La P. de Pepito

04.05.2013 | 04:15

Después de comer, sentado en mi usual sillón, me dispuse a saborear el postre de la cotidiana y reparadora siesta.Ya amodorrado y casi seminconsciente me vi acosado por una serie de reflexiones que, a buen seguro, no contemplaría estando plenamente lúcido y activado el ABS cerebral.
Medité que en una gestión empresarial es realmente hermoso que la vocación coincida con la ocupación habitual, porque si esta simbiosis atañe a personas capacitadas y denodadas, puede asegurarse que el éxito está garantizado. De pronto, en un violento viraje del pensamiento, como si un espíritu maligno quisiera contraponer la zozobra a la satisfacción inicial, recordé que si el brillante curso se tuerce, aunque no sea por causas directamente imputables, el morbo que almacenamos los humanos asoma con virulencia, ignorando cualquier anterior rasgo positivo y rechazando la presunción de inocencia con un desmesurado afán de cobrar víctimas. ¡Qué importa si lo merecen o no!.
Siguiendo elucubrando, visioné también actitudes nefastas y desleales conformando un río revuelto en el que ganan pescadores de ocasión, con promesas que saben no van a cumplir y borrando del diccionario el vocablo "ética" recogen el valioso botín, tal vez generado por muchos años de honrada y eficaz gestión y, tras cubrirlo con el manto de la hipocresía dejan aflorar sus propias miserias como si formasen parte de la herencia recibida.
Curiosamente, el vulgo, mayoritariamente beneficiario del buen hacer anterior, asume la dolosa farsa de los advenedizos y, si pudieran, reinventaría un Gólgota, sin Cristo entre ladrones, pero con inocentes crucificados y sin necesidad de inscripción en la cruz, porque su inri es evidente.
Pese a la congoja emanada de esta reflexión y tal vez para anularla recordé que se suele admitir que la caricatura supera a la fotografía para destacar los rasgos más significativos y por asimilación de ideas decidí que, en ocasiones, unas pinceladas de humor pueden acercarnos al conocimiento de acciones de trepas dispuestos a subir sin mirar ni importarles donde pisan. Por eso me atrevo a recordar un viejo chiste en el que dos niños, Pepito y María, juegan en un parque, cuando alguien que les conoce se acerca y pregunta a Pepito que le gustaría ser de mayor. El niño responde que le gustaría ser multimillonario para llevarse una pelandrusca a su casa y poder comprarle un apartamento, un coche, un yate, joyas y pieles. El asombrado curioso formula la misma pregunta a la niña y María, sin pensarlo dos veces, responde "Yo quiero ser la pelandrusca de Pepito" ¿Hay que conseguir el fin por cualquier medio?. Sinceramente creo que no, porque aunque se generalice la expresión de que los fines justifican los medios, no debieran sobrepasarse las coordenadas que delimitan la honradez y la justicia
El timbre del teléfono me sacó de una abstracción que dejaba cierto poso de amargura y sin proponérmelo, al incorporarme para descolgar el auricular telefónico, emulando a Françoise Sagan, musité entre dientes su célebre "bonjour tristesse" y casi con un suspiro añadí "Au revoire Caixanova". Tal vez mas apropiado sería un rotundo "Adieu".

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