastase ejercía en el público y el árbitro. En un momento de discusión llegó a decirle que “esto está lleno de soldados armados y yo no me responsabilizo de lo que le pueda suceder”. La cuestión es que el tenis de Smith fue un enemigo demasiado grande. Ganó a Nastase con facilidad, ganó el doble al día siguiente con Tom Gorman y cerró el fin de semana pasando por encima de Ion Tiriac para conquistar la quinta Ensaladera de su carrera (ganaría siete antes de su retirada).

Stan Smith en un partido de exhibición contra Nastase recreando la final de la Copa Davis Reuters

Aquello fue lo que faltaba para que Adidas se lanzase a por él. Smith estaba entonces a punto de firmar por Converse pero frenó a tiempo. Su agente negoció para que su cara apareciera también en la lengüeta. Hubo un periodo de transición pero poco después Smith se adueñó de la zapatilla que no tardó en convertirse en la más popular del circuito. Con la llegada de los nuevos materiales y el avance de la tecnología parecía condenada a la desaparición pero la fiebre por las zapatillas “de paseo” le dieron una vida eterna. Hace tiempo firmó un acuerdo vitalicio con Adidas y hoy en día es complicado no salir a la calle y no cruzarse con alguien que lleve un modelo suyo. Aunque la mayoría de quienes las calzan no sepan quién es el señor de bigote que aparece en la lengüeta.

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