15 de mayo de 2016
15.05.2016

Un popular churrero frente a un as del volante

15.05.2016 | 03:31

Al joven Secundino Esperón se atribuyó la machada de emular con éxito a un piloto de una barraca de las fiestas de la Peregrina, que subía con su moto dando vueltas por una pared circular. Verdadera o falsa tamaña hazaña, tuvo siempre una bien ganada reputación como as del volante, tanto de coches como de motos. Todo un sportman, como se decía entonces.

Esa destreza situó a Esperón como chofer del descapotable Hispano Suiza de Luís Fonseca. Seguramente Amancio Landín es el único pasajero de aquel magnífico coche que todavía hoy vive para contarlo. En compañía de un hijo del dueño hizo el viaje de ida y vuelta hasta el colegio de los maristas de Campolongo, con Esperón al volante.

Luego se hizo constructor o promotor en Vilagarcía, donde se domicilió, aunque estaba en Pontevedra de bulla cada dos por tres. Precisamente la noche de su muerte regresaba al hotel Palace, en donde estaba hospedado.

Varios historiadores identifican a Secundino Esperón como un falangista o nacional sindicalista de primera hora, junto a personalidades tan significadas como Salvador Foronda, Paco Leis o José Puig. Como tal gustaba de vestirse con una indumentaria característica del fascismo italiano, a base de cuero negro y el correaje a juego.

Por su parte, Antonio Fandiño era un popular churrero dentro de aquel gremio que inauguró el señor Aquilino y la señora Julia en su caseta del Parterre, luego germen de la interminable saga de las churrerías Galiano.

El despacho de Fandiño Estévez estaba ubicado frente a la iglesia en la plazoleta de Santa María. Pero vendía también por las calles sus sabrosos churros en lugares estratégicos como, por ejemplo, en la entrada del cine de los Antonianos en Riestra, cada vez que había una sesión infantil.

Ideológicamente Fandiño era un comunista recalcitrante y dispuesto en todo momento a hacer la revolución. Ese extremismo que llevaba dentro y que resultó su perdición, le llevó a ensayar tácticas de guerrillas en la Xunqueira de Lérez, junto al campo de fútbol. Allí adiestraba con cierto secretismo a chavales ansiosos a fuertes emociones.

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