Vivir en el Módulo 6

 
Taller de hilo y pirograbado, uno de los más demandados del Módulo 6 de la cárcel de A Lama.
Taller de hilo y pirograbado, uno de los más demandados del Módulo 6 de la cárcel de A Lama. 
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A.M. / A LAMA Las plantas crecen con fuerza alrededor del patio. El comedor está limpio y luminoso, gracias a las amplias ventanas que lo rodean. Los murales que cubren las paredes de los edificios aportan al lugar un aspecto alegre. Un grupo ensaya un tema pop en el salón de actos, mientras los talleres de manualidades y de informática están en plena actividad. A primera vista, y si no fuera por los controles que hay que pasar para atravesar cada una de las puertas, casi parece que entramos en un colegio o en un campamento de verano.
Nada más lejos de la realidad: estamos en el centro penitenciario de A Lama, en uno de los llamados módulos de convivencia o de respeto, que durante el último año han ido creciendo hasta cuatro y dan cobijo a 400 reclusos con el objetivo de mejorar su calidad de vida y facilitar la reinserción.
Para vivir en este "oasis" dentro de la cárcel el único requisito es "tener un compromiso de buena conducta y someterse a una analítica para comprobar que están libres de drogas", explica Silvia Alonso, subdirectora de Tratamientos, que engloba todo lo referente a las actividades, programas, trabajo y permisos dentro de la cárcel.
El tipo de delito no es un impedimento para ingresar en uno de ellos. "Aquí hay personas con condenas desde los 6 meses hasta los 30 años", dice Alonso.
Aunque resulte extraño, no todos los reclusos están dispuestos a adaptarse a esas normas de convivencia y prefieren pasar su condena en los módulos convencionales que, según advierte el personal de la cárcel "no tienen nada que ver con esto". Como son los propios reclusos los que se tienen que encargar de limpiar, en estos otros módulos optan por no hacerlo y el aspecto es bastante desaliñado. "Es habitual que se roben entre ellos y muchos prefieren pasarse el día tirados sin hacer nada o, incluso, encuentran la manera de drogarse", describen los responsables.
Los módulos convivenciales, por contra, permiten a los reclusos aprender un oficio, trabajar a media jornada y aprovechar el tiempo de una manera fructífera. "Los reclusos valoran esta oportunidad y la echan de menos cuando se la retiran", asegura Silvia. Esto sucede pocas veces pero la razón principal es por detectar un consumo de drogas.
El director de la cárcel, José Antonio Gómez Nóvoa, apuesta de lleno por esta política. Tras el éxito del módulo 6, en 2007 comenzaron a funcionar otros dos módulos en este mismo régimen y este verano esperan abrir el cuarto. "Hemos comprobado que los que pasan por estos módulos tienen muchas menos dificultades para adaptarse cuando terminan sus condenas. Hay que dar una alternativa a las personas que han tenido una mala trayectoria vital", opina el director.

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