Santiago y Vigo, dos temperamentos

27.09.2015 | 02:51
Santiago y Vigo, dos temperamentos
Santiago y Vigo, dos temperamentos

En los lodos del fiordo de Roskilde, en Dinamarca, se conservaron milagrosamente cinco barcos vikingos. Mil años después, tecnología y cariño los trajo a la luz, al conocimiento del corte, ensamblaje y juntura habilísima de sus fibras de madera. Se descubrió así el secreto de aquellas naves: su elasticidad prodigiosa. Un dominio tajante, costeando o remontando ríos. Santiago de Compostela, el finisterrae, si fuera a rajatabla, tenía que estar en el mar. Pero no fue así.

Una reliquia no podía estar tan expuesta al mar, tampoco a un gran río, ni tan siquiera junto a un pequeño río. Así, se cobijó retirada de la costa, equidistante del Tambre y el Ulla. Pues bien: no fue el antojo celeste, sino la tecnología náutica de aquel momento quien decidió la posición de la que iba a ser capital de Galicia. Incipientes ambas, la globalización infiltrada desde el mar, tête-a-tête, con la globalización del Camino francés.

De uno u otro modo, a Galicia la hace el mar y el Camino. Parteluz a medio viaje entre el Mediterráneo y los nórdicos, sin ser una cosa ni otra, por el rabillo del ojo, capta de todo y amalgama cuanto llega. Cosmopolitismo puro. Como resultado, los asentamientos de población de mareantes y comerciantes evolucionan siguiendo, al pie de la letra, los requerimientos tecnológicos del mundo del mar sin olvidar los deleites culturales de tierra. El primer nudo, se amarró al norte: en el golfo Ártabro.

Por decirlo así, Galicia es llevada por una marea de globalización marítima muy anterior a la actual globalización telemática. El sextante golpea antes que GPS. El tráfico marítimo con América la expande a todos los vientos. Incluso, el núcleo duro del agro gallego llega de ultramar con el maíz y la patata. Y, al revés, el primer ferrocarril español, en 1837, no se construye en la Península sino en la Habana, tan gallega.

El segundo nudo, cuando llegó su hora, se amarró en el sur: en la ría de Vigo. Entrado el siglo XX, Eduardo Cabello enumera el enjambre asombroso del puerto. Operan 32 compañías de navegación de la mayor proyección mundial; Royal Mail Steam Packet Co, Norddeustscher Lloyd Bremen, Compañía Trasatlántica Española, Compagnie de Navigation Sud-Atlantique?Pacific Steam Navigation Co. En el reducto de la ría se fraguaba un hallazgo que iba a dar un audaz giro a la vida. Un incalculable salto adelante.

Las tecnologías más innovadoras irrumpen en resonancia con la máquina de vapor. Siguiendo con Eduardo Cabello: son 331 los vapores de pesca, 4.138 los barcos de pesca de las demás clases, 38 fábricas de conserva y ochenta de salazón. Metalistería, electricidad? astilleros. En la apreciación: un madrugador Silicon Valley en la bahía más meridional del noroeste peninsular. Una lámina de agua, de 11. 238 hectáreas, infectada de creatividad.

Ahora, la última globalización (somos ya un pequeño planeta) tensiona los territorios al rojo vivo. Santiago de Compostela tensiona desde la capitalidad. Vigo tensiona desde la flecha del tiempo (no olvidemos apunta al sur). Mientras, en la clave de la cuestión, un equívoco dañino. La capitalidad tiene un significado fijo: la representación. No otro, no hay sus más y sus menos. Por ello, lisa y llanamente, es arbitrario e imaginario el postulado trivial que le atribuye, como privativo, el vértice de la ordenación del territorio.

Una diablura. Un equívoco con el que pierde la ciudad de Santiago mucho más que nadie. Porque no lo necesita. Ella ya es la identidad nacional, narra en primera persona. Es el talismán histórico que no necesita otros cielos. Y pierde Vigo, que alcanzó una posición admirable, y logró la gran plataforma económica, en el momento exacto, para facilitar a Galicia el salto definitivo al futuro. Luego, desde hace años, las decisiones territoriales la refrenaron. Cada día se interroga a sí misma. A veces, toma en su mano el gesto agriado.

Pero sobre todo pierde Galicia, una comunidad que en su trayectoria histórica se caracterizó por estar, de verdad, abierta al mundo. Hoy amenazada por la reducción a un cosmopolitismo ficticio (casi turístico). Por una simplificación centrada en un centralismo sin historia. Por un modelo territorial, arcaico y paternalista, que a lo largo y ancho del país, deja yermo el territorio. Un recurso sin reconocible proyecto de prosperidad.

Dos ciudades, Santiago de Compostela y Vigo, con temperamentos muy distintos pero, por encima de todo, con un brillo común: siempre abiertas al mundo. Repasada la historia, sólo habría motivos de reencuentro.

*Arquitecto

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