15 de diciembre de 2009
15.12.2009

El central que pisaba distinto

Sebastián "Gallego" Méndez se retira

15.12.2009 | 01:20
Sebastián Méndez, en su etapa céltica. // Miguel Núñez

Los delanteros del mundo resoplan con alivio. Cierran los ojos y el mundo está en silencio. Ninguna locomotora traquetea ya en sus oídos. Era el sonido que poblaba sus pesadillas, el terromoto que convertía sus piernas en espigas trémulas. Sebastián Méndez, "Gallego" para el siglo por el origen de sus padres, ha colgado las botas a los 32 años. Con él, otra tesela del gran Celta abandona la cancha de tierra y césped para entrar en aquella más hermosa de la memoria.
"Méndez pisa diferente", aseguraba Víctor Fernández para explicar su confianza en un central tan contrario en apariencia al estilo refinado que el maño quería para sus equipos. Fue quién se lo pidió a Horacio Gómez en enero de 2002. Berizzo se había fracturado el tobillo en Mallorca. "Les dejo líderes", comentó con gracia el "Toto". El club cambiaba su sabiduría por el corazón del "Gallego". Quería inyectar garra a la defensa. No bastó para conservar aquella primera posición, aunque sí para pelear la Liga de Campeones hasta el cierre en Vallecas.
Méndez pisaba diferente en verdad. "El delantero lo escucha y se pone nervioso", proseguía Fernández. Era un galope poco vistoso pero veloz, de rodillas elevándose hasta el cielo para hincar después con fuerza los tacos sobre el firme. El "Gallego" aparecía siempre al corte con ímpetu suicida, gritando "no pasarán". La opacidad de su cuerpo rocoso frenó a contrarios y balones. Con nadie jugó tanto como con el aragonés en aquella media campaña: 11 partidos.
Si su participación disminuyó después con Lotina y Vázquez, no fue por que hubiese hipocresía en su juego. Nunca ha engañado a nadie. Méndez ha sido un jugador desnudo a primera vista. Hasta él mismo se reía de su torpeza con el balón en los pies. Ha sido profesional durante tantos años, pese a esa enemistad con el objeto del que nace el juego, porque también la valentía influye. Aunque a costa de coleccionar cicatrices.
Méndez se empleaba a tope en cada entrenamiento. Consciente de sus carencias, no se permitía ninguna relajación. "Sabe que tiene que estar siempre al cien por cien y arriesga demasiado", murmuraba uno de los cuidadores celestes al analizar las pequeñas o graves lesiones que el defensa encadenaba y que le lastraron en una competencia con sus compañeros que ya le resultaba complicada en igualdad de condiciones. Disputó 20 partidos en las dos temporadas con Lotina; 26 en las dos con Vázquez, aunque al santiagués le ofreció un rendimiento excelente en los choques más comprometidos de la pelea por el ascenso. Otra vez en Primera, cansado de su papel secundario, volvió a Argentino. Se fue también porque la familia añoraba el hogar, aunque con la devoción del celtismo en la maleta.
"Las gradas aprecian más el esfuerzo que el talento", sostiene Fernando Vázquez. En tal sentido, es lógico que la popularidad de Méndez siguiese intacta cuando reapareció en el campeonato de su país. Se había formado en Vélez Sarsfield, con el que le llovieron títulos (Apertura 95, Clausura 96 y 98, Copa Interamericana 1995, Supercopa 1996 y Recopa Sudamericana 1997), y cuyos aficionados le jaleaban al grito de "Méndez, Méndez, Méndez, huevos, huevos, huevos". De vuelta aterrizó en San Lorenzo, con el que vivió lo terrible y lo sublime. Él, que tan pocos goles marcó en su carrera y ninguno en liga con el Celta, incrustó en las mallas el balón que le dio al equipo el Apertura de 2007. Los analistas lo catalogaron como el mejor defensor del torneo.
"Se va por la puerta grande", titula la prensa argentina. Méndez ha sabido escoger el momento. Acaba de completar su brillante palmarés con otro título, el Apertura 2009, en las filas de Banfield. Acierta al escribir el último capítulo de su carrera porque el futbolista tártaro, de rapado legionario, es también el tipo sensible e inteligente, de voz suave. El hombre que acoquinaba a los compañeros si les intuía escaso compromiso leía a Saramago en las esperas de aeropuerto. El chico apacible de barrio, el de los ojos azules como la camiseta que honró, se impone en este divorcio de contrarios al tiranosaurio a la carrera que fue. Los amigos lo disfrutarán; los rivales respiran tranquilos.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook