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baloncesto

Maribel Lorenzo, en el Salón de la Fama

La viguesa, capitana del primer Celta campeón de Liga, es uno de los ocho jugadores a quienes la Federación ha incluido en el estreno - Ella y Amaya Valdemoro son las únicas mujeres de una primera lista en la que también aparecen Epi, Corbalán, Martín, Emiliano, Navarro y Sabonis

Los reconocidos por la Federación, ayer en La Cartuja de Sevilla. | // FEB

El nombre de una viguesa reluce en lo alto del baloncesto español. Maribel Lorenzo se convirtió ayer en una de las primeras integrantes del Salón de la Fama con el que la Federación Española ha decidido rendir tributo a los grandes de su deporte. Un reconocimiento tras la retirada, una herencia del deporte americano donde ingresar en el Hall of Fame de cualquier modalidad es uno de los mayores reconocimientos que se pueden recibir. La Federación preside Garbajosa hizo una pequeña lista en la que aparecen clubes, dirigentes, entrenadores, árbitros e incluso un par de periodistas. Falta por conocer la lista de los primeros jugadores y a los que en años posteriores se irán añadiendo más nombres ilustres. Finalmente la elección incluyó a ocho jugadores que ayer recibieron su distinción en una ceremonia celebrada en la Cartuja de Sevilla. En categoría masculina aparecen Emiliano Rodríguez, Fernando Martín, Epi, Juan Antonio Corbalán, Juan Carlos Navarro y el lituano Sabonis, que tanto lustro dio a la liga española gracias a su paso por el Forum de Valladolid y el Real Madrid. En categoría femenina la Federación decidió incluir a Amaya Valdemoro y a la viguesa Maribel Lorenzo, estandarte del Celta campeón de Liga a finales de los setenta y uno de los primeros referentes femeninos que este deporte tuvo en España. Un justo premio para ella, pero también para la ciudad de Vigo, cuyo peso en el baloncesto resulta incuestionable.

Lorenzo lanza a canasta durante un partido en As Travesas.

Lorenzo lanza a canasta durante un partido en As Travesas. Magar

Maribel Lorenzo, nacida en 1947, había comenzado a jugar en las Carmelitas donde se encontró con Picuca Alonso, otro de los grandes nombres del baloncesto femenino vigués. Con 18 años llegó al histórico Estudiantes que más tarde desembocaría en la creación del Celta. Maribel estuvo en ese proceso y no tardó en convertirse en uno de los referentes en la cancha de un equipo que fue escalando posiciones en el baloncesto nacional hasta alcanzar por fin en 1965 el ascenso a la máxima categoría.

La viguesa, con su 1,85 de altura, se convirtió en el techo del baloncesto nacional, circunstancia que añadida a su progresión individual la convirtió en una de las protagonistas de la Liga española. El baloncesto se convirtió entonces en una religión en Vigo. El Celta comenzó a reunir una generación brillante de jugadoras que convirtieron el Central de As Travesas en un lugar de obligado peregrinaje. Y Maribel Lorenzo, la capitana, era la directora de aquella orquesta. Dentro y fuera de la pista. En 1974 el equipo alcanzó el subcampeonato de Liga (que trajó emparejada la primera participación en la Copa Ronchetti) y a la pivote le llegó el reconocimiento nacional con la convocatoria para la selección española. José María Solá, técnico del Marató, fue quien la incluyó por primera vez en una de sus convocatorias. Disputó con la camiseta de la selección dos Europeos (1974 y 76) y acumuló 37 partidos internacionales en un tiempo complicado, donde los grandes torneos estaban casi siempre vedados para el baloncesto femenino español.

Maribel Lorenzo conocería sus mejores días de su carrera precisamente en sus últimos años cuando en 1977 y 1979 conquistó sus dos títulos de Liga con el Celta, el equipo de su vida, el equipo del que de alguna manera se sentía responsable. Entendió la viguesa que no había mejor momento para la retirada que después del segundo título de Liga y tras perder la final de la Copa. Tenía 32 años y quería acabar con aquellos largos viajes de fin de semana y centrarse un poco más en su vida y en su familia. Por eso se apartó de la élite, pero no del baloncesto. Siguió jugando en el Círculo Mercantil para matar esa pasión que había nacido en ella cuando era una joven estudiante en las Carmelitas. Y fue entonces cuando sobrevino una de esas tragedias que conmocionan a una ciudad por completo. El 19 de abril de 1981 se estaba entrenando con sus compañeras cuando tras acabar la sesión se desplomó. La llevaron al ya desaparecido Hospital Xeral (Residencia Almirante Vierna de entonces) donde nada pudieron hacer para solucionar el trombo que había sufrido en el cerebro. Durante tres días estuvo ingresada, pero su cuerpo ya no reaccionó. El 22 de abril se oficializó su fallecimiento con solo 34 años. Vigo se lanzó a la calle para rendir tributo a una de sus heroínas, de sus pioneras, de las primeras responsables de que el deporte vigués disfrutara de mañanas y tardes de gloria. La ola de tristeza que invadió al deporte español fue inmensa. Se había marchado la primera “techo” del baloncesto nacional, una de aquellas jugadoras que comenzaron a sembrar donde no había casi nada, donde el deporte femenino era un terreno yermo, muerto, en el que nadie se quería aventurar. Todo eso decidió premiar el baloncesto cuando tomó la decisión de incluir a la viguesa en el estreno del Salón de la Fama.

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