La actualidad de un clásico

21.04.2014 | 01:10

Las noticias sobre la celebración este mes en todo el mundo del 450 aniversario del nacimiento del autor de "Hamlet" me han hecho recordar la primera edición de sus obras completas que tuve entre manos.

Era una edición de tapas duras y papel de biblia. Estaba en la modesta biblioteca de mi padre junto a un delicioso Quijote ilustrado por Gustavo Doré y se trataba de una traducción del conocido cervantista y anglófilo Luis Astrana Marín.

Llevaba una dedicatoria impresa del traductor, en la que éste se definía así: "Un español y manchego, amartelado por el espíritu libre de la Gran Bretaña". Dedicatoria que impresionó sobre todo por el verbo utilizado, que hube de buscar en el diccionario. Además, niño crecido en pleno franquismo, asociaba a Gran Bretaña solo con el pérfido país que nos había arrebatado Gibraltar.

Han transcurrido ya cuatro siglos desde el paso por la tierra del gran bardo, pero como ocurre con los clásicos, y más aún con uno tan enorme, tan inagotable como William Shakespeare, sus dramas, sus comedias y sus maravillosos sonetos siguen enriqueciendo a sus lectores de hoy como divirtieron o apasionaron en su día a sus contemporáneos.

Su producción ha sido fuente continua de inspiración de todo tipo de creadores: desde dramaturgos, poetas o novelistas, incluso autores de novela negra, hasta dibujantes y pintores, pasando por cineastas y, por supuesto, compositores, entre ellos el sin duda más shakespeariano de todos: Giuseppe Verdi.

Su vida fue siempre un enigma hasta el punto de que llegó a dudarse de la autoría de sus dramas, atribuida a otros contemporáneos más cosmopolitas, entre ellos el filósofo Francis Bacon porque se dudaba de que un cómico como él hubiese podido ser el creador de una galería de personajes tan extraordinariamente rica y compleja.

No es, pues, extraño que cada día que pasa se publiquen nuevos estudios sobre su obra: se calcula que en los dos últimos decenios han visto la luz 120.000 estudios en todo el mundo.

Uno de sus grandes estudiosos es el estadounidense Harold Bloom, que le considera superior a cualquier otro clásico desde Homero o Dante hasta Goethe, pasando por nuestro Cervantes, si es que pueden hacerse ese tipo de comparaciones, porque ninguno como él dio vida a tantos memorables personajes, sin contar sus también extraordinarias figuras secundarias.

Otros dramaturgos isabelinos como Christopher Marlowe o Ben Johnson fueron autores sin duda brillantes, pero sus criaturas tienen siempre algo más vinculado a su tiempo si se compara con la profundidad y perenne actualidad de Hamlet, Macbeth, Shylock, Falstaff, Otelo, Yago o el Rey Lear.

Al igual que sus innumerables lectores, los actores que interpretan esas obras universales confiesan descubrir cada vez que se suben al escenario nuevas facetas en unos personajes complejos, devorados muchas veces por la ambición, el poder o los celos, pasiones que los llevan a comportamientos con frecuencia irracionales que terminan causando su ruina y la de los demás.

La universalidad de esos personajes muchas veces tan contradictorios y con los que, pese a su desmesura, podemos relacionarnos constituye el secreto de su perenne actualidad y permite al mismo tiempo experimentos como el de que el personaje de Hamlet lo encarne de pronto una actriz o que su "Julio César" sea interpretado por un elenco también sólo de mujeres.

En cualquier caso, lo de menos en los dramas o comedias del bardo de Stratford-upon-Avon son las tramas argumentales, por lo demás poco originales, ya que por lo general se inspiró en relatos anteriores o crónicas históricas.

Lo importante es centrarse en cada palabra, en cada una de las frases que pronuncian sus personajes, más enriquecedoras muchas veces que todo un tratado de filosofía o de psicología. La lectura de Shakespeare es siempre una aventura apasionante hacia lo desconocido, hacia lo más profundo e insondable de nuestra naturaleza.

Y solo una cosa cabe hoy preguntarse, y es qué será de esa obra inconmensurable en una era tan superficial y líquida como la nuestra: la de los continuos e intrascendentes mensajes por Twitter y Facebook.

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