EDITORIAL

La falta de respeto político empantana la investidura

28.08.2016 | 02:14

Ahora, tampoco. Salvo inesperada sorpresa, España continuará con Gobierno provisional, un récord olímpico. Es muy probable que el panorama no quede despejado hasta que pasen las elecciones gallegas y vascas, a finales de septiembre. Y entonces, con los resultados en la mano, ya veremos lo que ocurre. La investidura está enquistada por las estrategias internas de cada partido, no por distancias ideológicas insalvables o por diferencias radicales en la manera de afrontar los problemas de España. El PP ha dado, ahora sí, un paso al frente y se deja ir en su mayoría minoritaria esperando que sean los otros quienes se cuezan. Al PSOE y a Podemos lo único que les importa es dirimir quién liderará la izquierda. Y Ciudadanos, arrimándose a este o aquel árbol desde la ambigüedad, sólo busca asomar cabeza.

Justin Trudeau, actual primer ministro de Canadá, pronunció en el funeral de su padre, el también político canadiense Pierre Trudeau, uno de los más emotivos alegatos en favor de la comprensión y la tolerancia. Contó que siendo niño, durante una comida en el restaurante del Parlamento, realizó un comentario inocente pero despectivo sobre el enemigo político de su progenitor. Pierre Trudeau le miró con severidad: "Justin, nunca ataques a las personas. Podemos estar en total desacuerdo con alguien sin denigrarlo". E inmediatamente le llevó de la mano a conocer a su rival, que almorzaba en la misma sala: "En ese momento entendí que tener opiniones diferentes no es incompatible con el respeto".

Buena parte del bloqueo institucional que hoy padece España arranca de la falta de respeto -en el sentido más noble, digno y leal de la palabra- entre nuestros políticos. En particular, entre las mayores formaciones: Un PP acosado al que los electores por dos veces le otorgaron el derecho a intentar acomodarse en La Moncloa y un PSOE débil al que le entregaron las llaves de la puerta, inmerso en una doble crisis de liderazgo: interna y entre la izquierda. Los grupos, grandes y pequeños, están gestionando un resultado que exige elevadas miras y alta política como una rabieta de patio de colegio. Con animadversiones caprichosas que sitúan el partidismo y la conveniencia por delante del interés de los electores.

Estamos transitando de una etapa de inconsistencia, que inflamada por la corrupción desembocó en hartazgo, a otra de inconsecuencia, con mandatarios que ni explican con coherencia sus posturas, ni saben hacia dónde avanzan. Todos afirman que no llegarán unas terceras elecciones y todos aportan su granito de arena para que sí las haya. Antes eran los recién llegados los deseosos de agitar las urnas para beneficiarse del éxodo de los descontentos. Cuando los votantes atisbaron que su aspiración era meramente sustitutiva -reemplazar a unos actores desgastados antes que perfeccionar el sistema- frenaron en seco su ascenso. A la inversa, son ahora los cabecillas clásicos quienes prolongan la incertidumbre con la esperanza de propiciar un "efecto muelle" que cambie el panorama. Una operación retorno de electores: lo que estira, vuelve al sitio.

Paradójicamente, los ciudadanos contemplan el espectáculo con ironía pero sin alarma. Sin la indignación desaforada que llenó las plazas y crispó las tribunas. De repente la sociedad ha descubierto en el "modo avión" el estado ideal para encapsular a la depauperada clase dirigente: está operativa pero no molesta.

España corre riesgo de descuelgue. Si ya cuenta poco, en situación de interinidad nada. De momento, carece de protagonismo en una encrucijada decisiva para la nueva Europa del Brexit y para un mundo atenazado por el yihadismo y la recomposición de las alianzas geoestratégicas. La financiación autonómica está por resolver. La sostenibilidad del estado del bienestar, por garantizar. La salvación de las pensiones, por conseguir. La reactivación del empleo, por impulsar. La amenaza del separatismo, por conjurar. Y en el campo doméstico, actuaciones públicas pendientes de Madrid están paralizadas porque no hay quien decida.

Los últimos ocho meses dejan en evidencia la falta de rodaje democrático. De cultura del entendimiento en una nación entregada a la bandería, los míos o los tuyos, y al maniqueísmo, los buenos y los malos. El líder repudia pactar con el enemigo porque teme el hachazo de sus bases y tampoco lo hace con el amigo por miedo a que acabe apropiándose de su espacio. No cabe criticar el bipartidismo y a la vez rechazar los acercamientos en un Cámara fragmentada, ni ensalzar la muerte de las mayorías absolutas y comportarse como si sólo con holgura parlamentaria fuera posible el mando. Lo importante no es elegir gobierno sino cómo gobierna y quién lo controla.

Aplicando la legislación que rige en alguna comunidad, no en la gallega, España ya tendría presidente desde diciembre. De hecho, hay normas autonómicas que impiden el voto negativo en la investidura. Una cautela para erradicar los obstruccionismos tácticos y los chantajes que facilita el normal funcionamiento de las instituciones y la constitución de ejecutivos hasta en condiciones precarias. Fue su respuesta a un guirigay parecido.

Para eso se necesitan políticos de verdad: para mojarse y dar salida a cuestiones complejas. ¿Alguien ha escuchado a Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera proponer medidas para que no volvamos a vernos inmersos en lo mismo cuando esto se desatasque?

Pasado mañana, sus señorías tienen la ocasión de terminar con la dislocación en la que han decidido instalarse confundiendo sus deseos y ambiciones con la realidad. Nada importa salvo trabajar para hacer más cómoda la vida a los españoles. A estos les vendría bien que, en un arranque de sentido del deber, alguien baje de una vez el telón y finiquite la comedia.

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