19 de agosto de 2014
19.08.2014

El moro y el cristiano revive en Mouriscados

Esta parroquia de Mondariz mantiene la tradición que entusiasmó a Ramón Cabanillas

19.08.2014 | 01:31
La romería, con las danzas blancas propias de la zona.

La parroquia de Mouriscados, en Mondariz, revivió un año más, la tradición anual de la lucha entre el moro y el cristiano, similar a la que se celebra en septiembre en A Franqueira.

Mouriscados es una de las doce parroquias del municipio y que se ha hecho popular por mantener viva esta tradición, que entusiasmó al escritor Ramón Cabanillas, que hace un poco menos de un siglo recogió las tradiciones de toda la comarca durante su etapa de residencia en el Balneario de Mondariz.

Durante dos jornadas intensas, los habitantes realizan una procesión en la que se suceden las diferentes danzas típicas del pueblo a cargo de un grupo de ocho jóvenes.

En plena procesión aparecen dos jóvenes en sus caballos, uno es moro, el otro cristiano. A partir de ahí comienza una representación en la que la lucha entre los dos personajes acaba con la victoria del cristiano y la conversión del moro a la cristiandad.

Según cuentan los vecinos, el romance que recitan dos hombres de la aldea interpretando uno al cristiano y al moro fue recogido en el año 1950 por el cura de la parroquia por aquel entonces, Jesús Hermida. Pero según algunos vecinos la tradición viene de atrás, y una buena prueba la da la toponimia. Si la parroquia se llama Mouriscados, cerca de la plaza de la iglesia hay un lugar conocido como O Campo do Mouro. El mismo cura fue el que cedió el paso a las mujeres en las tradicionales danzas que se bailan también el mismo día por jóvenes de la zona.

Más de 200 años pueden tener estas coreografías, según señalan los más veteranos del pueblo. En un principio solo bailaban cuatro parejas de hombres, pero ahora el baile es paritario. Cuatro chicas y cuatro chicos, todos vestidos de blanco, interpretan danzas con arcos, palillos y cintas que heredaron de sus ancestros. Pero en una parroquia en la que la población desciende, y el desarraigo de la emigración casi se toca, reunir a ocho chicos dispuestos a aprenderse un baile se convierte en una tarea cada vez más complicada. Así lo explica Jorge Gil, el encargado de mostrar el legado patrimonial a ritmo de muiñeira a las nuevas generaciones. Él también bailó durante cinco años y ahora es el profesor.

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