EDITORIAL

El acierto de abaratar el suelo industrial en Galicia

22.11.2015 | 02:50

Los empresarios gallegos han recibido con parabienes la decisión de la Xunta de sacar al mercado suelo industrial en alquiler con derecho a compra a un precio que oscila entre los 0,38 y los 2,28 euros el metro cuadrado. Es una medida encaminada no solo a favorecer la implantación de nuevas empresas en toda Galicia, sino también a hacer frente a la creciente amenaza de deslocalización de centros fabriles del sur de la comunidad, acuciados por los precios mucho más baratos que se ofrecen actualmente en el vecino Portugal.

Regenerar e impulsar el tejido industrial gallego pasa por estimular y apoyar a los emprendedores. Y no hay mejor manera de hacerlo que poner a su disposición de forma ágil y eficiente los recursos e instrumentos competencia de la Administración y propiciar que compitan en el mercado en igualdad de condiciones. Tener que pagar el suelo industrial tres, cuatro y hasta diez veces más caro que en otras localizaciones no facilita que digamos la aparición de esos nuevos proyectos empresariales. Por eso es un acierto. Por eso es lógico el aplauso.

El precio del suelo no es condición suficiente para relanzar la industria, lógicamente. Pero sí indispensable. En Galicia, además, la creación de polígonos para tal fin se ha acometido de siempre con criterios en bastantes ocasiones peculiares, por llamarlos de alguna manera. Por su mala ubicación, sus deficientes conexiones, su desigual reparto, sus costes dispares y arbitrarios... En unas comarcas sobran y en otras faltan, en unas son caros y en otras baratos. La provincia de A Coruña, por ejemplo, concentra el 60% del suelo a bajo precio, frente al 20% en Pontevedra, es decir, una diferencia de más del triple. El desequilibrio evidencia el desaguisado cometido en las últimas décadas con la promoción del suelo industrial y no propicia que digamos plantar cara a la deslocalización, tal y como la propia Federación Galega de Parques Empresarias ha denunciado. Por no hablar de los polígonos desiertos, fallidos, o eternamente a medio acabar, como la tristemente famosa Plisan (Plataforma Logística Industrial Salvaterra-As Neves), ahora de nuevo reactivada.

Los dos millones de metros cuadrados que se pondrán a disposición de las empresas bajo la fórmula de alquiler a bajo coste con derecho de compra deberían representar una buena ocasión para corregir errores y desequilibrios, para repensar las áreas industriales. Los polígonos modernos necesitan dotaciones avanzadas en servicios y conexiones. Agrupar empresas del mismo ciclo productivo contribuye a multiplicar las potencialidades, de ahí la importancia de apostar por polígonos especializados (tecnológicos, logísticos, químicos?) Además, así organizados actuarían como imanes para atraer a nuevas empresas. Son esenciales las medidas de ahorro energético en esos emplazamientos y las campañas de promoción en el exterior, por poner solo algunos ejemplos de lo mucho que se puede hacer.

Por lo que respecta al efecto que la medida puede tener sobre el fenómeno específico de la deslocalización, la fórmula aprobada por la Xunta resultaba imprescindible. La presión que sobre el tejido industrial se ejerce desde Portugal es relevante en muchos apartados -no todos a imitar, por cierto-, pero resultaba especialmente escandalosa en lo que a suelo se refiere, puesto que en la práctica en el país vecino se facilita a un coste casi simbólico.

El sector de la automoción es el más visualizado ahora al analizar el problema de la deslocalización, pero el metal, en general, y el textil están también muy afectados, por citar solo tres representativos. Primero fueron las multinacionales chinas, francesas o indias las que pusieron sus ojos allí, pero desde hace tiempo son muchas las empresas gallegas que no pueden resistir las abismales ventajas en costes del país vecino. Con su agresiva política "low cost", solo en el último año parques empresariales como los de Lanheses, en Viana do Castelo; Valença o Paredes de Coura se han asegurado la implantación de cinco grandes fábricas de componentes para vehículos con una inversión superior a 150 millones y la previsión de cientos de empleos. De hecho una de cada cinco firmas con factorías en nuestra comunidad está ya presente en Portugal.

Es un fenómeno que no debería llevarnos a rasgarnos las vestiduras, sino a analizarlo y abordarlo con la vista puesta en una lógica y necesaria defensa de los intereses de Galicia, claro está, pero con plena consciencia de que para superar el reto con éxito necesitamos asumir de una vez por todas que, efectivamente, formamos parte de una eurorregión que en lo económico actúa ya como un espacio único, por más que la mayoría de los políticos no actúen en consecuencia debido a su proverbial cortedad de miras. Además, es un proceso que conocemos a la perfección porque antes lo hemos vivido en carne propia, solo que desde el otro lado. Los menores costes, en general, de la industria gallega han beneficiado a la planta viguesa de automoción frente a sus rivales europeos. Están en su origen y su razón de ser. Y gracias a ello el sector de la automoción es uno de los pilares de la economía gallega desde hace más de medio siglo. La novedad es que seguimos siendo los más baratos entre los caros, pero ya somos los caros entre los baratos.

Toca, así pues, reforzar nuestras ventajas competitivas. El coste del suelo es una de ellas. Quedan muchas más sobre las que seguir mejorando. Es lógico que lo que ocurre al otro lado de la "raia" preocupe, y mucho, a las organizaciones sindicales y empresariales, a los gallegos en general. Pero no necesitamos lamentos, sino determinación e ideas claras. Los elementos del dumping social no deben ser en ningún caso un referente. Frente al "low cost", más innovación y eficiencia, más productividad y mayor valor añadido en nuestros productos. E igualdad de condiciones para competir. Ese es el camino.

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